*Por: Carlos Arturo Fernández ([email protected])
La obra de José Antonio Suárez (Medellín, 1955) ejerce una fascinación difícil de explicar.
Desplegada a través del dibujo y de las diversas técnicas del grabado, parece, por una parte, sencilla y directa porque establece una especie de relación afectiva con el observador. En contra de prácticas artísticas espectaculares, estas pequeñas obras plantean una lógica diferente. En efecto, los detalles minuciosos en formatos que, por lo general, no superan los diez centímetros, nos obligan a acercarnos, incluso con una lupa, para poder verlos mejor. Pero, por otra parte, se hace evidente que aquí nada es fácil sino el resultado de un profundo conocimiento técnico, de una paciencia infinita, de los riesgos de la experimentación y de la convicción de que todo lo que vemos ha pasado por intensos análisis y críticas. En definitiva, nos fascina al mismo tiempo por su aparente sencillez y por una profundidad que nos desborda.
Nada en el arte es intrascendente porque impacta inmediatamente nuestra sensibilidad. Pero tampoco el arte sale de la nada, sino que es producto, consciente o inconsciente, de la intencionalidad del artista, incluidas sus relaciones con el azar. La experiencia de una obra gigantesca que vemos desde la distancia es diferente a la intimidad que genera la cercanía de los dibujos y grabados de José Antonio Suárez. Quizá la obra gigantesca nos induce a reflexiones históricas y teóricas o a experiencias sublimes; el pequeño formato se parece mejor al contacto con los seres vivos, a la íntima cercanía en la cual se comunican las experiencias más vitales.
El origen
La exposición “Veinte dibujos y algunos grabados: There is no China”, que José Antonio Suárez presenta en El Coleccionista Galería, nace, como toda su obra, de experiencias que él vive como sencillas y cotidianas pero que, en realidad, son insólitas y cargadas de significado. En este caso, hay dos historias en las que, de manera directa, se nos invita a participar.
En primer lugar, lo mismo que la producción toda de José Antonio Suárez, estos trabajos se basan en esa especie de bajo continuo que es parte de su estilo de vida: todos los días, desde hace casi 30 años, realiza un dibujo a través del cual establece un diálogo con sus lecturas y sus intereses artísticos y culturales. Por una parte, se trata del más fuerte vínculo posible con las raíces de la creación artística: una manera de volver actual la idea de Apeles, el más grande pintor de la Grecia clásica, cuyo principio vital era “ningún día sin una línea”. Pero, por otra parte, de esa manera la obra se constituye en la propia viva vivida, no solo como recuerdo sino fundamentalmente como acción eficaz. Dentro de los conjuntos de grabados expuestos, la serie de “Grabadores de domingo” recuerda también la idea de la persistencia de Apeles: en el compromiso con la difusión de sus conocimientos, en la experimentación y riqueza de los procesos y en la paciencia de empezar siempre desde lo básico.
El guacal
Y, en segundo lugar, hay una historia insólita que es el origen de esta exposición y que, de cierta manera, revela aspectos significativos de la obra y del pensamiento poético de José Antonio Suárez. Hace doce o trece años, fue invitado a participar en una muestra organizada por la Cancillería colombiana en China; el Ministerio se encargó de empacar y “enguacalar” las obras y enviarlas a China. Por alguna razón desconocida, los trabajos no fueron expuestos y el guacal, que ni siquiera fue abierto, regresó por error a la dirección de otro artista que lo guardó sin abrir, lo olvidó y solo años después recordó el asunto y se lo entregó a José Antonio hace unos siete años; y, aunque suene inverosímil, se repitió la historia: él no lo abrió, lo guardó y lo olvidó; hace pocos días volvió a encontrar la caja perfectamente sellada con la indicación de que contenía 20 dibujos y, finalmente, después de tantos años, la abrió en compañía de Alejandra Villa, directora de El Coleccionista y de allí nació esta exposición. Uno de esos dibujos, para el que nunca existió China, es Botánica, hoy en la portada de Vivir en El Poblado.
Pero aquí no hay solo una historia curiosa sino también una declaración poética. Tras muchos años, José Antonio Suárez volvió a ver dibujos que ni siquiera recordaba pero que considera válidos y pertinentes. Quizá porque, como pensaban sus maestros ideales Rembrandt y Degas, no se trata de cambiar constantemente, sino que dibujar todos los días es volver siempre al mismo dibujo que es el origen de todo el arte.




