Una delegación académica por Israel confirmó que, incluso en los escenarios políticos más complejos, el conocimiento puede mantener abiertos los caminos del diálogo, la cooperación y la construcción de futuro.
En Jerusalén entendí que hay países que no pueden leerse únicamente desde los titulares. En una misma jornada, Israel puede confrontarnos con las heridas más profundas de la historia y, pocas horas después, mostrarnos laboratorios donde la ciencia intenta resolver problemas aún sin respuesta. Esa tensión entre memoria y futuro marcó mi participación en una Delegación Académica de Alto Nivel junto con rectores, vicerrectores, decanos y directivos universitarios de América Latina.
La visita a Yad Vashem fue una llamada ética: recordar no es quedarse anclado en el pasado, sino reconocer hasta dónde pueden conducir el odio, la indiferencia y la deshumanización. Para quienes educamos, la memoria impone una responsabilidad: formar personas capaces de defender la dignidad humana, escuchar perspectivas distintas y rechazar la violencia contra poblaciones civiles.
En la Universidad Hebrea de Jerusalén, el Technion, la Universidad Ben-Gurion del Néguev y la Asociación de Rectores de las Universidades de Israel encontramos otra dimensión del país: universidades que articulan investigación, emprendimiento, tecnología, empresas y solución de desafíos sociales. La principal lección no fue una fórmula para copiar, sino una mentalidad: el conocimiento adquiere valor cuando circula, se conecta con el entorno y se convierte en impacto.
Por eso, para mí, esta delegación no fue un viaje. Fue el comienzo de una agenda. Ya iniciamos conversaciones con representantes de varias instituciones para explorar investigación conjunta, movilidad académica, clases espejo, participación de expertos, seminarios internacionales y proyectos en innovación, inteligencia artificial y transferencia tecnológica. Nada de esto debe presentarse aún como un convenio cerrado; el reto es convertir las conversaciones en iniciativas verificables, con responsables, cronogramas y resultados.
Este esfuerzo adquiere especial relevancia en el momento político que vive Colombia. El Gobierno del presidente Gustavo Petro rompió relaciones diplomáticas con Israel el 2 de mayo de 2024. Ahora, el presidente electo Abelardo de la Espriella y el vicepresidente electo José Manuel Restrepo asumirán el 7 de agosto de 2026, y la administración entrante ha anunciado una hoja de ruta para restablecerlas. Ese giro abre una ventana, pero reconstruir confianza exigirá más que declaraciones: requerirá institucionalidad, respeto por el derecho internacional, sensibilidad frente al sufrimiento humano y cooperación útil para ambas sociedades.
Allí cobra sentido la diplomacia académica. Las universidades no sustituyen a los gobiernos, pero pueden sostener puentes cuando la política los debilita. Pueden crear confianza mediante proyectos compartidos y trabajar en asuntos que trascienden las coyunturas: agua, agricultura, salud, educación, tecnología, emprendimiento y desarrollo empresarial.
Regresé admirado por la cultura, la cordialidad, la resiliencia y la capacidad innovadora que conocí en Israel, pero también consciente de que ninguna experiencia directa autoriza a simplificar una región compleja. Al contrario: obliga a comunicar con responsabilidad, reconocer distintas voces y defender el diálogo.
No sé cuántos proyectos surgirán de esta experiencia, pero sí sé que regresar sin intentarlo sería desaprovecharla. Por eso, mi compromiso será seguir trabajando para que esta visita no quede como un recuerdo valioso, sino como el punto de partida de relaciones académicas y empresariales capaces de generar impacto. Viajar permitió comprender; ahora debemos construir.
El viaje terminó; la responsabilidad apenas comienza.




