Hay una escena que se repite con sospechosa frecuencia en nuestro medio profesional: alguien, con prudencia y sin arrogancia, sugiere que su experiencia, su trayectoria y sus estudios de posgrado deberían reflejarse en el reconocimiento económico de su labor. Y la reacción no es técnica ni presupuestal. Es emocional. Es casi moral. Como si pedir lo justo fuese un exceso. Como si exigir lo correspondiente fuese una afrenta.
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Entonces, sobreviene la frase, tan coloquial como peligrosa: “A mí los títulos no me importan”. Y con ella, la implícita desvalorización de años de estudio, de sacrificios familiares, de madrugadas silenciosas, de inversión económica, de renuncias personales. Como si el mérito académico fuese un capricho ornamental y no una construcción deliberada de capacidad.
¿Estará mal exigir lo que corresponde?
En sociedades donde la amistad pesa más que el mérito, y donde la cercanía sustituye a la competencia técnica, quien ha decidido formarse más allá del mínimo exigido corre el riesgo de convertirse en incómodo. No por incompetente, sino por distinto. No por arrogante, sino por preparado.
Pero conviene decirlo sin ambages: el reconocimiento diferencial no es un privilegio; es un principio de justicia. El derecho laboral y la lógica contractual descansan en una premisa elemental: a mayor cualificación, mayor responsabilidad; a mayor responsabilidad, mayor remuneración. No se trata de vanidad, sino de proporcionalidad.
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Si todos ganan lo mismo, independientemente de su experiencia o formación, el mensaje que se envía no es de igualdad, sino de desincentivo.
¿Para qué estudiar más? ¿Para qué especializarse? ¿Para qué asumir mayores cargas intelectuales si el mercado premiará por igual al recién graduado y al profesional con trayectoria consolidada?
Existe una forma sutil de injusticia que se disfraza de igualdad. Es aquella que, en nombre de la armonía del equipo, pretende homogeneizar lo que es naturalmente distinto. Equiparar no siempre es justo. A veces, es simplemente cómodo.
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En equipos compuestos mayoritariamente por profesionales recién graduados con todo el respeto que merecen, la presencia de alguien con posgrados, experiencia acreditada y recorrido institucional puede generar tensiones. No por superioridad, sino por contraste. Y en lugar de aprovechar ese capital humano como un activo colectivo, se le percibe como amenaza simbólica.
Entonces surge el reproche: “Usted se cree más que los demás”. Pero no se trata de creerse más. Se trata de haber construido más. Y construir cuesta. Cuesta tiempo, dinero, disciplina y, muchas veces, soledad.
La Constitución no habla únicamente de trabajo. Habla de trabajo digno. Y la dignidad no es un adorno retórico; implica reconocimiento proporcional al aporte realizado.
Exigir una revisión de honorarios conforme al perfil profesional no es un acto de rebeldía ni de deslealtad institucional. Es el ejercicio legítimo de la autonomía contractual. Más aún cuando se hace con respeto, sin imposiciones y dejando abierta la posibilidad de que la respuesta sea negativa.
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Lo verdaderamente problemático no es la negativa en sí, que puede obedecer a restricciones presupuestales reales, sino la reacción emocional que convierte la solicitud en un agravio. Como si la sola insinuación de un trato diferencial fuese una descalificación del equipo.
En nuestro contexto latinoamericano, no es extraño que el acceso y la permanencia en ciertos espacios estén mediados por afinidades personales, lealtades previas o vínculos informales. La llamada “rosca” opera como mecanismo silencioso de distribución de oportunidades.
En ese escenario, quien pretende fundamentar su posición en credenciales académicas y experiencia verificable altera el equilibrio tácito del grupo. Porque introduce una variable objetiva donde antes predominaba la subjetividad.
Y cuando el mérito irrumpe en un espacio dominado por la cercanía, suele ser percibido como amenaza. Existe una diferencia sustancial entre exigir y descalificar. Entre solicitar e imponer. Entre proponer y humillar.
Plantear que la experiencia y los títulos deben tener un reconocimiento diferencial no implica despreciar el trabajo de quienes apenas inician su carrera. Cada etapa profesional tiene su valor. Pero negar la existencia de escalas es desconocer la realidad misma del desarrollo profesional.
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La verdadera igualdad no consiste en pagarle lo mismo a todos, sino en tratar a cada quien conforme a su aporte.
¿Entonces, está mal exigir lo que corresponde?
No. Lo que está mal es haber normalizado la idea de que quien pide lo justo es conflictivo. Que quien defiende su trayectoria es soberbio. Que quien recuerda sus méritos es incómodo.
El silencio forzado frente a la desproporción no es virtud; es resignación. Y la resignación, en el ámbito profesional, termina erosionando la autoestima, la motivación y el compromiso.
Exigir lo que corresponde, con respeto y fundamento, no es un acto de arrogancia. Es un acto de coherencia con la propia historia. Es honrar lo que ha costado llegar hasta allí. Porque si uno mismo no valora lo que ha construido, difícilmente lo hará el entorno.
Y quizá la pregunta no sea si está mal exigir lo que corresponde, sino por qué hemos aprendido a incomodarnos cuando alguien decide hacerlo.





