Un colibrí puede batir las alas más de cincuenta veces por segundo y necesita alimentarse cada pocos minutos: unas horas sin néctar pueden costarle la vida. Una elefanta tarda casi dos años en gestar una cría. Ninguna de las dos especies está equivocada; cada una vive al ritmo que su tamaño le permite, el problema empieza cuando intentan bailar juntos.
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Eso es lo que veo cuando una gran empresa y un emprendedor se sientan a trabajar. De un lado hay comités, área jurídica, compras y un presupuesto que se aprueba una vez al año. Del otro, un equipo al principio pequeño, con caja para pocos meses. Mientras la gran empresa agenda la siguiente reunión para dentro de un mes, el emprendedor hace cuentas para saber si llega a ese mes.
Las dos partes llegan con ganas, y aun así el baile suele terminar en un “pisotón”.
Las cifras lo confirman. En una encuesta de 500 startups a más de cien líderes de innovación corporativa, el 81 % reconoció que menos de una cuarta parte de sus pilotos con emprendedores termina en un acuerdo comercial, y 1 de cada 5 compañías tarda más de 6 meses en cerrar un trato; 6 meses son para el elefante un trimestre largo, para el colibrí, toda una vida.
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En nuestra región el reto es todavía más básico: muchas veces el baile ni siquiera empieza. El informe Corporate Venturing Latam, de IESE Business School y Wayra, encontró que solo el 16 % de las grandes empresas analizadas en LATAM tiene algún mecanismo formal para colaborar con emprendedores, mientras que el 75 % de las compañías del Fortune 100 ya invierte en ellas.
Bill Joy, cofundador de Sun Microsystems, lo resumió en una frase que se volvió en una idea ampliamente citada: “No importa quién seas, la mayoría de las personas más inteligentes trabaja para alguien más”. Sobre esa intuición construyó Henry Chesbrough la idea de innovación abierta: “ninguna organización, por grande que sea, tiene adentro todas las ideas que necesita”.
La naturaleza lo sabe hace rato. El elefante abre caminos en el bosque y dispersa semillas a kilómetros; el colibrí poliniza las flores que nadie más alcanza. Claramente ninguno puede hacer el trabajo del otro, y juntos sostienen un bosque que ninguno sostendría solo.
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Medellín tiene las dos cosas: empresas con décadas de historia que han sostenido la economía de la región y emprendedores que crecen a buen ritmo. Hemos avanzado, hay programas de innovación abierta que funcionan. Nuestro pendiente es que el piloto deje de ser la foto del informe anual y se convierta en el primer contrato. A un emprendedor, un cliente grande le sirve más que salir en un periódico: le da ingresos, referencias y la credibilidad para salir a otros mercados.
Mi invitación es la siguiente: si lideras una gran empresa, nombra a una persona con poder de decisión, arranca ese piloto, firma esa alianza, y comprométete a responder de una manera más ágil para que el emprendedor no pierda el oxígeno. Si emprendes, aprende el idioma del elefante, sus procesos, sus miedos y sus tiempos; puedes también enseñarle la forma en la que ambos pueden beneficiarse aún más; llega con un problema resuelto, con una oportunidad no vista para el corporativo.
Nadie le pide al elefante que vuele, ni al colibrí que cargue troncos, pero lo que sí basta es que aprendan a moverse juntos sin pisarse.




