Primero sintió la música, después aprendió a producirla

Manuel Palacio pasó de ser el niño solitario de los audífonos a dirigir canciones entre Medellín y Miami.
Por: María Fernanda Zuluaga Gómez
27 septiembre, 2026
“Para mí la música no está en cuánta gente la escuchó, cuánto valió la producción. Para mí lo que está es la conexión con las personas”, dice Manuel Palacio. Fotografía: Vivir en El Poblado.

Durante la entrevista, Manuel Palacio, conocido en el mundo musical como Nolo, vuelve al momento en que dejó de pelear contra lo que quería. Mientras recuerda la conversación con su papá, se lleva una mano al estómago, como si la decisión todavía viviera ahí. “Eso es lo que yo quiero, estoy seguro y yo me hago matar por esto. Esto es mi sueño, mi vida”, le dijo. 

Mucho antes de convertirse en productor, Manuel Palacio -hoy con 24 años- fue “el niño de los audífonos”. En el colegio se sentía solo y no terminaba de encajar. La música era su refugio: “Yo me sentía feliz, triste, enamorado, despechado, lo que fuera, y tenía música para todo”. A los 14 años cambió de colegio y de lugar en el grupo: pasó de escuchar para sí mismo a cargar un parlante y ponerle banda sonora a todas las fiestas.

Su interés por la música se acentuó más después de ver que en una fiesta de quince años el DJ “controlaba las emociones de la gente tocando botones”, recuerda. Así que tomó una decisión: “Le dije a mi papá: ‘Yo quiero ser DJ, voy a comprar una consola y aprendo con YouTube’. Él me respondió que no era tan fácil, entonces buscó un profesor y un año después de tomar clases la compré”. A partir de ahí se volvió el DJ de todos sus conocidos y empezó a trabajar. 

Pero justo cuando empezaba a acercarse de verdad a la producción musical, su vida se partió. En 2019, su mamá murió inesperadamente, a causa de un aneurisma. Sin embargo, una de las últimas cosas que ella hizo fue pagarle la matrícula en la escuela donde aprendería a hacer instrumentales, arreglos, mezcla y masterización. “Mi mamá era mi mayor fan también. Mis papás siempre han sido mis mayores fans. Entonces eso fue un golpe durísimo, aprender a vivir sin ella”, recuerda. 

La muerte no se quedó solamente en la ausencia, sino que, además, le cambió la manera de relacionarse con quienes todavía estaban. Nolo cuenta que empezó a sentir miedo de que algo pudiera pasarle también a su papá. Incluso cuando salía con sus amigos quería volver rápido a casa para comprobar que él estuviera bien. “Yo llegaba y él estaba dormido en la cama, pero yo decía: ‘¿Será que él está? ¿Él está ahí?’”. Parte de ese temor lo trabajó después en terapia. “La salud mental ha sido uno de mis retos”, admite. 

El estudio al que llegaba todavía con uniforme

Curiosamente, uno de los primeros acercamientos de Nolo a la industria no ocurrió buscando trabajo, sino después de ir a ver una cirugía. Todavía dudaba entre la música y Medicina —su papá es médico— y un cardiólogo amigo de la familia, después de escucharlo hablar de sus intereses, decidió presentarle a Alejandro Patiño, Mosty, productor e ingeniero que ya trabajaba con algunos de los nombres que Nolo escuchaba como aficionado. Era 2020 y él todavía estaba en el colegio.

Le escribió, fue a conocer su estudio y terminó sentado viendo cómo trabajaba en Más de la una, de Piso 21. No tocó un botón. No produjo nada. Solo miró. Pero Mosty le dijo que regresara al día siguiente. Después volvió otra vez y otra. Algunas tardes alcanzaba a cambiarse el uniforme antes de ir al estudio; otras llegaba vestido todavía como estudiante y se quedaba hasta que su papá le recordaba que al día siguiente tenía clase.

El día de su grado ocurrió algo que terminó de inquietarlo. Mientras celebraba con su familia en un restaurante sonó Más de la una, aquella canción que había visto construir meses atrás. “Yo no toqué un botón, yo no hice nada, estaba sentado viendo a la otra persona trabajando”, recuerda. Aun así, sintió algo que no había encontrado pensando en Administración o Medicina: “Me encanta sentirme parte de esto”.

