En días recientes, entre suspiros de alivio y reflexiones postelectorales, me impactó un trino de cualquier opinador izquierdista: Que la “ultraderecha” tiene un plan secreto para apoderarse, uno a uno, de todos los países de América del Sur.
Lo ilustraba con un mapa de la región en el que puede verse que, tras los resultados recientes en Perú y Colombia, hoy solo quedan 3 países de 10 con gobiernos izquierdistas: Venezuela, Brasil y Uruguay.
Me impactó porque recordé que hace pocos años circulaba en redes exactamente lo contrario: un plan de la izquierda, originado en el Foro de Sao Paulo, que se estaba cumpliendo milimétricamente. El mapa era el mismo, pero al revés: 7 países con gobierno de izquierda y solo 3 de derecha.
Nos invitaban a creer que, aun siendo pésimos administradores, ineptos, improvisadores y (frecuentemente) corruptos, de alguna manera esos izquierdistas también eran estrategas brillantes, capaces de coordinar esfuerzos políticos en geografías y culturas tan diferentes entre sí, sin equivocarse ninguno ni desviarse de ese gran objetivo.
Es hoy evidente que esa tal conspiración de toma de poder izquierdista no se cumplió. Pero nada hará cambiar la convicción de muchos de que sí existió.
Volviendo a las elecciones de este año, fueron sin duda una muy prolífica fábrica de teorías conspiratorias.
Desde la izquierda volvieron con la historia de que Thomas Greg tenía el fraude listo desde un computador. Y cuando llegaron los resultados, aparecieron las explicaciones de siempre: votos escondidos, software manipulado, la mano de Washington… cualquier cosa menos aceptar que habían perdido.
La derecha tampoco salió bien librada. Hubo toda clase de versiones sobre la manipulación electoral: lleve su propio bolígrafo, no piense en ponerse la camiseta amarilla de la Selección, Petro no va a soltar el poder, de dónde salieron millones de votos nuevos, etc.
Como si este gobierno fuera capaz de coordinar en absoluto secreto a jueces, jurados, registradores, observadores internacionales, periodistas y empresarios, sin que nadie se equivoque, hable o deje una sola prueba.
Las elecciones se hicieron, hubo ganador y el presidente -todo indica que sí- entrega el cargo en agosto. Como estaba previsto.
Lo interesante no son las mentiras, que siempre las habrá. Lo interesante es la facilidad con que cada bando cree en teorías conspiratorias del contrario. Personas muy inteligentes, perspicaces y usualmente muy exigentes con las fuentes, deciden enviar a vacaciones su espíritu crítico.
Los nuestros, en cambio, jamás conspiran. Son víctimas. A duras penas sobreviven entre buenas intenciones, rectitud a toda prueba y mala suerte.
La vida real suele ser mucho menos emocionante, sin conspiraciones. A veces una elección simplemente se gana o se pierde porque los ciudadanos votan distinto de lo que uno esperaba. No porque exista una organización secreta moviendo los hilos del universo.
Pero esa versión tiene un problema enorme: no ofrece villanos. Y ya aprendimos que la política moderna no sabe vivir sin ellos…




