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De viaje por el infierno

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Segundo informe sobre las adicciones. Hace parte de ¡Estás vivo, vive!, campaña de prevención de Vivir en El Poblado, La Tienda Creativa y la Corporación Paso a Paso

Esteban* y su familia viven en un elegante edificio de El Poblado; su padre es profesional exitoso; su madre, una ama de casa, bonita y activa socialmente, y sus hermanos menores estudian en colegios para la clase alta de Medellín.

Pero no todo es tan perfecto como parece. Hace dos meses Esteban está en un centro de recuperación de adictos. A sus 20 años, ya sabe lo que es el infierno, adonde llegó de la mano del consumo de drogas.

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A los 10 años empezó a tomar licor al escondido de sus padres y a los 11 ya fumaba cigarrillo. “Les sacaba del bar vino, aguardiente, ron, lo que hubiera. Quería tener la aprobación de mis compañeros de clase, todos pelados más grandes que yo, con más mundo, que consumían cigarrillo y licor”.

Precisamente en un asado con ellos, cuando tenía 13 años, probó cocaína y marihuana y le gustó. “Sentí que llenaba un vacío. Además veía a los drogadictos como los play, los bien. A los sanos los veía como unos tontos. Siempre tenía plata para comprar vicio y trago, en mi casa me daban mucha y ese fue el mayor problema”.

Así fue como entre fiestas de 15, asados y reuniones con amigos Esteban se convirtió en consumidor social. Pero a los 16 sintió que la cocaína y sobre todo la marihuana le empezaron a coger ventaja. “Me volví muy compulsivo para consumir. A medida que pasaba el tiempo, iba generando más tolerancia hacia el consumo y ya necesitaba marihuana para todo. Si no fumaba me volvía irritable. Mi círculo social se redujo a los consumidores.

Además estaba muy alejado de las mujeres pues toda la fuerza estaba puesta en la droga”.
Su vida familiar, entre tanto, transcurría entre las discusiones de sus padres, las ausencias prolongadas de ambos y la carencia de disciplina. “Si me hubieran puesto normas, si me hubieran dado menos dinero, quizás hubiera sido distinto. Tenían muchos desacuerdos con mi crianza, en nada se ponían de acuerdo y eso generaba confusión”, nos dice Esteban mientras se aferra al deseo de “estar limpio” y recibe ayuda profesional.

Cuando tenía 15 años su familia descubrió sustancias ilegales en su habitación, pero no trascendió. “Me llevaron donde una psicóloga pero no buscaron el tratamiento adecuado. Se hicieron los locos, hicieron una negación del problema”.

Sus adicciones siguieron cogiendo fuerza y muy pronto estaba inmerso en actividades delincuenciales, muchas inspiradas en el entorno. “En la unidad vivía un traqueto y uno se empeliculaba con el estilo de vida que llevaba. También influían películas como Rosario Tijeras, novelas como Sin tetas no hay paraíso y El cartel de los sapos. En El Poblado la relación con los amigos era muy materialista, el que tuviera el mejor carro, llevara ropa de la mejor marca. Mercábamos drogas en cantidades en La Sebastiana, en el barrio Antioquia y en otros barrios populares. Pedíamos LSD por teléfono, el popper lo comprábamos en un sex shop, el Éxtasis lo conseguíamos con jíbaros en las discotecas de música electrónica”.

El primer problema judicial lo tuvo a los 18, cuando la policía lo descubrió con un arma sin salvoconducto que le había comprado a un compañero de la universidad. Estuvo 30 horas retenido mientras se le judicializaba. Tras firmar varios compromisos y prohibírsele salir del país durante cinco años, quedó libre.

“El revolver lo quise tener por lujo, por sentir que tenía poder. En esa época estaba muy caliente en mi casa. Ya me habían recortado la plata y empecé a atracar en las transversales de El Poblado, por influencia de los amigos. Nos íbamos en carro por la Inferior o por la Intermedia, estacionábamos más adelante y yo me bajaba a atracar a otros carros. Robaba dinero, cadenas, celulares. También robaba en mi casa, los celulares de mis hermanos, tenis y ropa y los llevaba a cambiar a las casas de vicio, en el Centro de Medellín”.

Fue allí donde tocó fondo. “Me llevaron a comprar Benzodiacepina o Rivotril a una plaza por el Parque de Las Luces, en la Alhambra, en una olla. Empecé a amanecer allá; la droga era mucho más barata. Era un ambiente muy oscuro. En la recepción le vendían a uno el vicio y el trago y le alquilaban la pieza a cinco mil pesos mientras estuviera consumiendo. Un día que se me acabó el dinero, empecé a consumir bazuco en pipa.

A los seis meses empecé a sentirme como un desechable, vivía rodeado de delincuentes y esto me llevó a buscar el primer tratamiento. Pero ingresé a una fundación muy permisiva. Como no controlaban bien el ingreso de visitas, se consumía mucho. Allá probé la heroína y también había mucha Metadona. Me la pasé diez meses entrando y saliendo de esa fundación, dejaba de consumir unos días y luego recaía porque tampoco tenía conciencia de cambiar”.

