De la edición impresa (Edición 295)
Una vez estuve en el Cementerio San Pedro y sufrí un pavoroso escalofrío al ver, adornando lo que debía ser la bóveda de un niño, a un sonriente pero siniestro Mickey Mouse; adivinaba uno que los padres, en medio de su astronómico dolor, habían querido llevar hasta el nicho de su hijo a quien acaso había sido su mejor amigo, su héroe o, quizá, un símbolo del almita de la criatura. La visión era tan conmovedora que se olvidaba uno de la naturaleza farandulera del ratón, y de ningún modo se percibía que se violara la silente solemnidad del cementerio. Sin embargo, en los días que corren, otros monigotes, decididamente más profanos, han invadido con toda desfachatez la casa de los muertos, llenando de bulla y aplausos un aire que debería estar ocupado solo con el untuoso amén de los dolientes.
El mundo esta lleno de contradicciones y yo caigo en muchas de ellas con alguna frecuencia. Más de una vez he sostenido en esta columna que no soy dada a hacer comentarios sobre restaurantes de categoría en esta ciudad, pues la filosofía que me inspira a escribirla busca más bien resaltar lugares sencillos y recetas de tradición popular. Pues bien, con riesgo de que me linchen las feministas, me atrevo a asegurar: mujer que se respete …se contradice. Aquí voy. 

“El vecindario está convertido en un chiquero y probablemente es por culpa de gente que viene de otros sectores de la ciudad”, decía una carta de protesta que llegó el 28 de abril a Vivir en El Poblado desde La Aguacatala, y que si se estudia con detenimiento comparte unos intereses y una manera de comprender el mundo con los del enfurecido habitante de La 10 que en una reunión cívica del 4 de abril en el Cerca dijo que “la explicación a los problemas que sufre el parque principal en la noche es que sus usuarios no son de aquí”, y que también se identifica con el ataque jurídico en diciembre desde el Edificio Mindanao contra el proyecto residencial Santos por razón de que les van a “dañar el vividero".
Nicolás Estrada Uribe
Juan Carlos Madrigal
Para las mamás
Me gusta esa leyenda celta, bien conocida por todos, sobre la mesa redonda del Rey Arturo, o más exactamente como él la denominó, “Tabla redonda”, cuando en la Edad Media resolvió fundar esta orden y armar como caballeros a sus nobles guerreros. Y aquí viene la parte bonita, lo hizo para que ninguno se sintiera menos que el otro, para que cada comensal se creyera favorito, seguramente con la pompa y la gala de su ceremonial, pero también con la justicia e hidalguía que caracterizaban al acertado soberano británico. Del siglo quinto hasta nuestros días nada mejor que una mesa redonda.