1.
El edificio del correo está casi vacío. El hombre, meticuloso, maneja con pulcritud sus rutinas, sin admitir variaciones. Cada mañana llega a primera hora, da un rodeo por el parque, se para justo a la entrada y espera. Cuando abren, saluda al vigilante que ya lo conoce, camina rápido por el laberinto interminable de casilleros que tapizan las paredes, al llegar al suyo abre el candado, echa un vistazo a la correspondencia, escoge, la mete en su maletín, después, se apresura camino del trabajo. Esta mañana ha sido igual, solo ha cambiado algo: a la salida del lugar, un joven, que lo ha observado durante días, venció por fin su enorme timidez, se le presentó, quiere publicar en su revista. Son los comienzos de los años setenta, el hombre es Elkin Restrepo, el poeta es Helí Ramírez y la revista Acuarimántima.
2.
El parque a esta hora es un hervidero de jóvenes. El hombre lleva sentado en la mesa más de una hora, desde siempre es escrupuloso, puntual, lo angustia cualquier improvisación. Lee sin leer la pantalla de su celular, consulta su reloj. De pronto, mira para lado y lado, quiere no desesperarse, pero lo hace. Faltan menos de diez minutos y su amigo aún no aparece y, la verdad, quisiera que no llegara para librarse de dar esa conferencia, compromisos que, en los últimos años, evita a toda costa. Pero la suerte no lo acompaña. De pronto, sobre la hora, anónima en la noche surge la figura de su amigo que atraviesa el parque sin apuro, sonriente, ajeno al tiempo, a su espera. Lo ve acercarse hasta su mesa, y mientras acepta de buena gana el abrazo cálido que le ofrece, se repite, ya sin rastro de impaciencia, feliz por el reencuentro, que el tiempo de los poetas no es el tiempo de los mortales. El hombre, es el poeta Elkin Restrepo y el amigo que llega es el cineasta y poeta Víctor Gaviria, el año 2025, el lugar Carlos E. Restrepo y la conferencia para evocar los tiempos de la revista Acuarimántima.
3.
La librería es pequeña, no hay más de quince personas y desconsuela que así sea: las hordas llenen estadios para escuchar a cualquiera y este tipo de eventos no le interesan a nadie. Tenemos los que nos merecemos. ¿Cómo llegamos a esto? ¿En qué momento nos jodimos sin remedio? Pocas ciudades tienen el privilegio de tener personajes como Elkin, Víctor o Vallejo caminando por sus calles y pocas se permitirían ensayar el desprecio. Medellín cumple con ambas condiciones. Tal vez, sea solo que algunos envejecimos y anclamos nostalgias en un pasado perdido para siempre.
4.
Las palabras llenan de espantos a la noche. Elkin y Víctor, renuncian a dar una conferencia y, a cambio, ofrecen la charla de dos amigos. Oírlos es, también, ser parte de una intimidad inmerecida. La suya es una amistad verdadera y, como tal, está está tejida de vacíos, de admiraciones, de preguntas y, ahora también de muertos, de compañeros que se adelantaron y alientan los recuerdos. Queda claro que, para los dos, la época de Acuarimántima, son los amigos, y entro todos, uno sobresale de las brumas: Helí Ramírez. En efecto, Helí, ese poeta que nunca abandonó Castilla, olvidado por casi todos, viaja, es el puente que une los recuerdos de sus amigos. A Víctor lo intriga saber por qué Elkin decidió publicarlo, cómo se conocieron, saber si es cierto que fue en la Universidad de Antioquia o dónde. Detalles, que parecen insignificantes, pero que urgen el imaginario del cineasta para complementar, en la voz del amigo, el rompecabezas incierto de aquellos años. Elkin, se apresura a corregir, relata la anécdota de la oficina de correos, la timidez de Helí para acercarse, su talento oscuro que buscaba un lugar para nombrar a la ciudad.
Y es que los poemas de Helí son los primeros en dar cuenta, con el lenguaje descarnado de los barrios, de esa otra realidad facciosa y caótica que comenzaba a incubarse en las comunas y que nos atravesaría para siempre. Su poesía, dura como pocas, es conjuro pero también revela la amenaza que se cernía contra esa Medellín que había decidido extender su arrogancia hacia el sur y olvidar sus raíces.
De pronto, Elkin también quiere saber, ¿es cierto que cuando hicimos La mujer del Animal, Víctor puso a leer a los actores los poemas de En la parte alta abajo? El cineasta confirma. Cuando sintió la necesidad de que los actores encontraran el lenguaje de esos años no dudó en darles aquellos poemas para que los recitaran. La poesía de Helí le dio verdad a la película. Después, Elkin contrataca, ¿qué pensaba Helí de esas películas? Víctor, duda, pierde su mirada, escudriña, hurga en el pasado hasta traer su recuerdo, Helí era muy callado pero cuando veía las películas que hacíamos repetía malicioso, con la insensatez del poeta: ¡Víctor te vas a llenar de plata hp! Entonces, Víctor y todos soltamos una carcajada.
5.
La librería se ha quedado vacía. Afuera, desde lo lejos, se ve a un par de hombres que, en un rato se irán y se perderán en el caos de la noche, en su anonimato, pero ahora están ahí y ejercen los dones propios de la amistad: conversar, tomarse un trago, abrazarse, recordar, reír. Los dos son poetas, uno es Víctor Gaviria y el otro Elkin Restrepo, hablan de libros, de amigos, de los días, de nada más.
6.
Una semana después de este encuentro, Comfama lanzó, en su colección Palabras rodantes, que se distribuye de manera gratuita en el Metro, el libro En la ciudad a los espantos les da miedo salir, antología de Helí Ramírez. Un homenaje y una forma de que el poeta de Castilla viaje, ya no solo en la memoria de sus amigos, sino en todos los vagones de ese Metro que, como una herida, atraviesa la ciudad.