Carta desde la quebrada

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Debido a la impermeabilización de las laderas de Medellín, las quebradas corren más rápido y con más fuerza destructiva por nuestros barrios.

Hola, te escribo desde la quebrada. Estos tiempos han sido de muchas mareas; de inundaciones de agua, fuego y aire.

Carolina Daza
Por Carolina Daza / [email protected]

Te cuento que hace un mes vivimos una inundación visceral en el barrio San Lucas. Era un jueves de mayo, y al mediodía ya llovía hielo en el trópico.

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Recuerdo estar con Ágata –mi hija de 10 meses– en brazos. Asomadas por la ventana, sentíamos los golpes del granizo, revueltos con gritos de auxilio. Eran tan fuertes los gritos, que salí de casa con la bebé resguardada en una chaqueta impermeable, para explorar de dónde surgía el pánico. El agua rugía con toda su fuerza, buscando su cauce natural hacia la quebrada. Sin embargo, en el proceso se tornaba en un río agresivo llevándose todo por delante, sin importar el espacio tiempo; rodaban vidrios, tejas, muros, sillas y mesas.

Como muchos celulares transmitían en vivo, los videos de las inundaciones rápidamente se hicieron virales en las redes sociales. Las sirenas de los bomberos prontamente se escucharon, y afortunadamente ningún ser humano resultó herido.

Hoy me sigo cuestionando: ¿por qué hemos aceptado como sociedad impermeabilizar nuestras laderas?, ¿cómo nos habremos cubierto tan rápido, de tanto concreto, y desviando el agua de su flujo vital? Literalmente, la hemos obligado a correr más rápido, y con más fuerza destructiva por nuestros barrios.

Durante ese día se reportaron inundaciones masivas en diferentes lugares de esta ciudad. Pero lo más sorprendente es que en nuestro antropocentrismo viral, seguimos convencidos de que, con vacunas, lavados antibacteriales, máscaras y tapabocas, resolveremos la latente crisis climática que aún parece lejos de cautivarnos.

Ese jueves me sentí inmersa en la obra The Raft, de Bill Viola, un pionero del video arte con obras que resignifican el poder de los elementos de la naturaleza. La obra se inspira en la pintura La Balsa de la Medusa (1818) del francés Théodore Géricault. Y hoy, en el 2021 pandémico, se siente muy vigente. En vez de pintar, Bill Viola decide grabar a un grupo diverso de personas, que –por sorpresa– se convierten en víctimas de una avalancha de agua que los arrasa; al final sobreviven gracias a un profundo sentido colectivo de humanidad.

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Aunque estos tiempos nos han hecho sentir aislados, confinados, y temerosos del “otro”, la realidad es que todos somos islas más conectadas de lo que creemos. Somos un solo cuerpo unido en las profundidades del océano, en su ingravidez, en su vacío profundo. Los duelos, las inundaciones de agua, el fuego que arde en las calles, nos seguirán invitando a observarnos y observarnos en el otro; a resignificar nuestra individualidad.
Somos naturaleza. Sucesos como el de esta quebrada me siguen cuestionando: si nacimos del agua, ¿por qué será que estamos tan desconectados de ella? Espero tus reflexiones; sabes que siempre las leo.

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