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El Garabato: habitada desde comienzos de siglo

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Los abuelos de quienes hoy son los abuelos del barrio siempre sostuvieron que los orígenes de la Loma de El Garabato son anteriores a 1850. Decían ellos que en ese sector de El Poblado por esos años algunas familias habitaban unas cuantas casas de paja; contaban los abuelos, y a los de hoy no se les olvida, que los primeros en habitar la loma, los Ochoa, los Galeano, los Mesa, los Chaverra, fueron descendientes de esclavos que heredaron las tierras y hasta los apellidos de sus amos.

El papá de doña Elvira Mesa, como ella, nació en El Garabato. Se llamaba Fabriciano y murió en 1937 a los 65 años. Fue arriero, junto con la agricultura, el oficio común de los primeros habitantes del sector, y tenía un terreno por los lados que actualmente corresponden a la carrera 29AA con 3BSur. Doña Elvira aún permanece en la loma, en una fracción del lote de Fabriciano y Susana, su mamá, y es una de las personas que la ha visto crecer, que ha trabajado por mejorarla, y que  quiere que nunca cambie.

Según el municipio de Medellín, los “dominios” de la junta de acción comunal de la Loma de El Garabato van de la carrera 29C a la Transversal Superior y de la quebrada La Olleta -también conocida como La Tenería- a la calle 5Sur. Planeación asume la loma en general como barrio Los Naranjos y algunos de sus vecinos son las lomas de Los González y Los Parra, La Visitación y las urbani- zaciones Lombardía, Alta Campiña y Campiña de El Poblado, o el Parque Co- mercial El Tesoro, actualmente en construcción.

En septiembre de 1994 terminó de escribir La Historia de mi Barrio, una recopilación de relatos para participar en un concurso del municipio, y como introducción allí se lee que “La vida de antes no fue fácil y nuestros antepasados lucharon con todo y contra todo, hasta contra el hambre, la guerra y los malos vecinos, para que a nosotros nos quedara este pedazo de tierra”. Doña Elvira trabajó para rescatar la historia de El Garabato para que sus vecinos “aprendan a querer la loma, defenderla y conservarla con su aspecto de loma en lo posible, con su jardín, su árbol de naranjas o su mata de plátano, no importa que las urbanizaciones nos tengan rodeados”.

Antepasados

En esencia la historia de El Garabato no es nada diferente a la de la gran mayoría de los barrios de El Poblado: un gran terreno habitado por un pequeño número de personas muchas décadas atrás; una familia de la ciudad que compró tierras y construyó su finca de residencia o de veraneo cerca de las casas de siempre; la posterior intervención del municipio con sus catastros, estratificaciones y obras por valorización; el vertiginoso desarrollo de proyectos de urbanización… Los nombres propios de El Garabato, como en los demás barrios de El Poblado, han sido muchos.

La memoria de los vecinos retiene al señor Alberto Angel, su señora Amalia Santamaría y sus hijos Joaquín, Alonso y Alberto, propietarios de las fincas Campo Amalia, San Francisco, Maranela y Coconuco, la primera de ellas ubicada en el lote donde hoy se construye el Parque Comercial El Tesoro, y la cual empleó a varios de los habitantes de El Garabato como mayordomos, peones y jardineros. También se recuerda a Jorge Rodríguez Arbeláez y su esposa Elena Canal, quienes construyeron la finca Villa del Rosario por los años sesenta, y a Francisco Molina, quien también fuera propietario de grandes extensiones de tierra.

Otros personajes del barrio que pocos olvidan, fueron el concejal, Secretario de Gobierno y senador Darío Londoño por su contribución al barrio; el padre Saúl, quien pese a las costumbres de la época sí se quitaba la sotana, y quien ayudó a construir los caminos del barrio; Emilia, la que atendió varios partos de sus vecinas; Ginia, de quien se decía que era bruja y recorría la loma por las noches; el Viejo Linio, cuya casa fue una de las primeras donde se estiró gelatina, o tres vecinos actuales, muy queridos, como Cocola, la abuela de la loma, el padre Emilio Betancur, de la Fundación La Visitación, y cómo no, doña Elvira.

Una sola calle 

Caminar con doña Elvira por la loma es escuchar pronunciar su nombre un sinnúmero de veces. Todos la conocen y ella los conoce a todos por sus nombres, sin importar la edad. Aquí también los que una vez fueron niños hoy han casado a sus hijos y les han entregado el techo de su casa para levantar una y hasta dos plantas más. Y calcula ella, actualmente puede haber en la loma cerca de cien familias, casi todas de los mismos.

La loma se recorre rápido. Sólo la conforman una calle, la 4Sur, cuatro carreras entre la 29A y la 29C, las casas de varios pisos y uno que otro lote sin uso. “Todo es muy diferente a como me tocó cuando niña. Ya no hay caminos de herradura; ya tenemos colectores en la quebrada La Sucia; ya las casas son más bonitas, porque la gente es más juiciosa y hay muy buenos albañiles”, cuenta, y se dice muy agradecida de vivir aquí, y cita con nada de envidia los lamentos de los que vendieron y decidieron irse. Hacia 1915 en casi todas las casas existía el garabato -de ahí el nombre- y se estiraba gelatina. Entre 1938 y 1940 recibieron el servicio de energía eléctrica. En 1968 pagaron la valorización de las transversales y así, concluyen, llegó la civilización con la inclusión del barrio en la nomenclatura de la ciudad, con la vinculación al catastro y al sistema de estratos.

En 1974 dejaron de ser zona rural. En 1979 pavimentaron sus vías. Ha cambiado mucho la loma, ahora es muy diferente la ciudad. A su lado crece un parque comercial, el cual además construye una vía que prolongará la 4Sur -la principal del barrio. Hacia el occidente, el oriente y el sur ya hay decenas de apartamentos y casas habitados, que son los que doña Elvira menciona en su trabajo de historia. Por eso, explican los habitantes, la loma casi ni se ve, por eso cada año tienen que reclamar ante el municipio para que del cinco o seis los regresen a los estratos dos y tres. En El Garabato no han querido que la loma sufra modificaciones.

“Aquí vivimos muy bien, con mucha tranquilidad, entre gente muy sana, y no tenemos que soportar, como dicen los que se han ido, las dificultades de vivir en la ciudad”, afirma doña Elvira, quien se despide con “tengo mis raíces aquí y en compañía de mis vecinos quisiera hacer mucho más por la loma. Mientras tenga vida y salud y Dios nos ayude, siempre estaré lista para hacerlo”

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