Margarita María Muñoz: la madrina silenciosa

Margarita María Muñoz disfruta en El Retiro de todo aquello que la conecta con la vida: la cerámica, sus amigos y los recuerdos de una época en que hizo brillar la cultura en Medellín.

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Por: María Isabel Abad Londoño / [email protected]

El pasado 6 de marzo, en Casa Teatro de El Poblado, Óscar Botero presentaba su obra retrospectiva El teatro que fotografié. En medio del discurso, el artista señala a una mujer sentada entre el público para agradecer, delante de los asistentes, su apoyo en los primeros años de su carrera artística. Margarita María se levanta, recibe los aplausos y vuelve a confundirse con el público, como quien no quiere ser vista. “¡Qué achante, qué achante!” (Esto lo dice días después, escondiendo su cara entre sus manos).

Tras muchos años de éxito profesional, en Alemania, Gustavo Llano, bailarín y coreógrafo, contacta a Margarita para darle un abrazo, que estaba debiéndole hace más de veinte años por haberle apostado a su talento. “Lo más lindo es esa fiesta que uno hace del buen recuerdo”. (Esto lo dice cerrando los brazos contra su cuerpo).

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El arte viene desde niña cuando asistía a las clases con su tía, la artista Mariela Ochoa. Estas cerámicas hacen parte de la serie Bocas que está realizando. Foto: Ana María Giraldo

Y en algunas entrevistas, Pilar Velilla reconoce que su llegada a la dirección del Museo de Antioquia, que le cambió la cara al centro y a la ciudad en el 2000, se debió a una sugerencia de Margarita. “Uno va haciendo las cosas sin darse cuenta de su dimensión exacta”. (Y hace como que esparciera un conjuro en el espacio).

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¿Quién es esta mujer que habla con todo el cuerpo, cuyo nombre se repite entre artistas, teatreros, gestores y cinéfilos, en clave de agradecimiento y amistad? ¿Quién, la mano invisible, que dio puntadas significativas al Hilo que teje la vida*?

Ella es Margarita María, que, como directora del área de cultura de la Cámara de Comercio de Medellín, tuvo la posibilidad de catapultar artistas, construir un sector cultural en la ciudad, articular lo privado con lo público, llevar el arte a la calle, desarrollar públicos, programar exposiciones, poner a la poesía, la antropología y la filosofía en la agenda de la ciudad e iniciar proyectos culturales que aún perduran.

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El origen

Margarita pasó su infancia, entre óleos y acuarelas, en la academia de artes de su tía materna, la pintora Mariela Ochoa. También creció bajo el influjo de su tío paterno, el cardenal Aníbal Muñoz Duque.

De la primera tomó el amor al arte que luego estudió en la Escuela de Artes y Oficios, escuela que luego absorbería la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia, donde descubrió que la cerámica era uno de sus lenguajes más cercanos.

Del segundo, el cardenal, tomó su vocación para el servicio social y el sano aprovechamiento del poder. Estos dos legados combinados, la hicieron, sin darse mucha cuenta, sin bombos, sin platillos, una gestora cultural, cuando el camino en este oficio se hacía al andar y cuando la gestión cultural no había entrado a ningún currículo académico.

La sede Centro de la Cámara de Comercio de Medellín quedaba a medio camino entre la Universidad de Antioquia, donde estudiaba, y su casa, en la Avenida La Playa. En muchos de estos trayectos soñaba con trabajar por la cultura desde la Cámara para ser ella quien organizara las exposiciones a las que asistía. “Yo quiero trabajar aquí, yo quiero trabajar aquí” (Lo dice señalando un lugar imaginario mientras repasa el álbum de sus recuerdos).

Con esta obra, llamada Maternidad, ganó el Concurso Nacional de Cerámica, en 1973, del entonces Museo Zea (Hoy Museo de Antioquia). Foto: Ana María Giraldo.

Había concluido la carrera de Artes Plásticas, pero la necesidad de acercarse más a la comunidad la había movido a comenzar antropología; sin embargo, decidió declinar por la cantidad de paros. Ya era mamá de dos hijas pequeñas y trabajaba como independiente, organizando exposiciones de arte.

Un día coincidió con Pedro Javier Soto, entonces director de la Cámara.

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—Margarita— le dijo él —Necesito una persona que trabaje en el Departamento de Cultura.

—Yo— le dice ella. (En su recuerdo, se señala completa, de pies a cabeza).

—Pase mañana por mi oficina. ¡Qué es esta felicidad, qué es esta dicha! Yo poder montar exposiciones, yo poder programar conciertos, cines. En este punto, la voz se le va adelgazando por la emoción; la misma con la que ejerció siempre su trabajo.

