El “Mural” escrito por Ricardo Silva Romero

Daniel Suárez nos habla en esta columna en una historia de país, una memoria viva que nos recuerda el dolor de patria, porque es necesario “leer para tener memoria como tarea necesaria”, dice.
Daniel Suárez
Por: Daniel Suárez Montoya. Comunicador y gestor cultural. Cofundador y estratega de la Fundación Almargen.

Mural es el nombre del más reciente título publicado por Ricardo Silva Romero. Es un autor que me gusta leer, que escribe sobre el país, sobre sus venas. Una memoria que es necesaria mantener viva, vigente y presente para generaciones como la mía, y como las siguientes.

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La historia que narra Ricardo Silva sucedió en 1985, el mismo año que nació mi hermano, cinco años antes que yo naciera. Una historia que Colombia padeció hace 40 años y que el autor vivió de muchas formas y todas ellas las impregna en esta historia, en un Mural que se nos permite observar a detalle, no se escapa nada, tanta realidad junta, dolor, angustia. Justicia e injusticia al tiempo.

La toma del Palacio de Justicia sucedió entre el miércoles 6 y el jueves 7 de noviembre de 1985, las víctimas fatales fueron muchas, las víctimas vivientes otras pocas más. Todo el país, a pesar de la transmisión de un partido de fútbol para desviar la atención, estuvo presente en vivo para ver lo sucedido y 40 años después, Ricardo Silva Romero nos la cuenta con contundencia.

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En este libro cada personaje parece protagonista, tiene su historia, su parte propia en ese gran Mural; en todas las emociones que sentían estando dentro, estando afuera; con armas en la mano, con balas en el cuerpo, con el calor del fuego, la humedad del agua, la incertidumbre de vivir o morir; de no encontrar el cuerpo del ser querido, de rezarle y rendirle altar al cuerpo equivocado y, años después, darse cuenta de ello; de que era quizá el cuerpo del verdugo y no del padre, el esposo, la esposa.

Es una historia, un libro que no tiene capítulos, es un solo capítulo en muchas hojas. Un relato que requiere paciencia, también lágrimas, también vergüenza de un Estado que no comprendo, de una lucha que tampoco podría entender, teniendo en cuenta todo lo perdido. Vivir para contarlo como expresión cliché, morir para sentirlo como expresión de esa posible lucha, leer para tener memoria como tarea necesaria.

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Durante esta lectura pensé en La Siempreviva de Miguel Torres, la cual también está mencionada en el transcurso del libro. Es la obra que me acercó desde el arte a la historia del Palacio de Justicia. Vivir en Colombia es estar marcado por un acontecimiento de violencia, es inevitable no llevar esa relación, es inevitable no sentir que vivimos en un país que se ha desgastado en ello y no cambiará posiblemente; aunque la palabra paz siempre esté presente, siempre esté buscándose, se le han puesto todos los subtítulos o apellidos que queramos a la palabra paz, igual no llega, aunque busquemos la verdad, la justicia, la reparación.

Quisiera compartir un fragmento, quizá el que más me movió en el libro:

“Es culpa mía. Siempre es culpa mía. Mis papás, tan raros los dos, tan buenas personas, tan dulces, o sea tan valientes, a pesar de las ansiedades que les entorpecen los órganos vitales, hicieron –como es usual- todo lo que se podía hacer. Aquí está el Mural, porque, aunque en las páginas leamos una mirada sobre lo sucedido en el Palacio de Justicia aquel noviembre de 1985, también y en esencia es, un reflejo de un instante en la vida del autor, un suceso cercano del que ya algunos de sus amigos le habían preguntado el motivo por el cuál no había escrito esta historia, este Mural, esta memoria que debemos refrescar sobre la realidad de nuestro país”.

Tantos nombres, tantos lugares y a su vez tan pocos nombres, tan pocos lugares, porque la violencia en Colombia es de todos nuestros hombres, de todos nuestros lugares. Navegamos en esa constancia y, aun así, tan normal como el primer café en la mañana, con azúcar o sin ella, en panela o en agua, con pan o sin él. Todo depende del lugar en el que estamos, desde ese mismo lugar observamos la violencia, la cotidianidad, la inequidad.

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Este Mural de Ricardo Silva Romero es un llamado a estar aquí; también a observar atrás en nuestra realidad; así no hayamos vivido los momentos más violentos de nuestro país, las tragedias más desgarradoras, mantener viva esa memoria. Desde José Eustasio Rivera o Gabriel García Márquez a Andrea Mejía o Gilmer Mesa. Memoria en estas lecturas fundamentales para seguirnos narrando.

Este libro fue publicado recientemente, por lo cual se encuentra fácil en librerías. A la fecha no lo vi aún en bibliotecas, pero quizá pronto llegará. Ojalá puedan leerlo.

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