El poder del “pero”

Reflexiones entorno a una palabra, que es conjunción, conector y nunca debería ser un problema. Es la palabra “pero”.
Por: Opinión
27 diciembre, 2025
Emmanuel Acevedo Munoz
Por: Emmanuel Acevedo Muñoz. Abogado, especialista en Derecho Administrativo y magíster en Gobierno y Políticas Públicas. Camina entre los códigos y los callejones, con la palabra justa y el oído puesto en la gente. Ha hecho de la participación su oficio y de la comunidad su brújula. Investiga lo que duele, escribe lo que importa y defiende lo que aún late. Cree que la cultura no solo transforma: también dignifica.

Hay una palabra pequeña, casi insignificante en apariencia, que tiene la capacidad de demoler castillos enteros de certezas, alegrías y avances personales. No grita, no golpea la mesa, no insulta. Simplemente se posa al final de una frase y, con una elegancia cruel, invalida todo lo que la antecede. Esa palabra es el “pero”.

Vivimos rodeados de “peros”. Los pronunciamos con naturalidad, los aceptamos sin resistencia y los usamos como si fueran simples conectores del lenguaje. Deja hablar, permite que lo bueno se exprese, incluso asiente con aparente cortesía… y luego invalida todo. Es una conjunción modesta en gramática, pero tiránica en la conciencia. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en su verdadero poder simbólico, emocional y hasta moral. El “pero” no suma: corrige, desautoriza, minimiza. Es el juez silencioso de nuestras propias afirmaciones.

Escuchemos esta frase, tan común que parece inofensiva:

“Tengo a mi familia bien, tengo trabajo, estoy tranquilo, tengo cómo pagar mis deudas, tengo con qué comer, pero debo veinte millones de pesos en el banco”.

¿Qué quedó al final? Nada. Todo lo positivo fue borrado de un plumazo por ese “pero” que llegó tarde, pero con autoridad. La familia bien, el trabajo, la tranquilidad, el sustento… todo quedó reducido a una nota al pie frente al peso absoluto de la deuda. El “pero” operó como una suerte de anulación existencial: todo está bien, “pero”no lo suficiente.

Ahí reside el verdadero poder del “pero”: no en negar los problemas, sino en decidir qué gobierna nuestra narrativa vital. No es optimismo ingenuo ni positivismo de manual. Es orden. Es perspectiva. Es una forma elemental pero profunda de justicia con uno mismo.

Ahora intentemos el mismo ejercicio, pero alterando el orden no el contenido, solo el lugar del “pero”:

“Tengo una deuda de veinte millones de pesos en el banco, pero tengo trabajo para pagarla, tengo a mi familia bien, estoy tranquilo y tengo con que comer”.

Nada cambió en la realidad objetiva. La deuda sigue allí, intacta. Sin embargo, el sentido es radicalmente distinto. El problema ya no es el cierre de la frase, sino el punto de partida. Lo que cierra ahora es la capacidad, la posibilidad, la esperanza. El “pero” dejó de ser un verdugo para convertirse en un puente.

El lenguaje no es neutro. Ordena el mundo que habitamos. Las palabras que elegimos y el lugar que les damos moldean nuestra percepción de la realidad. No es un asunto de positivismo ingenuo ni de negar los problemas; es una cuestión de jerarquía. ¿Qué ponemos al final de la frase? ¿Qué dejamos resonando en la mente?

En la vida cotidiana, el “pero” suele operar como una coartada emocional. Nos permite reconocer lo bueno sin comprometernos con ello. Es una forma elegante de no agradecer del todo, de no celebrar plenamente, de no asumir la fortaleza que ya tenemos. Decimos: “me fue bien, pero…”; “estoy avanzando, pero…”; “he aprendido, pero…”. Y así, sin darnos cuenta, entrenamos la mente para vivir en déficit, incluso cuando hay abundancia.

Vivimos en una cultura que entrena el ojo para detectar la falla antes que la base sólida que la sostiene. Nos enseñaron a sospechar de la calma, a pedir disculpas por estar bien cuando aún hay pendientes. Como si la tranquilidad fuera un privilegio reservado solo para quienes no deben nada, no temen nada y no cargan nada. Es decir, para nadie.

No se trata de eliminar el “pero” del lenguaje sería absurdo, sino de domesticarlo. De aprender a ubicarlo donde no sabotee lo esencial. Porque cuando el “pero” se convierte en el punto final de nuestras frases, termina siendo también el punto final de nuestra gratitud, de nuestra confianza y, muchas veces, de nuestra paz.

Tal vez el verdadero ejercicio de madurez no sea negar los problemas, sino impedir que tengan la última palabra. Reconocer la dificultad, sí; pero cerrar con la capacidad. Nombrar la deuda, el miedo o la incertidumbre, pero terminar afirmando lo que nos sostiene.

Al final, la vida también se escribe como una oración. Y en esa oración, cada quien decide qué va después del “pero”.

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