Dejarse llevar

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Pasa mucho que uno está en un lugar con un supuesto objetivo y resulta que la vida quiere que aprenda otra cosa. Eso fue lo que me pasó cuando entré a clases de baile y sí, he aprendido mucha más técnica. Las figuras ya tienen un significado para mí: vuelta sencilla, a un lado y al otro, vuelta en sistema lineal, cruzado, a dos manos, arco, enrollado y desenrollado, espalda, sombrero, ojal sencilla y doble, caminada, túnel básico, rodeada, alarde.

Inicialmente, había entrado al segundo nivel de porro en Comfama, pero encontré un grupo muy avanzado y yo no tenía bien afianzadas las bases, así que, por recomendación del profesor, me matriculé en un curso básico de merengue. Tenía muchas dudas: ¿Qué puede aprender una persona a quien le tocó bailar “en lanzamiento” La Bilirrubina y todos los éxitos de Rikarena en un curso de Merengue 1? ¿Será que voy a perder el tiempo y el dinero? Y sí que he aprendido y ha valido cada minuto y cada peso invertido. Y no solo para ponerle nombre a algunos pasos que ya hacía de manera intuitiva.

Aprendí que se vale empezar de cero otra vez. Que no está de más repasar lo que ya crees dominado. Que la pedagogía está diseñada para que el conocimiento vaya fluyendo. Que ayudar a otros a recordar te hará afianzar tus conocimientos. Que muchas veces lo que se hace inicialmente para cumplir un objetivo cumple otro. Que las oportunidades aparecen para eso y que ahí está el real aprendizaje. Entendí que, cuando se aprende la técnica, la vida es más fácil. Me pasó cuando volví a clases de natación, ya grande, y desde ese momento no me canso (tanto) porque respiro cuando lo debo hacer, por ejemplo. También me ha sucedido con trucos de cocina o métodos para coser a máquina. Todo con técnica se hace más fácil, permite mayor productividad y disfrute.

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Por supuesto, he aprendido mucho de mis compañeros, especialmente de los señores que se atreven a ir a una clase, no solo para instruirse, sino para hacerlo con la responsabilidad de ser líderes, y lo hacen en vez de quedarse apachurrados en un sofá viendo televisión. Ponen a prueba su cuerpo y especialmente su mente. En los bailes de salón hay un líder y un seguidor. Admiro el trabajo del líder porque tiene que memorizarse los pasos, esto es, la posición de las manos en las vueltas, cómo llevar a su seguidora, cómo introducirla a una u otra figura y a ponerle creatividad, combinando los pasos sin cansar o cansarse. En algunas clases que recibí hace años, el instructor decía: “El hombre lidera y la mujer embellece”. Y es un tema en el que estoy de acuerdo, aunque sé que puede sonar machista, pero en este caso, en el del baile, eso es fundamental: dejarse llevar por la pareja, por la vida, por los sucesos. Y por eso el trabajo del líder es tan importante, porque debe entender, con ritmo, el espacio disponible alrededor, los ánimos, a su pareja, para saber cuáles de las figuras se adaptan al momento. Existe un objetivo común claro, además de seguir el ritmo, y es disfrutar. Entonces la seguidora puede confiar.

Pedagógicamente, el profesor tiene varias estrategias, pero más o menos la dinámica es que todos los seguidores bailan con todos los líderes. Eso les ayuda a ellos a acomodarse a distintas dimensiones, alturas y formas de ser y de bailar. Y asimismo, a las seguidoras nos ejercita en lo más importante de la clase: ceder, y solo así podemos tener tiempo de “embellecer”. Y puede que no nos toque el mejor parejo. Porque, como todo en la vida, no todos somos iguales y no con todos los compañeros nos llevamos bien, pero “dejarte llevar” con ritmo es tu más relevante tarea en un baile de salón. Y acaso ¿esa no sería también la tarea más importante de todos en este paso por la vida?

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