La pregunta parecía sencilla: ¿qué seres vivos comparten el campus de EAFIT? Responderla, sin embargo, implicó mirar debajo de piedras, tender redes durante la noche, instalar cámaras, examinar flores diminutas y volver a ubicar árboles que ya figuraban en un inventario anterior. El trabajo se completó en 2022, con participación de los semilleros de Biodiversidad y Botánica, y terminó convirtiéndose en una línea base para pensar cómo debería manejarse la biodiversidad de la Universidad. La propia EAFIT señala que el objetivo de la actualización fue conocer la diversidad del campus e identificar cómo conservarla.
La parte de fauna nació de una inconformidad. Juan Fernando Díaz Nieto, hoy director del área de Sistemas Naturales y Sostenibilidad, revisó un estudio que la Universidad había contratado años atrás y consideró que la caracterización podía hacerse con mayor profundidad. “Nos dimos a la tarea de hacer una actualización del inventario de biodiversidad de fauna”, recuerda. En paralelo, Camila Martínez Aguillón, actual jefa del pregrado en Biología, destaca el papel de los estudiantes del Semillero de Botánica en la construcción del componente vegetal.
Para estudiar la flora no empezaron desde cero. Tomaron como base un inventario forestal elaborado por la empresa GAIA en 2019, que ya incluía información de árboles adultos, como altura, diámetro, estado fitosanitario, presencia de orquídeas y ubicación. El nuevo trabajo revisó esa información y encontró aspectos que podían afinarse, entre ellos la identificación taxonómica —determinar exactamente a qué especie pertenece una planta— y su localización.
Eso obligó a regresar al terreno. Los estudiantes recorrieron el campus y se detuvieron frente a cada árbol. Cuando las ramas estaban demasiado altas, utilizaban binoculares o una herramienta extensible para alcanzar muestras; después, las llevaban al laboratorio para revisar estructuras imposibles de distinguir a simple vista. “Uno piensa en las flores y se le vienen a la cabeza las flores de las orquídeas, pero la mayoría de los árboles tienen flores más bien chiquitas que hay que mirar con lupa”, explica Martínez.
Ubicar los individuos también resultó más difícil de lo esperado. Un GPS puede señalar una posición general, pero pierde precisión cuando hay, por ejemplo, dos árboles separados apenas por un metro. Por eso tuvieron que medir distancias y corregir puntos hasta construir un mapa más detallado. “Solamente ese paso nos tomó un buen tiempo”, recuerda Martínez.
El balance registró 311 especies de plantas: 139 de árboles y palmas y 172 no arbóreas. En total fueron contabilizados 1.568 individuos entre el campus principal y el sector de Idiomas. Entre las especies de árboles y palmas, el 54 % era nativo de Colombia y el 46 % restante provenía de otros 39 países, principalmente Brasil, India y Australia, según Martínez.
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Ese dato planteó una pregunta que iba más allá de contar árboles. “Colombia es uno de los países más diversos en términos de plantas vasculares, pero ¿qué tanta de esa diversidad que existe en nuestros bosques realmente se conoce en las ciudades?”, plantea Martínez. Para ella, un campus con abundante vegetación también puede acercar a estudiantes y visitantes a especies que naturalmente hacen parte del territorio y que suelen pasar inadvertidas.
Buscar animales exige otras pistas
Con la fauna no había un método único. Para mamíferos medianos se instalaron cámaras trampa, equipos que se activan cuando detectan movimiento. Para pequeños roedores se usaron trampas Sherman: pequeñas cajas que permiten capturarlos vivos. Murciélagos y algunas aves requirieron redes de niebla, mallas finas que permiten retenerlos durante un corto periodo para identificarlos; las aves también fueron observadas con binoculares y telescopio.
Reptiles y anfibios demandaron búsquedas activas: caminar, observar, revisar hojarasca y mirar debajo de piedras. En algunos casos, una fotografía no basta para llegar a una identificación precisa y es necesario examinar características del animal. “Se necesita una multiplicidad de metodologías para hacer el trabajo bien”, resume Díaz. La mayoría de los individuos capturados volvió a ser liberada; algunos registros pequeños que requerían identificación científica fueron depositados en la colección biológica de la Universidad, amparada por los permisos correspondientes.
El inventario registra 74 especies de aves —13 de ellas migratorias—, 13 de mamíferos, ocho de reptiles y dos de anfibios. Pero algunos registros dijeron más que el número total. Uno ocurrió cuando estudiantes vieron, en pleno día, a una comadreja desplazándose por una cerca y lograron grabarla. Aunque la especie tiene amplia distribución en Colombia, Díaz explica que estos pequeños carnívoros son difíciles de observar incluso en zonas rurales porque suelen desplazarse de manera discreta y tienen actividad principalmente nocturna.
Su presencia permite hablar de algo que, para Díaz, suele olvidarse cuando se piensa en biodiversidad urbana: los animales no están allí únicamente para ser observados. “Una comadreja es un hipercarnívoro, no se come una frutica”, dice. Al alimentarse de otros animales, puede ayudar a regular poblaciones de roedores. Es uno de los llamados servicios ecosistémicos, es decir, funciones de los ecosistemas que terminan generando beneficios para las personas.
