Estamos vivos de arepa. Una frase que ha calado en el refranero paisa, tanto que hoy la decimos sin pensarla. La arepa es el pan paisa de todos los días y es la que da la bienvenida a la exposición Uno de frijol, cuatro de maíz, curada por Alejandra Jaramillo Paba y Jaime Carmona Múnera para el Museo de Antioquia, una exposición que hace pensar en la relación que tenemos con lo que comemos.
Alejandra es artista, además, se ha interesado por el alimento. Cuando el museo la invitó a hacer una curaduría, pidió trabajar con la colección. No tenía aún una hipótesis, sino una inquietud: preguntarle qué tenía para decir sobre la comida.
“No había una búsqueda clara de qué nos iba a decir el alimento, sino más bien una apertura a construir un relato luego de haber encontrado las diferentes representaciones”.
El arte retrata lo lejano, pero también lo cotidiano. Las actividades que hacemos sin pensar. Y comer es una de ellas. ¿Cada cuánto reflexionamos sobre lo que nos llevamos a la boca? ¿Nos preguntamos por el origen de los vegetales con los que cocinamos? ¿Sabemos los ingredientes que tiene nuestra preparación favorita? ¿Conocemos la historia del agricultor que siembra o de la persona que preparó lo que nos comimos?
Pensar el alimento
Uno de frijol, cuatro de maíz, es una conversación con esa cotidianidad, una invitación a pensar en todo aquello que nos alimenta y nos nutre. Y no solo desde la comida, también desde las personas y los utensilios.
La exposición cuenta el alimento desde tres puntos de vista: cocinar, la naturaleza muerta y comer. “Lo primero que nos encontramos fue un gran mundo de bodegones”, explica Alejandra. El bodegón es la forma obvia de representar el alimento. Pero pronto aparece otra capa: el alimento como materia prima y las manos que lo producen.
Ahí entran el café y el plátano. Como vegetales que son identidad.
“Esta pregunta por el alimento se devuelve y llega a qué es lo que producimos en la tierra”, dice. En esas obras aparecen manos campesinas, cultivos inmensos. Y también una tensión. El café, como símbolo exportable de la antioqueñidad. El plátano, arraigado en territorios que no siempre ocupan el centro del relato regional.
El alimento es identidad y, también, política.
Aparecen la agricultura y el papel, a veces oculto, del agricultor. Y también preguntas incómodas sobre la mujer y su rol en la cocina. No solo como quien cocina, sino como quien carga con el deber de hacerlo.

Entonces vemos a una mujer de clase alta “cocinando” —y lo pongo en comillas porque su gesto es casi de asco— y al lado, otra que abraza el fogón. Dos maneras de habitar la cocina. En una, la mujer fuma un cigarrillo y sostiene la mirada. En la otra, la llama tiene sabor a humo y rutina.
Lo que no se ve
El recorrido también es un relato que va de la riqueza a la pobreza. Que muestra ingredientes extranjeros y pocos criollos. Y ahí aparece una de las preguntas más potentes de la exposición:
¿Qué no está representado?
Alejandra hizo un ejercicio simple y revelador: listar los ingredientes que aparecían en las pinturas. “Había muy pocos ingredientes autóctonos representados”. El maíz aparece apenas en un escudo. Un aguacate en un cuadro. Un tomate de árbol casi escondido. El frijol, ausente. El cerdo, ausente. La arepa, apenas en un desayuno humilde al lado de un huevo frito y un banano.
La ausencia no es casual. En su investigación la acompañó una tesis doctoral de la historiadora Luzdary Rodríguez, que recopiló libros de cocina escritos en Antioquia entre 1906 y 1960. Solo en cuatro aparecía la receta de la arepa. La cocina aspiraba hacia Francia e Italia.
“Más que construir identidad, estaban marcando un deseo de ser”, dice Alejandra. Quizás el arte hacía lo mismo.
Se representaba lo que se quería ser, no necesariamente lo que se era. Por eso el maíz, el frijol y otros alimentos fundamentales quedaron por fuera. Como también quedaron por fuera muchos cuerpos: indígenas, negros, campesinos.
En el cuadro citado aparece la arepa, sí. Pero aparece abajo. En el piso. Una mujer come sentada en el suelo.
¿Cuál mesa es digna de una arepa, de un mondongo o de un sancocho?
Sin embargo, entre esas ausencias, hay hallazgos. Bocetos de Dora Ramírez. Naturalezas muertas de Fernando Botero. En las piezas de Ethel Gilmour, el alimento es detonante de escenas políticas: reuniones, camas, recortes de prensa, latas convertidas en floreros.
“El alimento permite problematizar muchas cosas sin quitarle lo poético”, dice Alejandra. Cuidado y poder. Amor y desigualdad. Abundancia y escasez.
Todavía hay tiempo de visitar la exposición y de caminar ese contraste. No se le olvide que estamos vivos de pura arepa.





