Por muchos años el último día del año hacía balance. ¿Qué logré? ¿Qué me faltó? ¿Qué quiero para el nuevo año?
Escribía, metas específicas y otras más generales relacionadas con todos los ámbitos de mi vida. Hacer o no ejercicio. Mejorar mi inglés. Avanzar en aspectos de liderazgo y en la carrera profesional prometedora que estaba teniendo. Cómo quería las relaciones con mi familia. El romance, más adelante, la pareja. En esa libretica que abría cada diciembre, agradecía, me proyectaba. Fue un ejercicio que me sirvió para avanzar.
Hubo un tiempo en el que esas líneas se hicieron más breves y luego dejé de escribir. Repasé esa libreta queriendo traer todo el ímpetu de los mejores días. Me entristecieron esas frases sueltas de los años en los que poco tenía para decir. Estaba abrumada y muy triste, con situaciones, especialmente laborales, que no podía gestionar adecuadamente. Cuando más adelante, tuve ayuda, leí esta frase de Rosa Montero en su libro La ridícula idea de no volver a verte: “Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra”. Y en otro de sus libros, El peligro de estar cuerda, cita a Virginia Woolf diciendo: “cuando sufres un trastorno mental, lo primero que te es arrebatado es la palabra…Estar loco es, sobre todo, estar solo”.
Yo afortunadamente no estaba tan loca ni tan sola, y lo que he comprendido es que las personas cercanas estuvieron allí, cerca, dándome espacio para que hiciera mi camino. Porque finalmente el viaje hay que hacerlo solo. Uno se pierde solo y se encuentra solo. Hace sus metas solo y si bien hay mucho apoyo, cumplirlas también es una acción solitaria. La decisión de preferir levantarse a hacer ejercicio en vez de quedarse en las cálidas cobijas. La decisión de ver una película en inglés en vez de entenderla perfectamente en español. El hacer la lectura o escribir el ensayo para tu estudio extra. Preparar con anticipación las comidas que te permitirán una mejor dieta. Buscar ayuda. No contestarle más a esa relación tóxica. Todas esas son decisiones solitarias que solo uno mismo toma, persigue día a día, volviéndolas hábitos. Y solo una decisión tras otra es lo que te permite tener logros al final del año y acercarte a esas metas que pensaste inalcanzables pero que, al escribirlas, al proyectarlas en una imagen en un tablero, al imaginarlas una y otra vez, y al hacer esos pequeños o grandes sacrificios diarios, te llevan a verla cumplida al final de un período.
Rosa Montero lo dice también en sus libros: “la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y no es mala cosa. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más”. Y como sé que no es fácil hacer lo que uno dice que va a hacer, esta frase, del líder inglés Winston Churchill puede ser un consuelo y también una forma de darse ánimo cuando por cuarto año consecutivo pones la misma meta para el siguiente: “El éxito es la habilidad de ir de fracaso en fracaso sin llegar a perder el entusiasmo”.
¡Feliz año 2026!
Comentarios culturales: Tartufo del Teatro Libre en el Pequeño Teatro
Estuve viendo a Tartufo el clásico de Moilere en la celebración de los 50 años del Pequeño Teatro. Nunca había visto al Teatro libre y por eso fui. La obra es una suerte de divertimento, fluida, con unos personajes mejor interpretados que otros que causó risas estrepitosas entre varios asistentes y palmas de pie al final de la función. La dramaturgia, como la mayoría de los clásicos, es increíblemente vigente a pesar de los casi 400 años que han pasado desde su estreno en París. Habla de un manipulador y de un débil manipulado a pesar de las advertencias de su familia, que él no escucha.
Celebro la nutrida y variada agenda que tuvo el Pequeño y los felicito, por un proyecto que ha seguido formando públicos en una casa preciosa, en la cual aún siento las conversaciones cerveceadas con Rodrigo Saldarriaga, que estoy segura, sigue por ahí.





