Cuando se ha vivido en la dignidad hay cosas que no reconocemos. Dormir en un buen colchón puede ser una de ellas. “La cama es un mueble metafísico”, escribió el brasileño Nelson Rodrigues para describir ese lugar en el que ocurren algunos de los momentos más trascendentales de nuestras vidas y que está lejos de ser solo un mueble para dormir. En una cama nacemos y, a veces, morimos. A la cama llegan grandes ideas, también momentos de pasión. En la cama pasa todo.
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Hasta mayo de 2026, los dos hijos de doña Gloria dormían en camas sin colchón. Conciliaban su sueño en una suerte de colchoneta de espuma que ponían sobre las tablas de su cama. Hace tres meses conocen de las dichas de dormir en colchones con resortes, un lujo que tardó 27 años para el primero y 33 para la segunda. Hace tres meses compraron colchones gracias al subsidio de cuota monetaria que reciben de su caja de compensación.
Doña Gloria está vinculada en una casa como trabajadora del servicio doméstico y, además de gozar de salud, ARL y pensiones, también tiene Caja. Su remuneración mensual es de un salario mínimo y tiene dos personas a cargo: sus hijos, ambos con discapacidad mental. Por cada uno recibe un subsidio de $146.400, que está lejos del 4 % que su empleadora paga para que ella disfrute de bienestar, salud y estabilidad económica. Y aunque la historia parezca hablar de colchones, en realidad habla de algo más profundo: de todo lo que ocurre cuando un trabajo es reconocido como trabajo.
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¿Nos hemos preguntado todo lo que ganan las trabajadoras del servicio doméstico cuando están formalizadas? Nuestra región, especialmente en zonas rurales, todavía es fábrica de “niñas que ayudan”, las cuales son arrancadas de sus casas, incluso siendo menores de edad, para llegar a trabajar con familias que no reconocen sus derechos laborales y que no les pagan lo correcto. Niñas, también señoras, que no conocen las palabras EPS o Caja. Personas con derechos que algunos consideran una carga que debería quitarse.
El Oriente antioqueño arrastra una alta informalidad laboral y una profunda brecha de género que sigue invisibilizando las labores del cuidado. Pero cuidar, limpiar, cocinar y sostener hogares también es trabajo. Y como todo trabajo, merece reconocimiento, protección y derechos.
El colchón, o los colchones, nuevos de doña Gloria funcionan como metáfora de una vida digna, algo que muchos conocen desde el privilegio de cuna y que otros hemos construido a pulso. Algo que, lamentablemente, algunos creen que debería ser una concesión para unos pocos. Formalizar, pagar cajas de compensación, es una aceptación de que la equidad es posible y que, si bien mi 4 % no es el mismo 4 % de doña Gloria, el mío sí puede ayudar a que ella y su familia florezcan.
Rousseau escribió que la igualdad no consiste en que todos tengamos lo mismo, sino en que nadie sea tan rico como para comprar a otro ni tan pobre como para tener que venderse. Quizás la igualdad no siempre llega en forma de grandes discursos. A veces llega convertida en algo mucho más sencillo: dos colchones nuevos sobre los que una familia puede descansar con tranquilidad.