En una de las recaídas decidió internarse de nuevo, pero en otra institución, donde está hoy. “Llevo dos meses limpio (sin consumir drogas y alcohol). Las ganas de consumir siempre están, pero lo que estoy cambiando es mi manera de relacionarme con las drogas.

Tengo el apoyo de mi familia y esto es muy importante en los tratamientos. Ya acepto las normas, la autoridad, y estoy aprendiendo el valor de no depender del otro, el amor propio, la autoestima, a perdonarme y a pedir perdón a mi familia”.

A los jóvenes que estén consumiendo droga les aconseja buscar ayuda. “Que no prolonguen más este infierno, hay muchos grupos de apoyo e instituciones. A sus familias les recomiendo que no cometan el error de negar el problema, que dialoguen, les ofrezcan ayuda y los acojan con amor y paciencia. Si la familia lo deja a uno solo, uno busca su propia familia”.

Hoy Esteban está optimista. “Primero quiero hacer un trabajo espiritual porque esta es una enfermedad espiritual, de vacío. Quiero estudiar y ser profesional (ha empezado y abandonado cinco carreras), tener un negocio propio y una relación afectiva tranquila. La adicción solo trae problemas y pérdidas”.

*Nombre cambiado para proteger su identidad.

 

La familia como factor de riesgo

Las investigaciones indican que la mayoría de usuarios de drogas han tenido problemas de tipo familiar. “Los problemas de comunicación, la solución de conflictos de forma violenta, la imposición de la autoridad por parte de uno de los padres, el desacuerdo en las normas, los límites y las pautas de crianza, poner a los hijos en medio de conflictos entre los padres, lesionar su autoestima con palabras que los descalifican como personas, promocionar el culto a la belleza por encima de los valores morales y el cuidado de la salud, pueden favorecer la aparición de conductas adictivas”, dice la psicóloga Omaira Uribe. “No asumir el rol de padres, sino de ‘amigos’ de los hijos, perdiendo la autoridad frente a ellos; dejarlos sin acompañamiento, sin supervisión; no interesarse por sus gustos, actividades de estudio, deportivas y recreativas; no conocer a sus amigos y a sus familias; no compartir espacios en familia, cada quien en su cuarto, con su tv, su computador, y el uso de celulares sin medida de tiempo, también son factores de riesgo para las adicciones”, agrega.

 

¿Por qué nos convertimos en adictos?

Para Hugo Gallego, médico toxicólogo y director de la Corporación Paso a Paso, no solo hay sustancias adictivas sino conductas adictivas, “una serie de comportamientos repetitivos que se inician por placer o curiosidad, prosiguen a mayor placer, luego se convierten en necesidad y finalmente no se es posible renunciar a ellos aunque se quiera o se detecte que ya nos están haciendo daño”.

“Las causas de las adicciones son múltiples”, dice. “Inciden factores individuales (el sexo, los rasgos genéticos, sicopatológicos y de personalidad, los trastornos psiquiátricos), el contexto familiar y social y el potencial adictivo de la droga”.

Para Gallego, la voluntad no es suficiente para dejar las drogas. “En algunas zonas del cerebro existe un sistema de recompensa (ubicado en el área ventral tegmental -AVT- y sus proyecciones al núcleo accumbens, a la corteza prefrontal -CPF- y al hipotálamo lateral -HL-) que se activa al entrar en contacto con las conductas que nos generan placer o euforia, a través de la producción de unas sustancias llamadas neurotransmisores. Estas trasmiten estímulos de una neurona a otra, creando un círculo de estímulo-satisfacción-placer-necesidad que se repite y se sale del control del individuo. Por eso también es un engaño decir que se controla el licor, la marihuana o el cigarrillo. La voluntad va por un lado y la conducta desencadena otras órdenes inconscientes por el otro”.

 

Familia como factor de protección

“Los padres deben estar de acuerdo en las pautas de crianza”, expresa Omaira Uribe sobre los comportamientos que pueden proteger frente a posibles adicciones. “Las normas deben ser claras y las sanciones acordes con la falta. También se recomienda favorecer un ambiente afectivo para que el hijo se sienta querido y respetado, fortalecer su autoestima y acompañarlo en sus actividades”. Para esta profesional, la coherencia entre las palabras y el comportamiento de los padres es vital, así como el practicar la solución de conflictos con el diálogo. Enfatiza en la conveniencia de limitar la adquisición de bienes materiales, como manera de fortalecer la tolerancia de los hijos a la frustración. Así mismo, es importante propiciar ambientes festivos que no incluyan el consumo de sustancias legales como el alcohol, e impedir que el hijo consuma sustancias legales a edad temprana. En cuanto a las tecnologías, es recomendable establecer un uso y horario adecuados.

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