La conversación sobre mujeres en posiciones de liderazgo ya no admite el tono complaciente de quien cree que el problema está resuelto. No lo está. Mucho menos en tecnología, un sector que presume hablar del futuro mientras arrastra inercias del pasado. A escala global, las mujeres siguen estando subrepresentadas en las trayectorias STEM y ocupan una proporción todavía insuficiente de los cargos directivos, pese a que la evidencia muestra avances lentos y una brecha que no se cerrará pronto al ritmo actual.
Ese es el punto incómodo que muchas organizaciones todavía prefieren esquivar: el problema no es de capacidad, ni de mérito, ni de preparación. El problema es de acceso, de sesgos, de diseño institucional y de una cultura que durante décadas definió el liderazgo con códigos masculinos y luego fingió neutralidad. En tecnología esto se nota más. Se celebra la innovación, pero se normalizan entornos donde muchas mujeres siguen siendo minoría en la mesa, excepción en la toma de decisiones y rareza en la discusión estratégica. El resultado no solo es injusto; también es profundamente ineficiente.
Porque cuando una industria deja por fuera parte de su talento, no solo fracasa en equidad: fracasa en inteligencia. La diversidad no es un gesto reputacional. Es una ventaja competitiva. Hoy sabemos que los equipos diversos enriquecen la deliberación, cuestionan mejor los supuestos, reducen los puntos ciegos y elevan la calidad de las decisiones. Y, sin embargo, todavía hay empresas que siguen tratando la inclusión como un ‘asunto accesorio’, útil para el discurso, secundario para la operación. Ahí comienza la hipocresía corporativa: exigir innovación con estructuras mentales viejas.
También conviene decir algo que a veces incomoda: esta no es solo una deuda con las mujeres; es una deuda con la sociedad. Cada vez que una mujer encuentra un techo invisible, no pierde únicamente ella. Pierde la organización que la desaprovecha, pierde el sector que se empobrece y pierde el país que limita su propia capacidad de progreso. En Colombia, la discusión no debería centrarse en si ha habido avances, porque los ha habido, sino en por qué esos avances siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del rezago histórico. Incluso en el sector público, donde hay indicadores de mayor participación femenina en cargos directivos, la paridad plena sigue siendo una meta pendiente.
La tecnología merece una exigencia mayor, precisamente, porque tiene el poder de rediseñar la economía, el empleo y la vida cotidiana. Si ese sector reproduce exclusión, entonces no está construyendo futuro: está digitalizando desigualdades. No basta con abrir convocatorias, organizar paneles o sumar una narrativa amable cada marzo. La inclusión real empieza cuando se revisan los criterios de promoción, las brechas salariales, los estilos de liderazgo que se premian, la distribución de oportunidades visibles y también los sesgos invisibles que siguen operando en silencio.
Y aquí aparece una responsabilidad que no puede seguir delegándose: la del liderazgo masculino. No para “ceder espacio” como si estuviera haciendo una concesión, sino para asumir que buena parte de las reglas actuales fueron diseñadas en su beneficio. La equidad no se construye esperando a que las mujeres sigan resistiendo solas. Se construye cuando quienes hoy tienen poder deciden usarlo para corregir, abrir, acelerar y transformar. Eso implica revisar prácticas, escuchar más, interrumpir menos, patrocinar talento femenino con hechos y dejar de premiar estilos de mando que excluyen todo lo que no se parezca a la vieja autoridad vertical.
La verdadera pregunta ya no es si creemos en la inclusión. La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a tolerar la incoherencia entre lo que las empresas dicen y lo que realmente hacen. En un mundo que no puede darse el lujo de desperdiciar talento, seguir frenando a las mujeres en liderazgo y tecnología no es solo una injusticia moral. Es una torpeza estratégica.
La equidad de género no debe tratarse como un favor, una cuota ni una moda de temporada. Debe asumirse como una corrección histórica y como una decisión inteligente. El día en que dejemos de ver a una mujer líder en tecnología como excepción y empecemos a verla como lo obvio, ese día no habremos hecho un gesto simbólico: habremos dado una señal de madurez. Y esa madurez, hoy, sigue siendo una de las deudas más grandes de nuestro tiempo.





