Redes

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Con los años he aprendido a valorar la palabra redes como aquel hilo, que viene del latín, que sirve para pescar, conectar y construir.

Durante algunos meses, podría decir incluso que un par de años, ostenté el título de ser la primera community manager de Colombia, o al menos la de Antioquia. Corría el año 2010 y con frecuencia debía explicarles a las amigas de mi mamá lo que hacía, cosas que, aunque ha corrido bastante la lluvia, aún no sé qué es lo que significan.

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Recuerdo cómo, con arrogancia, me paseaba de evento en evento enseñando labores que hoy hacen parte del manual de funciones de un dinosaurio. “Con Twitter puede hacer visible lo que está pasando en su comuna”, le dije alguna vez al líder comunitario Jeihhco, mientras le enseñaba a hacer Twitcams. “En las redes podemos hacer el activismo por el que en las calles nos matarían”, les repetía a las amigas transfeministas a las que capacitaba para luchar por sus derechos en Internet. “Este movimiento podría derrocar a un gobierno”, fantaseaba en las clases que daba en la U. de A. Incluso, enfoqué mi tesis de maestría en la defensa de derechos en el ciberespacio, documento que bien podría ser un ladrillo y que me hizo acreedora de una tesis meritoria, motivo de orgullo para el Alma Mater.

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Fueron muchos los aprendizajes que recogí de aquellos días. Aprendí que el verdadero valor de las redes sociales se debe a las conexiones que somos capaces de generar los humanos cuando estamos juntos, a las magníficas soluciones que surgen cuando invocamos la inteligencia colectiva. En Twitter, Facebook, Instagram y las casi extintas Facebook, Flickr y otras que fueron muriendo, conjugué el nosotros.

Pero no todo era color de rosa. Tener un relativo éxito, digo relativo porque sigo montando en bus sin que nadie me reconozca, en plataformas sociales también es y era un alimento para el insaciable ego y para esa amada y al mismo tiempo despreciada rebeldía juvenil. Así que, a la par que era certera y ayudaba a comunidades en su alfabetización digital, también insultaba, era combativa, me empeñaba noches enteras en destruir organizaciones y lanzaba cualquier cantidad de improperios, injusticias e incluso calumnias a personas que no me gustaban, todo en nombre de la maltratada y mal entendida libertad de expresión.

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12 años después, aunque muchas personas me reconocen por lo bueno, otras no. Mi memoria se extingue, pero, hay quienes aún me recuerdan como a un ser despreciable con el que no se podía conversar, un ser temido. Hoy somos lo que hace años tanto despreciábamos, decía algún poeta del que no recuerdo su nombre y desde el club de los tuiteros anónimos pienso en esa Perla que fui y que un día decidí no ser más, a veces se sale; pero, siempre intenta corregirse, aunque otros digan que es censurarse.

Desde que decidí construir en redes sociales más escalones que peleas absurdas, incluso, mi tranquilidad mental parece ser otra. Yo misma, fantaseo con ser otra y abrazo a aquella que ya no existe más. ¿Valió la pena?, intentó preguntarme mientras pienso en mi próxima storie.

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