Si el próximo 21 de junio, como todo parece indicar, Colombia elige la dupla Abelardo – José Manuel, no necesariamente tocaremos el paraíso. Porque ningún presidente produce milagros, por más capacitado que estén él y su equipo (a propósito, ¿ha habido un candidato a vicepresidente más idóneo que JMR?).
Pero sí podría ocurrir algo que, aunque modesto, será mucho y valioso: que se deje de prender fuego al país desde la propia Casa de Nariño.
Durante cuatro años hemos tenido un gobierno al que se le metió que gobernar no consiste en liderar, lograr consensos y ejecutar, sino en pelear. Pelear contra la “ultraderecha” (o sea, todos los que no son petristas, en su jerga binaria y descalificatoria), los empresarios, los gremios, los periodistas, los alcaldes, los gobernadores, Estados Unidos, la Corte, el Congreso y, finalmente, cuando ya los han despachado a todos, pelear consigo mismo.
Petro convirtió X en una mezcla fea y contrahecha de consejo de ministros, sesión de terapia y ring de boxeo. Mientras otros mandatarios anuncian decisiones, él anuncia cóleras, resentimientos e interpretaciones equivocadas, muchas veces pueriles, de la realidad.
Mientras otros construyen confianza, él siembra y promueve incertidumbre. Y la incertidumbre, como saben los inversionistas, es un impuesto invisible cuyo precio más alto lo termina pagando el ciudadano común. El pobre.
La lista de las petro-ocurrencias más recientes, a cuál más vergonzosa que la otra, ha sido larga: cuestionar procesos electorales sin la más remota prueba, amenazar con constituyente cuando algo no le gusta, demonizar sectores productivos enteros, espantar la inversión petrolera antes de tener reemplazo energético (¿se podrá ser más torpe?) y gobernar a punta de discursos épicos -pero vulgares- para problemas que solo requerían un poco de gerencia.
La izquierda colombiana llegó prometiendo una transformación histórica, tras “200 años de gobiernos ultraderechistas”. Lo que va a entregar es una demostración práctica de que administrar un país es muchísimo más complejo que escribir o gritar consignas.
Pero tal vez el mayor daño no fue económico ni institucional, eso se irá recuperando con el tiempo. Fue cultural. Se normalizó la idea de que el gobernante puede insultar, dividir y polarizar porque supuestamente encarna una causa superior. Como si la arrogancia ideológica y la ignorancia deliberada de la realidad fueran virtudes.
Si Abelardo gana, sus críticos lo vigilarán de cerca, y eso está bien. Toda concentración de poder requiere vigilancia. Pero Colombia recuperará algo que parece revolucionario en estos petro-tiempos: un gobierno dedicado a ejecutar en lugar de tuitear, a resolver en lugar de incendiar y a administrar en lugar de predicar sandeces.
Después de cuatro años de vivir dentro de una discusión permanente, muchos colombianos no votaremos el 21 por un mesías. Votaremos por algo mucho más simple: la tranquilidad de volver a tener un presidente que sí gobierne y un equipo de gobierno que sí sepa lo que hace.
Se sentirá un fresquito…




