Algo de logro tiene que haber en ceder al sonido del despertador todas las mañanas, preparar el desayuno, alistarse para el trabajo. Conectarse a las videollamadas, concentrarse, tener una idea al menos aceptable. Tender la cama, tomarse las pastillas. Leer un párrafo más, entenderlo, quererlo, subrayarlo. Hacer la lista del mercado, secar la ropa al sol, comprar una cobija. Pagar las cuentas, intentar la holgura. Cocinar una tortilla de brócoli, una crema de espinaca, una ensalada de aguacate. Hornear, tal vez, un pan y no estropearlo. Escribir una página completa y no borrarla. Arrancar una planta marchita, limpiar la cocina, aspirar el polvo. Dar algunas puntadas en el bordado que no avanza, desbaratarlas, repasarlas. Ordenar la biblioteca, regalar algunos libros, comprar otros libros. Encontrar una frase nueva en una canción vieja. Tener siempre a mano un poema, una serie, una playlist. Chatear con los hermanos, hablar con los amigos, verse cada tanto con las personas queridas. Tener con quien compartir los días y los silencios. Abrazar, decir te quiero. Cantar en una fiesta, estar de vez en cuando en una fiesta. Vivir con un perro —o dos— y caminar con ellos, conversar con ellos, dormir cerca de ellos. Recordar el sueño en el que mamá se veía alegre. Encarar la nostalgia, la amenaza del tiempo, la furia del olvido. Despedirse de alguien para siempre y seguir. Llorar con las noticias y seguir. Sentir el hastío, el vacío, el miedo y seguir. Aceptar que aún no se domina el arte de perder. Y seguir.
Nada qué celebrar, dirán. Tonterías, cosas mínimas que no vale la pena mencionar en una lista. Pero es diciembre y quizá el gran logro sea haber llegado hasta aquí. Pisar el borde, tocar el final del año y saber que todavía no hay abismo. Pronto será enero y seguiremos, como las hormigas arrieras, despedazando el rosal, raspando el camino, alimentando el nido.





