Para llegar a la casa de Brahian Suaza Bedoya y su mamá Eunice, en la vereda Pantanillo, en El Retiro, hay que tomar una ruta de buses que sale desde la cabecera cada hora, hasta las 5:30 p.m.; luego de 15 minutos de viaje, uno se encuentra la I.E. Rural Nacianceno Peláez y debe bajarse para caminar otros 40 minutos por un ramal pavimentado y poco transitado, hasta un punto en el que esta vía veredal se encuentra con un sendero de más de medio kilómetro, el cual se abre a una arboleda de palmeras, aguacates y guayabos, salpicados de carpinteros, turpiales y soledades.
Allí está la casa donde este talentoso y disciplinado joven ha vivido casi todos sus 22 años. Desde la pequeña sala, a cualquier hora, se puede escuchar con nitidez, por ejemplo, una pieza de Chopin que sale del viejo y afinado piano que le donaron en 2018, cuando Brahian apenas era un prospecto aventajado de pianista (todavía en la I.E. Nacianceno), que recibía clases de ese instrumento en el Laboratorio del Espíritu, una corporación que fomenta la lectura y las artes entre sus desperdigados vecinos dedicados a labores del campo o a trabajos en las ostentosas casonas de nuevas parcelaciones.
Así, tan idílico como improbable y afanoso, ha sido el camino vital de Brahian, que sumando voluntades -empezando por la suya propia-, estudió becado la carrera de músico en EAFIT, de la cual se graduó en diciembre pasado, con un recital promocionado como “el pianista que llegó de las montañas”.
Fueron cuatro años y medio de hacer, casi todos los días, ese mismo recorrido, solo que agregando el bus hasta Medellín y luego, desde la estación Exposiciones, poder entrar a clases siempre a tiempo; algunas veces, a las seis de la mañana. El talento y dedicación de Brahian le han valido otra beca, esta vez, para una maestría en piano en una universidad de Texas. Viajará en la primera mitad de agosto y ese será el segundo vuelo de su vida; el primero lo hizo el mes pasado, a Bogotá, para obtener la visa.
Los costos académicos y de una parte de su manutención están garantizados, pero todavía faltan algunos recursos para solventar los dos años en que estará, por primera vez, fuera del país, fuera de El Retiro, fuera de Pantanillo. Por eso, con recitales, donaciones y hasta una vaki, espera terminar de recoger lo suficiente para que su sonata siga llevando armonía allí donde esté.





