La vida en todas partes

Por: Opinión
13 octubre, 2022
Rosana Arizmendi Mejía
Por Rosana Arizmendi Mejía / [email protected]

En la ciudad, a pesar de la hiperurbanización, el ruido y la luz artificial en las noches, la vida sigue encontrando la manera de florecer.

El Mono, uno de mis roomates felinos, con frecuencia pone esa expresión, ya tan familiar para mí, de “encontré algo que me llama la atención, no sé qué es y tengo curiosidad”.

omo ya aprendí a hacerle caso, siempre que lo veo así miro hacia donde él observa tan concentrado, pues sé que, en el peor de los casos, hay alguna hojita diminuta revoloteando por ahí, y, en el mejor, hay algún otro ser maravilloso, de esos que uno no se encuentra todos los días… Por ejemplo, esa cobra de agua que estaba la otra tarde descansando en el parqueadero, cual rollito de escamas negras, blancas, rojas y amarillas.

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Sí, la cobra de agua es una culebra. No es venenosa y habita en las riberas de las quebradas del Valle de Aburrá. Es difícil de ver, ya que le gusta esconderse de nuestras miradas indiscretas, pero, además, cada vez es más escasa, debido a la contaminación de los cursos de agua y al alto grado de urbanización. Por eso, quedé encantada de conocerla. Además, el buen detalle que tuvo al dejarme tomarle las fotos protocolarias, antes de alejarse con sinuosa parsimonia hacia un mejor refugio en el jardín, fue, para mí, una suerte de regalo.

Encontrármela me despertó los mismos sentimientos de maravilla y asombro que experimento cada vez que conozco a otros habitantes del jardín donde vivo. Me pasó con aquella pareja de barranqueros que me despertaron todos los días a las 5:30 a.m. con su canto, entre abril y junio de este año; con los hongos blancos que crecieron hace un mes en el tronco caído de un árbol, como si fueran pequeñas plataformas de observación del paisaje para los insectos que caminan por ahí; con la pareja de carpinteros habados que vivió en el jardín durante la misma época de los barranqueros, y que se turnaban para ir a alimentarse al comedero para pajaritos (y para murciélagos) que tiene la vecina del primer piso; con los casco de vaca, que se demoraron casi dos años para florecer, pero que en este momento están llenos de guirnaldas de flores rosadas-moradas-blancas; y con las dos zarigüeyas que una noche vi desde mi ventana, caminando muy tongoneadas por la manga en búsqueda de quién sabe qué animalillo o fruta para cenar.

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Es increíble que, hoy en día, todavía podamos tener estos encuentros tan espectaculares en la ciudad. El hecho de que en un pequeño jardín habite tanta diversidad (y eso que me faltaron por nombrar otro sinfín de vecinos que lo cohabitan) me hace pensar en lo afortunados que somos quienes vivimos en este valle interandino del Aburrá, donde aún, a pesar de la hiperurbanización, el ruido y la luz artificial en las noches, la vida sigue encontrando la manera de florecer. Por eso, les invito a que la próxima vez que salgan a caminar por la ciudad, observen con atención y curiosidad, como hace el Mono: la vida siempre está ahí, en todas partes.

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