Hablar de personas altamente sensibles se ha vuelto común. En redes sociales circula la idea de que “ser PAS” explica por qué alguien se abruman fácilmente con el ruido, con las emociones o con las luces intensas. Pero la evidencia científica es clara: no se trata de un diagnóstico. Ni el DSM-5-TR de la American Psychiatric Association ni la CIE-11 de la Organización Mundial de la Salud reconocen esta categoría.
Lo que sí sabemos es que existen diferencias individuales en cómo procesamos los estímulos, y a eso la investigación lo llama sensibilidad al ambiente. Algunas personas procesan los estímulos con más intensidad que otras. No significa que tengan un trastorno, sino que presentan un estilo de procesamiento distinto, dentro de la variabilidad humana.
Qué dice la evidencia
- Un meta-análisis en Journal of Research in Personality encontró que la llamada “sensory processing sensitivity” se solapa con rasgos ya descritos como Apertura a la Experiencia.
- Otro meta-análisis en Journal of Psychiatric Research mostró que las dificultades de procesamiento sensorial aparecen tanto en ansiedad, depresión, autismo o TDAH como en personas sin diagnósticos, lo que confirma que no se trata de un síndrome único sino de un rasgo transdiagnóstico.
- Estudios de neuroimagen reportan diferencias de activación en regiones como la ínsula, la amígdala y la corteza prefrontal cuando personas con alta sensibilidad enfrentan estímulos sociales, pero estos hallazgos son descriptivos y no validan un diagnóstico nuevo.
- La revisión más amplia, publicada en Neuroscience & Biobehavioral Reviews, concluye que se trata de un rasgo dimensional, con efectos positivos o negativos según el contexto (Pluess, Lionetti, Aron & Aron, 2023).
Identificarse como “PAS” puede convertirse en excusa para evitar responsabilidades o justificar la evasión: “no voy porque soy sensible”, “no me adapto porque soy PAS”. La investigación clínica muestra que la evitación refuerza la ansiedad, mientras que la exposición gradual y la regulación emocional, la activación conductual y las estrategias de afrontamiento, promueven la adaptación.
Qué sí hacer
- Psicoeducación: reconocer que la sensibilidad varía según factores como sueño, estrés o carga emocional, de la mano de expertos en el tema, como la psicología cognitivo conductual.
- Ajustes razonables: modificar una o dos condiciones del entorno sin caer en aislamiento.
- Exposición progresiva: entrenar la tolerancia a estímulos incómodos en pasos pequeños.
- Lenguaje asertivo: expresar necesidades sin victimizarse.
- Rutinas de recuperación: priorizar descanso, actividad física y vínculos sociales de calidad.
Conocerse y actuar, es más útil que buscar explicaciones sencillas, a problemas más complejos de calidad de vida.
En la infancia, usamos pruebas neuropsicológicas estandarizadas para mapear fortalezas y desafíos en memoria, atención o flexibilidad cognitiva. En la adultez, estas evaluaciones también son una herramienta sólida para comprender las variabilidades individuales.
Frente a categorías poco sustentadas científicamente, la evaluación neuropsicológica ofrece un camino confiable para entender cómo funciona nuestro cerebro y cómo aprovechar al máximo sus capacidades.