Hace mucho que no rezo como me enseñaron a hacerlo cuando era niña. Hace mucho que no junto mis manos en el pecho y repito una oración a un dios que está en el cielo. Ahora tengo otras maneras: converso con mis muertos, de vez en cuando enciendo una vela, agradezco mentalmente a un dios que no sabría describir, que no sé dónde está, que tal vez es perro, árbol, lluvia, cucarrón y pájaro. Pero es domingo y es enero. Quizás vendría bien intentar una plegaria.
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Querido dios de los comienzos, ayúdame a hacer de este un buen año. No pido mucho. Bastaría con que encuentre siempre algo blando donde apoyar mis pensamientos. Que la ternura irrumpa en mis días sin miedo, sin mansedumbre. Que sea capaz de cocinar mis propias alegrías. Y si ha de venir la tristeza que sea bien recibida, pero apenas lo suficiente para que no se quede a echar raíces.
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Querido dios de las palabras, que mis ideas tengan la suave fiereza de lo vivo. Y mis actos, la obstinación de las enredaderas. Que mi mirada sea amplia. Que sea capaz de esquivar extremos, bordes y fronteras. Concédeme siempre el don de la duda. Que encuentre aliento en las preguntas, que desconfíe de las certezas. Que sea capaz de amigarme con lo brumoso, de aceptar la derrota, de acoger el miedo.
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Querido dios de lo pequeño, algunas peticiones son más simples. Que no me espanten las nuevas canas, ni las arrugas, ni las cicatrices. Que tenga siempre un cielo que mirar, un viento que escuchar, un verde en donde pararme. Que regresen las migratorias del norte, que no se pierda la cosecha de guayabas, que no dejen de brotar los aguacates. Querido dios, que eres perro, árbol, lluvia, cucarrón y pájaro, concédeme la bravura de las aves, la insistencia de las hormigas, la paciencia de los corales. Ayúdame, si estás ahí, a que este sea un buen año.





