Millones de colombianos no cumplieron su deber el 31 de mayo. Más que los votos de cualquiera de los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta. La lectura cómoda dice que es apatía. Yo sospecho que es algo más grave: es un país que aprendió a delegar su destino y luego quejarse del resultado. Llevamos décadas entregándole Colombia a quien gane, para después cruzarnos de brazos y culparlo de todo. Tercerizamos la patria. Y un país que terceriza su futuro no tiene derecho a sorprenderse de que otros decidan por él.
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Esa es la orfandad de la que hablo, y no es la de los gobernantes que nos faltan. Es la que nosotros mismos provocamos cada vez que reducimos nuestra ciudadanía a un comentario indignado en redes y a un voto que la mitad ni siquiera deposita. Nos comportamos como hijos esperando que papá Estado resuelva, y luego nos rebelamos contra el padre que nosotros mismos elegimos no controlar. El primer deber de un ciudadano no es protestar: es salir a votar, y votar bien. Pero ese ni siquiera es el deber más difícil.
Porque aquí está la parte que casi nadie quiere oír: el 22 de junio, gane quien gane, el verdadero trabajo apenas empieza. Y no es el del presidente. Es el nuestro. Hemos construido la fantasía de que un gobierno, el correcto, el de nuestro bando, va a hacer grande a Colombia mientras nosotros miramos. Eso no ha pasado nunca, en ningún país. Las naciones no las levantan los presidentes; las levantan ciudadanos que el lunes siguiente a la elección, independiente del resultado, se ponen a trabajar como si el país dependiera de ellos. Porque depende de ellos.
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Y vale detenerse en lo que tenemos para trabajar, porque es escandaloso, en el buen sentido. Colombia es uno de los territorios más biodiversos del planeta. Dos océanos. El cruce geográfico de las Américas, con un huso horario que conversa con Nueva York y con Madrid el mismo día. Energía, agua, tierra fértil, y una generación de empresarios y jóvenes con un talento que el mundo nos envidia y que nosotros tratamos como si sobrara. Un conocimiento exportable y un empuje envidiable.
¿Cómo es posible que un país con semejante dotación siga discutiendo, elección tras elección, cómo repartir la pobreza en lugar de cómo multiplicar la riqueza?
La pregunta incómoda es esta: ¿le tenemos miedo a la prosperidad? Hemos armado un relato donde el que crea valor es sospechoso, donde el empresario es adversario y no aliado, donde el éxito se castiga antes de celebrarse. Y mientras tanto los países que de verdad sacaron a millones de la pobreza no lo hicieron repartiendo lo que había: crearon las condiciones para que el talento, la inversión y la iniciativa produjeran algo nuevo. La paz no se decreta desde una tarima. Se construye cuando un joven en Quibdó – Chocó, en Playa de belén – Norte de Santander, en Nazareth – Guajira o en San Miguel – Putumayo tiene una razón material para creer en el futuro: un empleo, una empresa, una oportunidad de verdad y la seguridad necesaria para tomar decisiones sin ser coaccionado.
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Aquí va la afirmación que no le gusta a muchos: a Colombia no la va a salvar el que prometa repartir, sino el conjunto de colombianos que decida crear. Y no nos gusta porque eso nos pone en el lugar de ser más “deberistas” que “derechistas (aquellos que solo exigen y reclaman derechos”. Y “crear” no es una metáfora. Es crear decididamente empresa y en su defecto, apoyarla, contratar al primer empleado, diseñar en grande en lugar de sobrevivir en pequeño, exportar, formar, invertir, arriesgar. Es dejar de esperar que la oportunidad caiga del cielo o del presupuesto público, y empezar a fabricarla. Lo que une a una nación no es el resentimiento contra los que tienen; No es condenarlos, ni mucho menos tildarlos de explotadores o hidalgos. No, por el contrario, es un proyecto común de construir, donde quepan el del barrio y el de la junta directiva, el del campo y el de una startup.
Por eso esos millones que no votaron, me parecen menos un problema y más una pista. No votaron por el odio de ninguno de los dos polos, no votaron porque tienen otras prioridades, pero tampoco se levantaron a construir nada y serán los primeros en criticar todo. Hay ahí una mayoría que no quiere pelear, que quiere progresar, pero que todavía cree que progresar es tarea de otro.
Esa mayoría no está dividida. Está esperando permiso para hacerse cargo. Y nadie se lo va a dar: hay que tomárselo.
Lo que de verdad nos va a unir no bajará de ninguna tarima el 21 de junio. Ningún candidato lo va a regalar, porque convocar es más difícil que dividir y el miedo organiza más rápido que la esperanza. Tendrá que salir de nosotros. De votar el 21 como si nos fuera la vida, y de entender que el 22 nos va a ir la vida igual, pase lo que pase, en lo que hagamos con nuestras propias manos. El país no nos lo deben. El país nos tiene que doler, a todos, lo suficiente como para trabajarlo.
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La próxima vez que alguien nos invite a escoger bando, vale la pena una pregunta más exigente: ¿voy a esperar a que este gobierno haga grande a Colombia, o voy a ser yo parte de los que la hacen grande? La primera respuesta lleva más de 5 décadas fallando. Quizás es hora de probar la segunda.




