En el libro Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Marco Polo le pasa un reporte al emperador Kublai Kan de 55 ciudades que hacen parte de su reino. El Gran Kan se sorprende con las descripciones de estas ciudades con nombre de mujer. En sus reportes sobre Isidora, Dorotea, Anastasia y otras tantas, no caben los datos objetivos —que, al uniformar, ocultan—, sino lo más propio de cada una: su mundo interior.
Marco Polo relata, entre otras, la relación con la memoria de cada una de estas ciudades, o con el deseo o con los muertos, que a la larga determinan sus calles, sus rutinas y sus vínculos.
Este ejercicio de la ficción es trasladable a este reino llamado Colombia, construido de ciudades. Al detenernos en la relación con la memoria, por ejemplo, están aquellas donde prevalece la nostalgia, como Popayán o Cartagena, con su aspecto más luminoso: la conservación del patrimonio colonial; y su contracara: su estancamiento social.
En el otro extremo de esta forma de vivir la memoria está Medellín y su zona de influencia psíquica. En lugar de la nostalgia, esta ciudad cabalga, en muchas de sus decisiones, sobre una idea del progreso que, por un lado, le ha abierto puertas en el mundo, pero cuyo envés es que desestima todo lo que no es privado y monetizable. ¿Por qué lo desestima? El espacio público porque es un bien colectivo; el bosque primario de la montaña porque solo ve valor en la mina que esconde, o la casa patrimonial porque impide el rascacielos.
Pero sigamos en esta lista infinita de relaciones. Si miramos al vuelo, por ejemplo, la relación con la autoridad en las ciudades de Colombia, sobresale en un extremo Bogotá que la asume con tranquilidad y con rendimientos sociales muy valiosos para sus habitantes, pero que no ha podido lograr lo mismo en su calidad de capital del país.
Los bogotanos (ahora sí hijos directos de la ciudad) respetan sus instituciones. No pasa lo mismo con muchos colombianos más allá de este perímetro urbano. En el otro extremo están buena parte de las ciudades del Caribe que históricamente ha resistido a las instituciones desde la colonia. Aunque, ¿quiénes seríamos sin la resistencia festiva y musical de esta región que aquí se concibe como una gran ciudad?
Estamos, por fortuna, hablando de que la diversidad nace de la historia y no de la biología como sustentaba Luis López de Mesa en la década de los cuarenta. Y la historia tiene la ventaja de que al comprenderse (que es más que repetirse), se puede gestionar.
Ahora, sin embargo, temo por una ciudad sin bordes que está emergiendo en este primer mes de gobierno. La llamaré Bárbara, en la línea de Marco Polo. Su peligro es que quiere borrar conquistas, también históricas, que permiten la existencia de todas estas ciudades diversas que coexisten con sus luces y sus sombras: el gobierno laico, la educación pública, la construcción de la paz (no siempre mediante lo militar), las reservas naturales, los derechos humanos o la diversidad sexual.
Seré críptica: esta Bárbara de la que hablo no pone en peligro una ciudad particular, sino las mejores conquistas del reino.




