Estoy en Japón y uno de los lugares que más me ha sorprendido es teamLab Planets, en Tokio. Había visto sus salas de luces y espejos en fotos. Sabía que era uno de esos lugares instagrameables, pero salí pensando en los artistas. Mientras recorría las instalaciones, me intrigaban menos sus efectos que las personas que habían conseguido crearlos.
Me pareció una respuesta contundente a la costumbre de enfrentar tecnología y humanidad, como si una tuviera que quitarle espacio a la otra.
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La discusión se ha agitado con la inteligencia artificial. Unos temen que las máquinas reemplacen a los artistas; otros lo celebran. Las preocupaciones sobre derechos de autor y empleos son legítimas. Pero me parece demasiado básica la pregunta de quién reemplazará a quién. Prefiero pensar en las posibilidades de lo que pueden inventar juntos una artista, un matemático, un programador, un arquitecto y un músico.
Así trabaja teamLab. Fundado en 2001 por Toshiyuki Inoko, formado en ingeniería matemática y física de la información, reúne hoy alrededor de 1.100 personas. Según el colectivo, más del 90 % participa en tareas creativas. Sus obras llevan una firma colectiva, fruto del trabajo de programadores, animadores, arquitectos y músicos. Hasta las orquídeas de una de sus salas requieren cultivadores expertos.
Hay mucho talento humano detrás de tanto despliegue digital.
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Quise averiguar cuántas horas de trabajo hacen falta para producir un minuto de esas imágenes. No encontré una cifra verificable, pero descubrí algo mejor: varias se generan en tiempo real. Los artistas y programadores diseñan sistemas que responden a nuestra presencia sin poder anticipar cada resultado, con lo cual cada secuencia es única e irrepetible.
Caminamos descalzas por el agua mientras peces koi digitales nadan entre las piernas y se convierten en flores al encontrarnos. En otra sala, miles de luces responden a los visitantes. Más adelante, un jardín de orquídeas naturales se eleva para dejarnos pasar (fue imposible no pensar en mi adorada Medellín y lo que se podría hacer allí). Los artistas imaginaron los entornos, los ingenieros encontraron cómo construirlos y nosotras terminamos de darles forma. Lo que hace un desconocido a mi lado modifica lo que yo veo. Hasta el público participa en esa creación colectiva.
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Mi momento favorito comenzó frente a una hoja y unos lápices de colores. Escogí un avión y lo coloreé a mi manera. Después lo escanearon y apareció en una pantalla gigantesca, convertido en una figura tridimensional que volaba entre las creaciones de otros visitantes. Con una aplicación pude pilotarlo.
Me hizo una ilusión infantil ver volar algo que unos minutos antes era apenas un dibujo mío.
Alguien imaginó el juego; otros programaron cómo reconocer y animar el dibujo. Al final hacía falta alguien que escogiera los colores. Yo. El avión era mío, pero su vuelo dependía del trabajo de personas a las que nunca conoceré. La tecnología llevó mucho más lejos un gesto tan sencillo como dibujar.
Nos empeñamos en dividir el conocimiento en casillas: ciencias por un lado, artes por otro, tecnología en otra habitación.
La especialización es necesaria; el aislamiento, no. La autoría, la remuneración y el uso responsable de estas herramientas exigen discusión. Pero sería una lástima cerrarnos a las posibilidades de trabajar juntos. Salí pensando en esa enorme obra colectiva y en mi pequeño avión de colores. En todo lo que hizo falta para que despegara. Y en cuánto podríamos conseguir si, en lugar de preguntarnos quién va a sustituir a quién, imagináramos qué podemos crear juntos.




