De “gente de bien” y “los buenos somos más”

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“Gente de bien” y “los buenos somos más” son eslóganes que se han utilizado mucho ahora a partir de las marchas en protesta social y los muy infortunados desenlaces que varias veces han tenido. “Los buenos somos más” o “gente de bien” son dichos excluyentes, discriminatorios, que buscan establecer un muro entre ese nosotros y los otros que pueden ser los desconocidos, extranjeros, inmigrantes, de otra religión, partido o ideología, que serían “los malos” a combatir. Filósofos e intelectuales han planteado la inconveniencia de esa tajante separación entre ángeles y demonios que tanto mal ha hecho a la humanidad.

“Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia”. Esto decía el filósofo Tzvetan Todorov, quien ha hecho lúcidas elaboraciones sobre este tema de nosotros y los otros, los buenos y los malos, que vale la pena retomar.

Ser civilizado no significa haberse graduado en universidades de renombre o poseer gran sabiduría; sabemos que individuos de esas características fueron capaces de actos de perfecta barbarie. Algo que recuerda muy bien a Adolf Eichman y el análisis que de él hizo Hannah Arendt, enmarcándolo en la “banalidad del mal”. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros, ideas, hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y poder mirarnos y analizarnos nosotros mismos como desde fuera.

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En Colombia se ha vivido una obsesión del peligro y miedo, ahora agudizada, por el supuesto riesgo que representa el otro, el diferente, el de otra cultura, religión o ideología. Ese miedo constante al peligro acaba produciendo mayores destrozos que los que se pretende evitar, pues el miedo a los bárbaros nos puede convertir en los peores bárbaros. Recordemos que el miedo, como decía la filósofa Beatriz Restrepo Gallego, siempre presente, es un gran deshumanizador.

En la historia, la búsqueda del bien frecuentemente se emprendió a partir del convencimiento de que los otros precisan de ayuda y “salvación”, razón por la cual me transformo en la encarnación de la misión de construir la redención universal. Este mesianismo que se expresó en las guerras revolucionarias, coloniales y dictaduras, en el presente se reviste de los valores democráticos, cuando son simplemente deseos de poder y riqueza travestidos de humanismo. Retrato fiel, hoy, de los líderes y partidos políticos del pretendido bien.

No sólo se podría conocer por la empatía el trasfondo de criminales, sino también advertir nuestra impureza, el mal que anida en nosotros siendo conscientes, como bien dice Todorov, de que “la diferencia entre verdugos y víctimas no reside en la naturaleza biológica de los individuos, no existe ningún ADN específico de los asesinos; proviene –el bien o el mal- de las circunstancias en las que se desarrolla el destino de unos y de otros”.

En la actual realidad nacional, la división, señalamiento, polarización entre buenos y malos que plantean, se ha referido especialmente a las creencias religiosas y fe o no, de unos y otros. Se le preguntó a Vicente Durán Casas S.J., destacado filosofo, teólogo, profesor de la Universidad Javeriana, sobre este fenómeno, y esto respondió: “Una persona que se dice cristiana es absolutamente incompatible con el hecho de pensar que hay personas buenas y malas y, peor, que se crean parte de las buenas, es lo más anticristiano que hay, va en contra de los principios elementales del cristianismo. Si algo nos enseña Jesucristo es que ningún ser humano debe discriminar a otro. Jesucristo nos enseña que todos somos hijos de Dios, y él se entregó por todos y en particular por los más necesitados, los que necesitan sanar. Creerse sanos y que no necesitan ser curados es el camino más fácil para alejarse de Dios”. 

Hay que ponerle freno a este tan dañino maniqueísmo de “los buenos somos más” o la “gente de bien”.

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