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Que lluevan Pepes en el jardín

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Mi admiración por José Alberto Mujica Cordano es genuina, consciente y de vieja data. Y no tiene que ver con militancias de ningún tipo, trasciende la política.

“Hace décadas que no cultivo el odio en mí jardín. Aprendí una dura lección que me impuso la vida: el odio termina estupidizando porque nos hace perder objetividad frente a las cosas. Es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio destruye”.

Mi admiración por José Alberto Mujica Cordano es genuina, consciente y de vieja data. Y no tiene que ver con militancias de ningún tipo, trasciende la política.

Lo aclaro de entrada para que quienes, antes de argumentar zanjan diferencias con rótulos malintencionados, no pierdan tiempo y esfuerzo.

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Me fascina este ser humano que se ha dejado forjar por el calor de su propia fragua.

Igual que Nelson Mandela, entró a la cárcel lleno de rabia y convencido de que la lucha armada era el camino e, igual que el líder sudafricano, salió de ella, lejos de doblegado, con el espíritu fortalecido –después de trece años-, convencido de que era (es) el camino equivocado.

“No sería quien soy, sin aquel tiempo de soledad en la cárcel. Sería más fútil, más frívolo, más superficial; más exitista, más de corto plazo… No quiero decir que recomiendo el camino del dolor. Lo que quiero es transmitirle a la gente que se puede caer y volverse a levantar, que siempre vale la pena volver a empezar una y mil veces mientras estemos vivos. Derrotados son los que dejan de luchar”.

Si hubiera varios Pepes Mujica –o Pepas- en esta finca enorme (América Latina) repleta de capataces que arreando el ganado hacia las urnas pretenden tomar posesión de los potreros, otras, muy distintas, serían las perspectivas actuales.
“La patología de la izquierda es el infantilismo, es creer en todos los sueños imposibles. Hay que ser aterrizado. Y la de los reaccionarios es no permitir que nada avance”.

Pocos territorios se salvan de esa especie de western endémico. Colombia, qué pesar, definitivamente no. Uruguay, sí, qué sana envidia.

Este ex guerrillero tupamaro de 85 años -humilde, carismático, sabio y coherente-, no sólo dirigió sus destinos, entre 2010 y 2015, sino que lo hizo con tal acierto que logró concitar el interés internacional sobre la pequeña república del Cono Sur.
“Me estoy imaginando el proceso político que viene, como una serie de encuentros, a los que unos llevamos los tornillos y otros llevan las tuercas. Es decir, encuentros a los que todos concurrimos, con la actitud de quien está incompleto sin la otra parte. En ese tono se va a desarrollar el gobierno del Frente Amplio. ¿De qué nos sirven los tornillos sueltos, si son incapaces de encontrar sus piezas complementarias en la sociedad?”, fue su promesa cumplida, el día de la posesión.
Hasta el pasado 21 de octubre, también fue senador. ”Hay un tiempo para llegar y un tiempo para irse en la vida”, dijo. Y se fue a la chacra que comparte con su eterna compañera, Lucía Topolansky, ex vicepresidenta de la Nación y actual senadora.

Sin aspavientos.
Dejando un espacio vacío, eso sí.
En las tribus ancestrales los ancianos son respetados y escuchados, son la consciencia de la comunidad.
Aquí, en cambio… Cosas de la “civilización”.

ETCÉTERA: Para más Pepe Mujica está el súper documental sobre su vida, dirigido por el cineasta serbio francés, Emir Kusturika. Y sus discursos imperdibles. El de los intelectuales, no tiene desperdicio.

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