Me encanta la piel que habito, me encanta ser mujer. Pero no es fácil, la historia de la humanidad y sus consabidas taras culturales -incluyendo las religiosas que tal vez son las que más han afincado la “superioridad” de los hombres-, así lo demuestran. Y, como si fuera poco lo agotador que es estar comprobando capacidades, exigiendo derechos y sorteando presiones, ser mujer también cuesta. Mucho. En sentidos literal y figurado.
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Estamos expuestas a todas las formas de violencia. Nuestros cuerpos son armas de guerra para combatientes legales o ilegales, víctimas de abusos de género hasta en los ámbitos familiares, sujetos de subyugación masculina; son esclavos de los dictámenes del marketing: juventud, felicidad y éxito permanentes; carne de cañón para el bisturí (caras estiradas, bocas picodepato, bellezas congeladas, escotes y traseros abultados…) y víctimas de la cosmetorexia -no sé si exista la palabra-: la tasa de skincare y maquillaje, fitness y marcas de lujo que habría que pagar para cumplir con los estándares de la industria de la perfección, sobrepasan casi cualquier presupuesto; son objeto de acoso laboral y sexual por parte de jefes y/o compañeros de trabajo; en fin, nuestros cuerpos son vulnerables puntos de mira.
(Siempre he trabajado con hombres y me fascina, tengo la fortuna de no haberme cruzado con ningún acosador sexual en mi camino. Con laborales, sí. Han sido tres: un santafereño prepotente, un paisa rezandero y una bruja -sí, acosadoras también las hay- sin escoba. A los tres, por famosillo que sea alguno, dedico el más indiferente de mis olvidos).
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De esto último sí que se habla ahora, por cuenta de las denuncias de varias colegas contra dos presentadores estrella del Canal Caracol. (De paso han sacado del establo a otras vacas sagradas del periodismo, de otros medios privados y estatales, que igual habrían intimidado a sus subalternas). Los susodichos ya están separados de sus cargos, sus comportamientos son materia de investigación por parte de la fiscalía. Y si bien la presunción de inocencia hay que respetarla mientras el juez diga lo contrario, a las denunciantes se les cree y se les apoya. (No conozco personalmente a ninguna ni a ninguno de los mencionados, anoto). Pero que digan nombres propios, #noeshoradecallar, para evitar que la sombra de la duda caiga sobre personas que nada tienen que ver con el asunto.
El acoso de género es una realidad infame que, al afectar la vida personal y familiar de los involucrados, y los ambientes de trabajo donde se suele pasar la mayor parte del tiempo, exige tratamiento riguroso de las empresas y celeridad de la justicia; cada caso merece ser escuchado a tiempo y cortado de raíz. De la misma manera tendría que operar cuando los señalamientos resulten falsos. No se puede jugar con la honra de los demás de manera impune, ni camuflarse en el dolor y el coraje de las verdaderas víctimas, con el fin de perjudicar a este o aquel malqueriente.
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- ETCÉTERA: Al tirar de la manta, además de los acosos, caen otros abusos: la mutilación genital, los velos totales, el matrimonio temprano u obligado, la maternidad no deseada, la falta de oportunidades, la malnutrición, la educación precaria, la pobreza extrema… Lo dicho: no es fácil habitar la piel que habitamos las mujeres.