Una decisión que cambió su vida

Cuando finalmente apareció la posibilidad real de estudiar Producción Musical en Estados Unidos, la decisión tenía un peso que iba mucho más allá de cambiar de carrera. Él ya estaba matriculado en Administración en EAFIT, tenía el semestre pagado y, el mismo día de la inducción, recibió la noticia de que su perfil había sido preaprobado para ingresar a una universidad estadounidense. Sabía que quería irse. Pero no podía hacerlo de inmediato. “Yo estaba en un proceso con un psicólogo por la muerte de mi mamá y mi papá me dijo: ‘¿Cuándo te quieres ir?’. Y yo: ‘No, yo no soy capaz de irme ya. Déjame, yo me preparo. Dame seis meses para prepararme’”.

Esos seis meses fueron su semestre de Administración. Decidió terminarlo porque ya se había comprometido a hacerlo, pero en su cabeza el viaje había comenzado. Mientras iba a clases, siguió haciendo terapia y se metió cada vez más en el estudio Ware Music, ubicado en El Poblado, donde podía practicar cuando el espacio estaba libre. Era, en cierta forma, una preparación doble: aprender a estar listo para la industria y también para dejar la casa después de una pérdida que todavía pesaba. Terminó de estudiar el 8 de junio y el 9 estaba en un avión hacia Estados Unidos.

“Fingir hasta lograrlo”

En Orlando, sin embargo, la certeza de haber escogido la música no le resolvió de inmediato la soledad. Los primeros meses fueron de adaptación. Le costaba hacer amigos y sentía distante una cultura en la que, terminada la clase, cada quien regresaba a su casa. “Yo soy muy latino, muy criollo y a mí la cultura americana me cuesta. Son muy fríos, muy secos”, dice. Solo después de unos tres meses encontró un grupo de amigos latinos y empezó a sentir que aquella ciudad desconocida podía convertirse también en casa. 

Después vino una etapa más desordenada: fiestas, amigos y la libertad de un joven de 18 años viviendo solo. Pero duró poco. Nolo dice que entró en “modo hiperfoco” y se obsesionó con una frase: fake it till you make it. Él la traduce como “hazlo hasta que se haga realidad”. Así que empezó a llenar su calendario con sesiones, aunque todavía no tuviera a nadie al otro lado: horas para componer, otras para hacer ritmos, otras para grabar. Primero trabajaba solo; luego, poco a poco, empezaron a aparecer personas que querían sentarse con él a hacer música. 

El siguiente paso fue Miami. Durante el último año de la carrera comenzó a viajar constantemente desde Orlando para meterse en cualquier espacio donde pudiera conocer gente o hacer música. Si había un evento de Warner, buscaba cómo entrar; si podía conseguir una sesión, la pedía. Algunas veces salía de Orlando a las tres de la mañana, llegaba a Miami a las seis, dormía un par de horas, trabajaba y regresaba el mismo día porque tenía clase. “Ahí fue donde de verdad me di cuenta de que eso era lo que me gustaba”, cuenta. 

El regreso de un “amigo cactus”

Ocho meses después de empezar a trabajar en un estudio de Miami, Nolo estaba en plena sesión cuando le avisaron que la sociedad se acababa. Tuvo dos horas para terminar con el cliente y después ayudó a empacar los equipos. “Yo entré en pánico. Yo decía: ‘¿Qué pasó con mi vida?’”. Entonces reapareció Mosty, a quien Nolo describe con una expresión muy suya: eran “amigos cactus”, de esos que pueden pasar meses sin verse y, cuando vuelven a encontrarse, la relación sigue intacta.

Mosty le propuso regresar un mes a Medellín para aprender algunas cosas con él. Nolo aceptó pensando que sería temporal, pero empezó nuevamente como años atrás: sentado al lado suyo, mirando cómo trabajaba. Con la diferencia de que ya no era el adolescente del uniforme. Venía de estudiar Producción Musical y había aprendido mezcla inmersiva, una tecnología que distribuye el sonido alrededor del oyente y que en la música empezaba a crecer con Dolby Atmos. En el equipo de Mosty nadie estaba dedicado específicamente a ese trabajo y Nolo empezó a ofrecerse: “A mí en el Atmos me va muy bien, lo que necesite me avisa”.

