Recuerdo muy bien ese día. El ambiente era sofocante, casi que en el pesado aire que se respiraba, se podía presentir que algo malo iba a ocurrir.
Yo estaba conduciendo a toda prisa, en la parte trasera del carro llevaba una maleta, en cuyo interior reposaba un sobre rojo; dentro de él, un mensaje, escrito a mano alzada, palpitaba casi arrítmicamente con el anhelo de ser leído… En otras palabras, tenía un mensaje urgente para mi jefe en la parte trasera de mi carro.
Entonces, mi buen amigo Murphy, el mismo que se inventó aquel cuento de que cuando algo puede salir mal, saldrá mal, hizo que tuviera que frenar en seco. Delante de mi parabrisas se había formado un taco monumental. En ese momento de extremo estrés, impaciencia y mal genio, recordé las sabias palabras de mi célula madre:
“Vísteme despacio, que voy deprisa”.
En lugar de desahogar con el pito del carro, mi frustración causada por la urgencia del mensaje que debía entregar, decidí pensar como el glóbulo rojo maduro que soy: rellenarme de oxígeno y preguntarle al oficial que tenía un letrero de pare y siga en sus manos, qué había sucedido.
–Un derrumbe, caballero–me dijo.
Luego de avanzar unos cuantos metros de la arteria principal, lo pude ver: una mole descomunal de residuos y basura yacía inerte a un lado del camino. Decenas de operarios con su maquinaria pesada intentaban, a toda prisa, engullir, triturar, desmenuzar aquella masa, pero creo que sus buenas intenciones quedaban diminutas ante la magnitud del desastre. Todo estaba infartado.
Mientras tomaba mi teléfono para llamar a mi jefe y darle las malas noticias, pude ver en el retrovisor, lo que parecía la entrada hacia otra carretera. Sin importarme que los demás pensaran que soy un glóbulo rojo maleducado, decidí atravesar mi carro hacia el carril de la derecha y tomar esa ruta alterna. En serio, el mensaje que debía entregar era de vida o muerte.
La buena noticia es que pude encontrar una vía alterna. La no tan buena noticia es que el camino era tan estrecho que las paredes de esa carretera golpeaban los espejos de mi carro; era tan pedregoso que el motor se ahogaba y sentía que le faltaba aire; además, me topé con otras células sospechosas que jamás había visto en toda mi vida. Sin embargo, la urgencia del mensaje era más importante.
Luego de tantas peripecias, sufrimientos y células de mala muerte que me trajo aquel camino, pude llegar a la puerta de la empresa. Me bajé corriendo, o más bien, rodando de mi carro, con la maleta en la mano, rodando a más no poder.
Y ya, casi sin oxígeno, logré entregarle la maleta a mi jefe.
Éste la abrió a toda prisa, sacó el sobre rojo, lo rasgó, leyó el mensaje y con una rapidez absoluta, oprimió el botón de emergencia.
El mensaje decía:
“Atención: ese dolor opresivo en el pecho, ese frío que te sube por el cuello o ese cansancio inexplicable que sientes justo ahora en tu jornada de trabajo no es estrés, ni una simple gastritis. Tu corazón sufre un derrumbe. Lo que sientes puede ser un infarto. Este mensaje no te llegó por casualidad”.