Más inesperado fue el registro de una chucha de agua. La especie tiene una distribución amplia en América, pero Díaz señala que encontrarla en sectores urbanos es poco frecuente porque depende de ambientes acuáticos que le proporcionen peces y macroinvertebrados. El profesor evita sacar conclusiones mayores a las que permite el hallazgo: pudo tratarse de un individuo extraviado o de un momento en que encontró recursos suficientes en su recorrido. “Este sí es un registro raro, esporádico, poco común, pero que puede darnos esperanzas de que, si hacemos las cosas bien, podríamos tener de vuelta este tipo de fauna en nuestra ciudad”, afirma.
¿Eso quiere decir que es fauna que habita en la universidad?
La respuesta depende de la especie. Díaz considera que la comadreja, la chucha de agua y los zorros registrados en el campus son itinerantes: se desplazan y pueden utilizar sus zonas verdes como lugar de paso. En cambio, varias especies pequeñas y los murciélagos encuentran allí alimento, refugio y condiciones para utilizar el campus como hábitat.
Ahí aparece una de las principales claves de la ecología urbana. Un corredor de biodiversidad no tiene que ser necesariamente un gran bosque continuo: distintos parches verdes dentro de una ciudad pueden ayudar a que los animales se desplacen y encuentren recursos. Martínez considera que la densidad de vegetación del campus permite pensar que EAFIT cumple parte de esa función; Díaz lo resume de otra manera: “Las áreas verdes del Valle de Aburrá están generando conectividad, pero tenemos que seguirlas teniendo, no descuidarlas, incrementarlas y cuidarlas más”.
Esa lectura es especialmente relevante por la ubicación de la Universidad. Díaz recalca que el campus se encuentra en una zona fuertemente intervenida y urbanizada del valle. Que allí todavía existan recursos suficientes para distintas especies muestra que los espacios verdes urbanos no funcionan únicamente como decoración: dependiendo de cómo se gestionen, pueden ser lugares de alimentación, refugio o tránsito.
Según Díaz, a partir del conocimiento de la fauna se estableció la política de no utilizar raticidas para controlar roedores y recurrir a métodos mecánicos. La razón es evitar la llamada intoxicación secundaria: una rata consume veneno, no muere inmediatamente, sale al exterior y luego es devorada por un zorro o un ave rapaz, que también puede resultar envenenada. “Esto no es simplemente un grupo de biólogos a los que les encantan los animalitos y salen a reconocerlos. Aquí se generan estrategias importantes para nosotros mismos”, explica.
La flora dejó otra lección: sembrar mucho no significa necesariamente favorecer la biodiversidad. El documento del inventario propone privilegiar progresivamente especies nativas —aquellas que crecen naturalmente en el territorio— y, cuando sea posible, especies endémicas o amenazadas que además puedan ofrecer alimento o refugio para la fauna.
Adicionalmente, hay una recomendación todavía más difícil porque toca una idea cultural: la de que un jardín bien cuidado debe verse limpio y perfectamente ordenado. El inventario propone disminuir la eliminación de plantas arvenses, aquellas que aparecen espontáneamente y que comúnmente se llaman “malezas”, porque pueden ofrecer recursos para la fauna y disminuir la necesidad de herbicidas. También recomienda dejar hojarasca en determinados lugares.
Retirar constantemente hojas y materia vegetal tiene consecuencias que no son visibles a primera vista. El documento recoge estudios que relacionan esa práctica con pérdidas de humedad y carbono en el suelo y con la desaparición de pequeños invertebrados que participan en la descomposición de materia orgánica. Si todo se recoge, además, pueden necesitarse más insumos para devolver nutrientes al suelo.
Martínez reconoce que ese cambio todavía no se ha implementado plenamente y que exige modificar la percepción sobre estos espacios. “Pensamos que significa que es un lugar descuidado, sucio”, dice sobre las plantas espontáneas. Sin embargo, permitir sectores con crecimiento más natural podría ofrecer alimento, refugio y mejores condiciones para el suelo. La discusión, entonces, no es abandonar los jardines, sino preguntarse si la estética que tradicionalmente asociamos con orden es también la más funcional ecológicamente.
En este momento uno de los propósitos es usar el campus como laboratorio permanente. La profesora Martínez cuenta que en la etapa actual estudian las relaciones entre plantas y polinizadores y quieren medir el crecimiento de los árboles según las lluvias. Díaz, por su parte, espera sumar recorridos: “Queremos utilizar nuestro campus como un vehículo pedagógico”.
LA BIODIVERSIDAD TAMBIÉN SE APRENDE
Los semilleros de EAFIT no están reservados únicamente para estudiantes matriculados. Juan Fernando Díaz cuenta que por el Semillero de Biodiversidad han pasado desde escolares hasta profesionales de otras áreas. Para quienes buscan una primera aproximación, recomienda el Colectivo de Avistamiento de Aves de EAFIT, un espacio de divulgación con un lenguaje pensado para públicos no especializados.




