Las casas viejas

@chrisarquitecto

En el Oriente antioqueño aún hallamos casas tradicionales, con portones y ventanales abiertos, en señal de bienvenida; detenerse a mirarlas, a través de sus tornos y calados, es permitirse la sorpresa -quizás- ante la belleza de una escultórica fuente de patio, rebosante, central, flanqueada con helechos colgantes, anturios y geranios florecidos que decoran brillantes corredores perimetrales. O, con suerte, deleitarse viendo una sala clásica de recibo donde la pulcritud de su mobiliario contiene señales, objetos, memorias, símbolos de vidas pasadas, exhibidos con orgullo ante los ojos del transeúnte.

Son aquellas casas vetustas, con amplios aleros que abrigan al peatón, de zócalos con relieves coloridos, que conservan las bien definidas y monumentales fachadas blancas, ventanas con cornisas talladas, puertas con guarda luces que develan técnicas de alta ebanistería, aldabas y remaches en hierro, forjados faroles de luz cálida, pisos de ladrillo añejo y revestimientos en piedras que recrean patrones en los pasillos de transición; toda una grandiosa síntesis de una bella tradición constructiva y arquitectónica que se expandió por Antioquia, gracias a las sapientes manos de alarifes y artesanos.

Los interiores de las pocas casas tradicionales que quedan en el Oriente siguen siendo universos inadvertidos en medio del agitado mundo contemporáneo que transformó nuestros pueblos; fueron casas para levantar familia, con espacios para la productividad en la crianza de animales y cuidado de bestias de carga; viviendas dotadas con amplios solares reverdecidos de árboles frutales, huertas, corrales y cocheras. Todos hemos visitado alguna y es inevitable, allí adentro, no rememorar la sazón y las delicias de la abuela como, por ejemplo, el chocolate espumoso y caliente hecho en el fogón de leña; bebida insignia en los estaderos de la llamada Vuelta a Oriente.

En esta región siguen en pie algunos testigos de la arquitectura de la colonización antioqueña, representados en estas conservadas casonas señoriales y elegantes que, en el mejor de los casos, tienen la fortuna de continuar albergando hogares y tradiciones en extinción; casas que nacieron y se levantaron de la tierra apisonada para establecer, con el paso del tiempo, diálogos con el cielo mediante la memoria de quienes vivieron en ellas.

Si un amable anfitrión te permite adentrarte en sus zaguanes, cruzarás el umbral entre pasado y presente, ingresarás en cámaras del tiempo para hallar preciados cofres que atesoran amables vivencias, modos de habitar y un apacible ritmo del tiempo.

Este es un breve homenaje para aquellas casas viejas queridas, que nos evocan a la infancia y a la familia extendida, que nos narran y se concatenan con nuestra literatura, música, arte y la gastronomía tradicional; también es un llamado para propietarios y el sector público a conservarlas, mantenerlas, lucirlas orgullosos como el legado y patrimonio material que constituyen en la región.

- Publicidad -

Más contenido similar

- Publicidad -

Más noticias

- Publicidad -