Cuando empezó, iniciaban los años 80. “En ese momento pensé: tenemos un evento muy grande para la ciudad que se llama Bienal de Arte, las sedes chiquitas tenemos que hacer algo (Hace el ademán de tender una mesa). “Convoqué a Juan Luis Mejía, de la Biblioteca Pública Piloto; a Marta Elena Bravo, de la Universidad de Antioquia; a Verónica Londoño, del Instituto de Integración; a Martha Ligia Vélez, de la Secretaría de Cultura y también llamé a Paul Bradwell, del Colombo Americano, al que adoré. Entonces nos repartimos… bueno… usted qué exposición va hacer, qué ciclos y así, no nos montamos ni en temas, ni en fechas” (Aquí entrelaza ambas manos).

“Después de la Bienal, hicimos una evaluación y concluimos que lo más positivo de todo había sido juntarnos” (Esto lo dice cerrando el puño como un director de orquesta). “Entonces les propuse: sigamos juntos y hagamos una reflexión sobre las bondades y las carencias de la cultura en la ciudad… Así empezó un movimiento que se llamó el Comité de Entidades Culturales de Medellín, en el cual llegaron a participar hasta 25 entidades” (Y dibuja en el aire un balón que va creciendo).

“Logramos que se hiciera el Plan de Desarrollo Cultural para Medellín y pudimos nombrar un Comité Asesor de Cultura para el Concejo porque antes, el capital que tenía, lo gastaba a la topa tolondra (sin mucho orden)” (Mueve su mano dando un brochazo en el aire).

“En los pisos de la Cámara programamos exposiciones preciosas. Hicimos muestras didácticas (Se va emocionando), con la Universidad de Antioquia hicimos la muestra Vida y cultura con el Departamento de Antropología y Las lecciones de noviembre, con el de Filosofía… eso se llenaba” (cierra los dedos sobre sí mismos). “Con Paul Bradwell, que era un administrador tremendo, creamos el Fondo Rotatorio de la Cultura para hacer préstamos a muy bajo interés a las entidades y programamos varios ciclos de cine. Esa fue nuestra amistad… tan productiva. Qué personaje, qué generosidad, qué regalo para esta ciudad. A mí me dio muy duro cuando se murió” (Se detiene y suspira).

“Llevamos títeres, exposiciones y teatro a los barrios (señala aquí alguna cuesta imaginaria) y creamos un concurso de poesía que llenó el Palacio de Exposiciones, donde no fueron suficientes las 5 mil sillas, aunque ese mismo día hubiera un partido de fútbol muy importante…”. Y así sigue contando, repasando con todo el cuerpo, el álbum de los recuerdos de cuando fue Margarita, la de la Cámara.

La creación de la emisora, el festival La Poesía tiene la palabra hecho con la Casa de Poesía Silva de Bogotá, las veces que tuvo que plantarse para no recibir muestras de baja calidad (aquí marca un “¡Pare!” en el aire), y sus relaciones tan productivas con artistas que casi siempre se convirtieron en grandes amistades.

Y va pasando las páginas de los recuerdos hasta que el álbum cambia de tonalidad, llega la jubilación en el año 2000 e inicia para ella una vida más apacible, con su esposo, en Copacabana; el encuentro con la comunidad, la alegría por recuperar la cerámica que había dejado encajonada durante su vida de ejecutiva y de mamá en crianza.

Retoma sus visitas a Bogotá, a la casa de su amiga, la ceramista lituana Nijole Sivickas (mamá de Antanas Mockus) que como dice, “me ayudó a quitarle todas las flores y las pestañas a mi cerámica y hacer obras más contundentes” (Y aquí planta algo que agarra con sus manos sobre la mesa).

Y luego el álbum cambia de nuevo de color: llegan algunas tormentas vitales, pero también los salvavidas. La viudez y la cerámica, dejar a los perros y a la finca, la meditación; llegan algunas cicatrices (y aquí señala una obra suya de cerámica, “su autorretrato”, una banda de Moebius con grietas cubiertas de polvo de oro). La soledad, las amistades y los reencuentros. En fin, la vida.

“En este momento, teniendo la lejanía del tiempo, se da uno cuenta del impacto que tuvo” (Esto lo dice levantando los hombros en un gesto de humildad). “La vida me puso en una posición que me permitió ayudar, y eso yo lo he aprovechado” (Mira hacia arriba como hacia un cielo donde ve una fila imaginaria de artistas y entidades que acompañó y ayudó a crecer con alegría y cuidado; siempre, como una madrina silenciosa).

*El hilo que teje la vida es el título del libro de Juan Luis Mejía sobre la cultura en Antioquia

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