Aprendiendo a vivir juntos

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La común unión entre ciudadanos se dignifica y humaniza si nos acercamos al sentido y valor de la clásica, y hoy un tanto olvidada, ética cívica. Para que sea posible alcanzar buenos niveles de autonomía moral colectiva, se proponen los valores de la ética cívica y por eso vale la pena repasarlos hoy.

Mencionemos  como el primero de esos valores cívicos a la libertad, porque permitirá elegir  el qué hacer y cómo disponer de tiempos, posesiones y talentos para el bien común.
Llega luego la igualdad, para consolidar la autoestima, promoviendo un desarrollo digno en  el acceso a las oportunidades .

La solidaridad  es un valor de alta significación en los asuntos de ciudadanía cívica, advirtiendo que  no es únicamente material, sino también afectiva, espiritual, emocional, de apoyo y confianza.

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Será el respeto el que nos exija conocer los límites a los derechos  iguales de todos los ciudadanos y de los niños y jóvenes. El entrenamiento en respeto nos ayuda a aceptar y comprender las distintas formas de pensar, sentir, decir y actuar. 

Es requisito fundamental  estar atentos para cuidar que esas maneras diferentes no atropellen derechos fundamentales, para no dar ideas equivocadas de tolerancia.
La actitud diálogica como valor de la ética cívica llega para dignificar a la conversación como el único camino para solucionar  conflictos, y por eso la reconocemos como el más auténtico alambique de convivencia.

Para  terminar el repaso de esos valores de la vida civilizada, la aceptación del pluralismo se agrega para construir sobre unos mínimos de  moral y justicia que todos compartamos  y aceptemos, a partir de diferentes ideas de lo que es la vida buena.

Lo interesante de la ética cívica es que no se queda en el plano conceptual, porque además avanza y propone acciones en dos direcciones. La primera, para que individuos y colectivos alcancemos buenos niveles de autonomía y cuidado; y otra, para sacarle el máximo provecho posible a las habilidades y talentos personales y grupales en la dirección del bien común.

Vemos entonces cómo esa ansiada convivencia es un arte que se aprende, se construye de manera colaborativa, y exige flexibilidad y adaptación. No significa en absoluto ausencia de conflictos, sino buen trámite en su resolución pacífica. Requiere también reciprocidad, confianza y cooperación. La apuesta grande está en lograr unidad dentro de la rica y sugestiva diversidad.

Y si esa convivencia, de alguna manera ideal, de equilibrio, está en un supuesto punto cero del péndulo, vale la pena advertir que son muy frágiles los límites, porque por un lado está la oscilación hacia la hostilidad, que es recelo, antipatía, amenaza, confrontación, desconfianza, y en el otro sentido de ese movimiento pendular tenemos a la simple coexistencia, que se da por poco interés, ausencia de relaciones, donde nadie molesta a nadie y cada cual está en lo suyo.

Para hablar de convivencia, entonces, debemos revisar algunos criterios importantes y así sentir que avanzamos y vamos aprendiendo a vivir juntos. El primero es la dimensión de las relaciones para poder observar la naturaleza de las interacciones. En segundo lugar, está lo normativo, para poder identificar si hay conocimiento y respeto de normas e interés genuino y constante por adecuarlas e irlas ajustando ante nuevas realidades.

El tercer criterio es la dimensión axiológica, para aclarar si se asumen y comparten unos mismos valores para hacer posible la vida en comunidad y buena convivencia.

Se agregan, para terminar, otras dos dimensiones para enriquecer la mirada. La referida al conocimiento de los conflictos para identificar las distintas violencias: simbólica, estructural, directa, indirecta, y si se cuenta o no con un método para el abordaje de esos conflictos. La última dimensión para poder arrimarnos a la convivencia es la comunicacional, porque es vital propiciar y motivar lo participativo; porque este asunto de vivir juntos, acompañándonos sin invadirnos, es cuestión de todos los involucrados.

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