Los profesores del colegio que con más cariño recuerdo fueron los de Español: Humberto Cano y Juvenal Herrera. Al segundo, presente en los últimos años del bachillerato, porque me contagió el amor por la literatura; y al primero porque me permitió ver desde temprano la importancia del lenguaje en la creación de realidades. Gracias a Humberto, todavía hoy puedo recitar la lista completa de preposiciones de nuestro idioma… y pienso en él cada vez que expongo, en clases o conferencias, una tipología de valores frente a la naturaleza que apela a cuatro preposiciones: vivir de, en, con o como naturaleza.
No ignoremos que hablar sobre “valores” resulta aburridísimo para muchas personas. Esto es muy lamentable porque los valores tienen una enorme relevancia práctica: sirven para preferir. Quien cultiva la honestidad prefiere la verdad a la mentira; quien cultiva el cuidado opta por proteger y brindar asistencia en lugar de destruir. La tipología de valores que comparto es resultado de un juicioso ejercicio de “evaluación de los valores diversos y valoración de la naturaleza” realizado por la Plataforma Intergubernamental Científico- Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES). Allí se
advierte que el cambio necesario para hacer frente a la crisis ecológica mundial “depende de que se abandonen los valores predominantes que actualmente ponen demasiado énfasis en las ganancias materiales individuales y a corto plazo y se fomenten valores en consonancia con la sostenibilidad en toda la sociedad”.
¿Vivir de, en, con o como naturaleza? Es claro que somos dependientes de la naturaleza, pero limitarnos a vivir de ella es continuar con la mirada extractivista en la que la tratamos como despensa. Vivir en la naturaleza la entiende como el lugar donde transcurre la vida, el paisaje que da identidad; ya no es solo recurso, pero sigue siendo escenario.
Vivir con la naturaleza reconoce que las demás especies tienen intereses propios y un derecho a prosperar que no depende de su utilidad para nosotros. Vivir como naturaleza da el paso final: no somos visitantes ni administradores del mundo natural; somos ese mundo. Y no, vivir como naturaleza no implica volver a las cavernas ni al taparrabos; quiere decir que, a la hora de decidir sobre el agua, el suelo, los árboles (y la vivienda y las calles y los parques y el negocio), lo haremos sabiendo que no decidimos sobre algo externo a nosotros.
Las consecuencias de no vivir como naturaleza son gravísimas. No “acabaremos con el planeta”. Muy probablemente tampoco “nos extinguiremos como especie”. El quid de la cuestión, como se dijo en el reporte Los límites del crecimiento en 1972, no es tanto si la especie humana sobrevivirá, sino, más bien, si podrá sobrevivir sin caer en un estado de existencia sin valor.
¿Vivir de la naturaleza o como ella? Humberto tenía razón: las palabras crean realidades. Cambiar una preposición no es un juego gramatical. Es elegir en qué mundo queremos vivir.




