Día de por medio, cuando el sol ya había caído, en la cabaña de mi familia en Tolú se oía una frase: “¡Vamos para el pueblo!”. Yo sabía lo que eso significaba: ir a dar una vuelta y tomarnos un jugo. A veces lo pedía de banano en leche; otras, de zapote costeño. Mi mamá lo pedía de níspero. Luego descubrí el de corozo y se convirtió en uno de mis favoritos, sobre todo porque es el maridaje perfecto con una arepadehuevo.
Ese mismo recuerdo lo comparto con Gian Paolo Daguer, ingeniero ambiental y autor del libro Frutas asombrosas, con quien conversé en Sabor Barranquilla, feria que tuvo lugar a mediados de agosto y en la que las frutas fueron protagonistas. Él recuerda las salidas a tomar jugo en Coveñas: “en los jugos que casi siempre había: hielo, leche, agua y la fruta. Y ese es el recuerdo que yo creo que tenemos muchos”. ¿Por qué las frutas tienen el poder de quedarse en nuestra mente y en nuestro paladar?
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“Quizás muchos de los anhelos que uno tenga los tiene en la memoria y en la infancia”, me dijo Miguel Durango, agrónomo y cocinero, experto en productos agrícolas del Caribe colombiano, mientras nos tomábamos un coctel hecho con corozo. Para explicarlo, recordó la casa de su abuela, donde se reunía con sus primos: un lugar que ya no puede ser igual al de su niñez.
Daguer también habla de las frutas como recuerdos de un pasado que ha venido desapareciendo. Pero, añade, representan el presente y el futuro.
Esa idea me deja pensando en lo poco que nos detenemos a considerar lo que significan para nosotros. Las vemos en la calle, en el supermercado, en la nevera. Están ahí, omnipresentes. Las damos por sentadas y, en muchos casos, no les damos el valor que merecen. Como dice Daguer, “no solo son alimento: describen la geografía de un territorio, la historia y la cultura”.
Recuerdos
El olor de la guayaba. El sabor de un caballito de papaya. La textura del coco viche que se mezcla con gotas de agua salada en la playa. Asociamos momentos con frutas.
Su lugar en nuestras vidas también está ligado a las formas de entender el mundo. El antropólogo Weildler Guerra recuerda, por ejemplo, su papel en la cosmogonía wayuu: “Los bosques y sus frutos son vistos por los wayuu como grandes cultivos a cargo de figuras semidivinas como lo es el abuelo Juya: un gran fertilizador masculino asociado con la lluvia. En contraste, la patilla, el melón y todas las frutas derivadas de las huertas pertenecen a los cultivos de los humanos”.
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Las frutas también alimentan la imaginación. Daguer, al recordar una idea del libro Frutologías, señala que “siempre las frutas han logrado cautivar y atraer a las personas por sus sabores, por sus formas y por sus aromas”. Esa capacidad de seducir ayuda a entender su presencia en la literatura y en la música.

recolección del bosque. Estos espacios abastecen las cocinas con ingredientes
que están encontrando nuevos mercados.
Territorios
Miguel, cuyo proceso de trabajo comenzó en la zona indígena zenú y se extendió a los Montes de María, reconoce en los árboles frutales las huellas de quienes habitaron el territorio. Al caminar por el bosque, encontrar mangos, limones y naranjas le permitía identificar antiguos lugares de vivienda: “Allí había un establecimiento de una familia o de unos pueblos que estaban alrededor”.
Cuando los frutos de un árbol caen y nadie los recoge, se pudren. Pienso en ese olor como una posible señal de ausencia, a la luz de lo que cuenta Miguel: “tú ibas viendo toda esa radiografía que se iba armando de lo que fue el territorio y cómo se fueron desplazando comunidades por el conflicto armado”.
Las frutas cuentan dónde estuvo una familia o una comunidad, qué se cultivó, qué se perdió y qué volvió a crecer. Hablan del clima, hacen parte de las recetas y son protagonistas de fiestas y celebraciones. Sin embargo, Daguer recuerda que “no podemos quedarnos en un análisis nostálgico de las frutas o de la niñez, sino que hay que verlas como una oportunidad”.
Oportunidades
En su trabajo, Miguel ha hecho pedagogía para que las comunidades reconozcan en las frutas una fuente de sustento. Cuenta que ahora escucha frases como esta: “esa planta que yo antes mochaba y que para mí era maleza, hoy me genera ingreso”.
Un recolector le contó, por ejemplo, que una señora a la que le compraban canistel había decidido conservar los árboles que antes pensaba talar. La venta de la fruta le había dado una razón para mantenerlos en pie.
Apostarle a la diversidad también permite distribuir los ingresos entre distintos momentos de cosecha. Daguer lo explica con una imagen cotidiana: “no le estás poniendo todos los huevos a una sola canasta ni a un solo momento económico”.
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En ese futuro son esenciales varios actores, además del productor: los restaurantes, que pueden poner toda esa biodiversidad en el plato; los consumidores, que pueden darles un lugar a frutas poco conocidas; y el Estado, que debe crear condiciones para que producir y transportar un kilo de mango desde el campo hasta la ciudad sea más fácil y económico.
Para Daguer, también hace falta que el conocimiento regrese a las comunidades: “hay un trabajo por hacer: volver al territorio con la innovación que se ha desarrollado en las ciudades”. Que allí puedan transformar sus frutas y encontrar nuevas formas de aprovecharlas. El futuro de esos sabores que recuerdo en un vaso de jugo en Tolú también depende de las oportunidades de quienes los cultivan, los recolectan y los llevan hasta la mesa.
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