Criaturas unicelulares
De la edición impresa (Edición 305)
Caminaba por ahí un día de estos, y cuando alcancé el extremo de una acera vi que desde el opuesto se acercaba una criatura extraña: vestía como un hombre normal -incluso con más elegancia que la de un transeúnte promedio: llevaba corbata y camisa de manga larga, aunque con una combinación de colores más propia de un cajero de banco que de un ministro-, pero se comportaba como un primate arborícola descendido a la tierra: acompañaba sus zancadas con movimientos caprichosos de sus manos y su boca; evoluciones que también parecían las de un malabarista jubilado, a quien le ha quedado la manía de lanzar y aparar naranjas que no existen. De vez en cuando, aquel engendro se llevaba la mano a un carrillo, como si en él le estorbara alguna verruga o un bolo de comida a medio masticar. En algún momento, estando muy cerca de él, vi que una masa extraña -un animal parásito o algo así- se adhería efectivamente a una de sus mejillas. A cinco metros de distancia vi que, como un tarado, el simio hablaba solo. Cuando apenas nos separaban dos pasos supe la estúpida verdad: era un hombrecito novelero hablando por un celular “manos libres”.