Hace unas semanas, en una mesa de trabajo en One Inversión Social, abrimos una conversación incómoda:
¿Nuestra forma de hablar le hace justicia al impacto real de nuestra gestión? ¿Entienden los aliados el lenguaje que usamos?
Como periodista honro el valor de las palabras; sé que son el primer filtro de la realidad y por eso entiendo que si seguimos hablando de proyectos cuando estructuramos modelos de inversión, o de beneficiarios cuando servimos a clientes y comunidades, ampliaremos las brechas ya existentes entre ejecución, impacto y narrativa.
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Este llamado a la reflexión, que surgió de un comité interno, hoy lo hago público porque creo que da cuenta de nuestro movimiento constante como organización; porque considero que no pretende complicar el vocabulario ni escondernos tras tecnicismos pretenciosos, sino al contrario, que nos recuerda la importancia de profesionalizar la narrativa como un acto de respeto hacia el ecosistema del que hacemos parte.
En el día a día el sector social todavía se resiste a usar términos como rentabilidad, tracción o modelos de negocio, por considerar que se alejan de la fibra del corazón comunitario. Pero la realidad es que no hay nada más social que la sostenibilidad. Si el denominado tercer sector es rentable, no será para enriquecer a unos pocos, sino para que sus soluciones sean poderosas e independientes. Una organización que genera sus propios ingresos no mendiga su existencia: decide su futuro y pasa de la supervivencia a la transformación estructural.
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ONE es una organización heredera de una fundación empresarial de segundo piso. Comenzamos bajo una sombrilla corporativa y hemos madurado hasta transformarnos en un vehículo de inversión de impacto que aporta capital paciente y acompañamiento estratégico. Sin embargo, esa sofisticación técnica no es un fin en sí mismo; es más bien el medio para asegurar que las personas (los líderes que luchan por sus causas, sus equipos y los territorios que reciben oportunidades) cuenten con estructuras cada vez más sólidas.
Nuestra labor se ubica en el denominado continuo de capital. Gracias a un respaldo filantrópico internacional que nos dio origen y que valoramos como nuestra raíz más profunda, hoy tenemos la libertad de ofrecer un colchón de confianza (lo que técnicamente llamamos blended finance o capital mixto) para que otros pierdan el miedo a apostar por lo que parece riesgoso. Somos el puente que permite que los recursos económicos y estratégicos se encuentren con la urgencia del desarrollo.
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Apropiarnos de estos términos y aplicarlos con rigor no es un asunto cosmético: es entender que la precisión de nuestra voz determina la escala, la viabilidad y el éxito real de nuestra gestión en el territorio. En eventos recientes como GIIN, Impact Trade o StartCo, confirmamos que el mundo quiere buenas intenciones pero exige resultados verificables. Por eso es necesario seguir afinando lo que hacemos con lo que decimos, estar a la altura de esa demanda y nunca olvidar que detrás de cada métrica, habita el bienestar humano.
Hablamos (y ojalá sea cada vez más fuerte) el idioma de la estrategia, porque queremos que en el sector social evolucionemos las intervenciones y construyamos un tejido más robusto, consistente y, sobre todo, imparable.
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