La oportunidad llegó con una mezcla urgente. La hizo, funcionó y al día siguiente apareció otro encargo. Después Mosty le preguntó si sabía editar voces. Nolo respondió que sí, con una filosofía que todavía conserva: “A mí me dicen: ‘¿Usted sabe organizar esos cables?’, y te digo que sí. Así yo no sepa, llego a la casa, estudio y mañana llego y lo hago”. Poco después recibió un disco duro para afinar unas voces. Al abrir los archivos descubrió que eran de J Balvin, uno de los artistas con los que había soñado trabajar toda la vida.

Cuando tuvo que regresar a Miami por asuntos de visa, la relación siguió a distancia. Mosty le enviaba voces, sesiones y ediciones; Nolo las devolvía casi inmediatamente. “Se me generó una obsesión. Él me mandaba a las ocho y yo tenía que tener eso listo de una. No importa si estaba comiendo, si estaba jugando fútbol, yo paraba”. De ahí, dice, nació “una de mis relaciones laborales más bacanas y más bonitas hasta el día de hoy”. Ese trabajo terminaría llevándolo, entre otros proyectos, a Rayo, de J Balvin, donde participó en ingeniería y mezcla inmersiva.

Escribir también es aprender a sentir lo ajeno

Hoy Nolo se “cranea” una canción con materiales que no siempre le pertenecen. Lee, ve películas y series, escucha conversaciones y guarda frases en el celular o en cuadernos. “El amor en los tiempos del cólera es de los libros que me leería 18 veces al año si pudiera”, dice. Si debe escribir sobre despecho estando enamorado, busca el dolor en otra historia; si escribe de amor estando soltero, imagina cómo quisiera sentirse. Para él, componer no es esperar a la musa: “Cuando haces 300 canciones al año no puedes estar inspirado todos los días”.

Esa búsqueda emocional convive con un oficio técnico. Un productor, explica, dirige la canción: ayuda a decidir qué se quiere contar, reúne compositores y músicos, piensa el instrumental y lleva una idea hasta su versión final. El ingeniero de sonido trabaja sobre cómo se escucha: graba, edita voces, afina tiempos, mezcla, masteriza y, en su caso, también construye mezclas inmersivas en Dolby Atmos. Nolo hace ambos trabajos, pero insiste: “Lo importante al final del día es el sentimiento”. 

Su carrera creció entre Orlando, Miami y Medellín: primero haciendo sesiones mientras estudiaba, después en un estudio de Miami y más tarde junto a Mosty. Ha participado en proyectos de artistas como J Balvin y Nicky Jam, pero su medida de éxito no está en el tamaño del nombre de la portada, cuenta. Ahora quiere firmar proyectos propios como productor-artista, desarrollar talentos emergentes y llevar más música al escenario. “Me sueño con que esto siga siendo un hobby, un juego. Que nunca se vuelva ese trabajo agotador. Que siempre sea: quiero meterme al estudio a crear”. 

Hoy, Nolo sigue repartiendo su tiempo entre Medellín y Miami, mientras trabaja de manera independiente en proyectos de producción e ingeniería y acompaña el desarrollo musical de Enzo. Uno de los trabajos que más lo tiene conectado con esa faceta de productor integral es Del amor y otras adicciones, el EP que construyó junto a Enzo y Alejandro Saavedra y que dirigió desde la idea inicial hasta la selección de las canciones y el resultado final. Es justamente ese tipo de proceso el que dice disfrutar más: sentarse con artistas cercanos, entender qué quieren contar y convertir una historia todavía difusa en una canción que alguien pueda hacer propia.

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Y hacia adelante no se imagina escondido para siempre detrás de la consola. Le atrae la figura del productor-artista, como Bizarrap, Tainy u Ovy On The Drums: alguien que crea, conceptualiza y dirige la música, pero que también pone su nombre y su rostro al proyecto. “Me gustaría darle cara a algunas canciones, poder poner yo mi sello de ‘esto es mío’”, explica. También quiere llevar ese trabajo al escenario y escuchar al público cantando algo que nació en su cabeza. 

Su ambición parece volver siempre al mismo lugar del que partió cuando era el niño de los audífonos: provocar una emoción. “De las cosas más bonitas que yo he vivido es estar en un show y escuchar que la gente cante la música. Mi sueño es hacer música que conecte con muchas personas” asegura.

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