Hay una frase que suele repetirse como consuelo o como advertencia: todo lo que pasa, pasa por algo. No porque el destino sea necesariamente benévolo, sino porque la vida con su pedagogía silenciosa siempre termina cobrando lo que presta. Con el tiempo, esa afirmación deja de ser un lugar común y se convierte en una clave analítica para comprender las dinámicas del poder, especialmente cuando este se ejerce con poco fundamento.
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El poder no es una condición natural ni una cualidad inherente a quien lo ostenta. Es, en esencia, una relación. Y cuando esa relación no se sostiene en la legitimidad, en la competencia, en el mérito o en el servicio, se transforma en lo que puede denominarse un poder prestado: transitorio, frágil y profundamente dependiente de circunstancias externas. Un poder que se asume como propio, se ejerce como si fuera eterno y se defiende como si fuera merecido.
Hoy se está arriba; mañana, inevitablemente, se puede estar abajo. En ese vaivén, muchos confunden la altura con grandeza, el cargo con autoridad moral y el mando con legitimidad. El poder momentáneo aquel que surge por coyunturas políticas, decisiones administrativas, favores, silencios estratégicos o la simple casualidad de estar en el lugar correcto con las lealtades equivocadas suele ejercerse con exceso de ego y déficit de responsabilidad.
Este tipo de poder necesita imponerse para sentirse firme. Requiere, para sostenerse, prácticas que lo desnaturalizan: exclusión, descalificación, silenciamiento y, en no pocos casos, el pisoteo sistemático de quienes, aun siendo competentes, éticos, nobles y profesionales, resultan incómodos precisamente por no someterse a lógicas serviles. No se les desplaza por falta de mérito, sino por exceso de dignidad.
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He visto y no pocas veces cómo personas valiosas son reducidas, ignoradas o apartadas no por lo que hacen mal, sino por lo que se niegan a hacer: negociar principios, bajar la cabeza, peinar moños ajenos o sobar sacos que no respetan. En esos escenarios, la dignidad se convierte en una forma de resistencia silenciosa.
Frente al error o al atropello, la respuesta institucional suele ser predecible: una disculpa vacía. No orientada a la corrección estructural, sino a la simple continuidad. Disculpas para permanecer, no para transformar. Para seguir haciendo lo mismo, pero con un lenguaje más cuidado. Así se ha normalizado la ofensa, el abuso y la mediocridad bajo la excusa de la gobernabilidad, la institucionalidad o la estabilidad.
Desde una perspectiva ética y profesional, hay límites que no son negociables. Los principios no se transan, la dignidad no se aplaza y la conciencia no se subordina a un cargo. Permanecer en un espacio a cualquier costo no siempre es virtud; a veces, la salida es el único acto coherente. Si debo salir de un lugar por no ir en contra de mis principios y de mi dignidad, lo haré. Una, dos o las veces que sea necesario. Porque hay derrotas que, en realidad, son victorias silenciosas. Porque hay renuncias que salvan el alma.
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Hoy puede existir una situación de desventaja jerárquica. Mañana, quién sabe. La historia institucional y humana es caprichosa con los soberbios y generosa, aunque tarde, con quienes resisten sin ensuciarse. Los cargos son efímeros; las conductas, en cambio, dejan huella. La verdadera superioridad no reside en el escalafón, sino en la integridad con la que se ejerce la función.
Podremos ser inferiores frente a un poder momentáneo que no merece legitimidad ni el nombre de autoridad, pero somos superiores en aquello que no prescribe: nobleza, respeto, caballerosidad, profesionalismo y trato cortés. Estos valores no otorgan mando inmediato, pero sí construyen una autoridad duradera, silenciosa y sólida.
Todo poder sin fundamento enfrenta, tarde o temprano, un mecanismo de ajuste inevitable: el espejo. No como sanción externa, ni como revancha, sino como confrontación interna. El reflejo de lo que se fue cuando se pudo ser distinto. De lo que se hizo cuando se tuvo la oportunidad de actuar con humanidad.
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El espejo no grita. No denuncia. No amenaza. Solo refleja. Y cuando lo hace, la lesión no viene de afuera, sino de adentro: de verse pequeño habiendo tenido tanto, de haber pisoteado cuando se pudo tender la mano, de haber confundido mando con humanidad. Por eso sigo creyendo con calma y sin rencor que todo pasa por algo. Que hoy es hoy y mañana será mañana. Y que, al final, no permanece en la memoria quien tuvo el poder, sino quien supo no perderse cuando el poder pasó, apenas, por sus manos.





