*Por: Carlos Arturo Fernández
Diego Arango Arango (Medellín, 1946), formado como arquitecto en la Universidad Nacional, vive desde hace más de cuarenta años en la isla de Mallorca, dedicado a la pintura. Frente a su trabajo es casi imposible no pensar que son obras sencillas y directas, en las cuales la riqueza de colores intensos y el tratamiento de las formas generan una sensación espontánea de regocijo y vitalidad.
Pero, de inmediato, tras esa primera impresión, es necesario recordar que la sensación que nos producen estas pinturas es, precisamente, lo que el artista busca desencadenar en nosotros. Aunque pueda parecer contradictorio, la sencillez, la espontaneidad y la alegría no son naturales ni ingenuas, ni surgen tampoco de un azar fácil o casual: la obra de Diego Arango demuestra el trabajo intenso de una vida. No es la reproducción de un sencillo juego infantil, sino, más bien, el resultado de un combate permanente para intentar aproximarse a la riqueza de la sensibilidad del niño que juega; o al deslumbramiento del hombre paleolítico que, al pintar en las paredes de cuevas o de riscos, intuía una forma nueva de experiencia del mundo.
Su niño interior
El problema que, según creo, enfrenta todos los días Diego Arango es el de hacer en cada obra un viaje sin mapa y sin la certeza de la dirección de llegada. Porque, aunque podamos recordar a Picasso cuando afirmaba que “me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”, es claro que el camino no consiste en seguir a Picasso y a su niño, lo que llevaría solo a la racionalidad de otra forma de arte convencional. En su camino del arte, Diego Arango busca su propio niño interior que le permite mirar el mundo antes de la lógica, y descubrir su sentido desde la sensibilidad, la intuición, lo primitivo, el mito, la poesía o los sueños.
Por eso, se percibe que Diego Arango no pinta a la manera de ningún otro artista: su obra puede relacionarse con Joan Miró, con Paul Klee o con Picasso; pero no deriva de ellos.
Al igual que un número considerable de los artistas de su generación en Medellín, entre finales de los años 60 y comienzos de los 70, Diego Arango tuvo formación de arquitecto e intereses en el grabado; quizá por ello, se reconoce siempre en sus obras un claro sentido espacial. Sin embargo, la espacialidad de sus pinturas no se manifiesta en una ordenación sistemática de sus elementos, sino, más bien, en la experiencia de la ocupación de la superficie pictórica: barcos que se repiten en azules y blancos o en colores fuertes sobre fondos oscuros, figuras humanas analizadas a partir de planos de color o de formas orgánicas e incluso amorfas, cielos estrellados, paisajes, animales, elementos que parecen abstractos. Pero todo determinado siempre por la libertad del color.
Sencillez y complejidad
Ragnarök, una pintura al óleo de 2017, posibilita acercarse a la simultánea sencillez y complejidad de la obra de Diego Arango. De entrada, produce la impresión de ser una pintura muy simple y esquemática, totalmente dominada por una continuidad de amarillo, naranja y rojo que cubren casi totalmente la superficie; la figura blanda parece sostenida apenas por los fulgores amarillos tras ella y por los trazos y puntos rojos junto a las piernas, además de las franjas rojas con manchas verdes en los dos lados verticales del cuadro; la sensación de inestabilidad se refuerza con los nudos de líneas sobre varias partes del cuerpo, que parecen intervenciones infantiles o de un grafitero. Solo entonces descubrimos las letras que aumentan la extrañeza, pero que nos hacen comprender que la simplicidad es solo aparente y que, quizá, aquí se esconde algo mucho más profundo que nos obliga a investigar en aquellos ámbitos del sueño, del mito o de la poesía que son propios de la sensibilidad.
Por esa vía, aprendemos que Ragnarök es una escena de la mitología nórdica que marca la muerte de los dioses en manos de los monstruos antes de la regeneración de un mundo nuevo. Pero también que es el título de un pequeño cuento de Jorge Luis Borges, un escritor que Diego Arango admira, que describe un sueño con el retorno de los dioses del mito, degradados y de formas bestiales que ya ni siquiera saben hablar; ante el terror que producen, la gente saca sus armas y les da muerte.
Ragnarök, de Diego Arango, nos hace comprender que, aún en sus formas aparentemente más sencillas, el arte, lo mismo que el mito, están siempre abiertos al simbolismo y al sentido.




