En 2014, a través del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), Medellín se propuso crecer hacia adentro, construir más sobre la ciudad existente y contener la expansión sobre las laderas. Este instrumento técnico, adoptado mediante el Acuerdo 48 planteó una ciudad “compacta, continua y diversa”, que privilegiara la densificación en las zonas planas y con mejor capacidad de soporte. Para la media ladera dispuso una densificación moderada y para el borde rural, un límite al crecimiento urbano. No obstante,12 años después de su expedición, el contraste entre la ciudad que se planeó y la que terminó construyéndose vuelve inevitable una pregunta: ¿qué pasó con la promesa de crecer hacia adentro?
El propio Distrito reconoce que uno de los mecanismos para materializar ese modelo avanzó mucho menos de lo esperado. Según el balance que hizo Planeación, en las áreas con tratamiento de renovación urbana se había desarrollado apenas el 2,7 % del potencial previsto por el POT de 2014: “En el ámbito del río, el 9,2 % del suelo urbano de la ciudad tiene potencial de renovación. En este suelo se identificó la posibilidad de desarrollar hasta 111.000 viviendas, pero a hoy, solo 3.049 se han ejecutado”, señaló la cartera.
Natalia Castaño, directora de Urbam EAFIT, encuentra parte de la explicación en las dificultades para intervenir una ciudad que ya está construida. En las zonas planas, desarrollar un proyecto puede exigir comprar varios predios y poner de acuerdo a diferentes propietarios, mientras en los bordes existen lotes de mayor tamaño. “No es lo mismo ir a un lote que fue en algún momento una finca, donde no tienes una propiedad muy fragmentada. En las zonas planas se necesita un ejercicio adicional”, explica.
Crecer hacia adentro no era llenar de torres
La apuesta por aprovechar mejor el suelo existente tampoco significaba construir edificios cada vez más altos. Diana Catalina Álvarez Muñoz, magíster en Planeación Territorial y Desarrollo Regional y coordinadora de la Maestría en Urbanismo de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), explica que la ciudad compacta busca reducir la “geofagia”, que es el consumo de nuevo suelo producido por la expansión urbana.
“Los edificios de 30 pisos no son una característica de la ciudad compacta”, advierte Álvarez. La densidad, agrega, debe depender de la capacidad de soporte del territorio: que existan recursos, infraestructura y condiciones suficientes para atender a quienes viven allí, desde agua y energía hasta espacios para circular y encontrarse.
El Acuerdo 48 de 2014 recogió precisamente esa lógica. Su modelo estableció que las zonas de media ladera debían densificarse “moderadamente de acuerdo con la capacidad de soporte”, mientras las mayores densidades se concentrarían en el corredor del río. También definió la Estructura Ecológica Principal como elemento ordenador del territorio.
Por qué las laderas resultaron atractivas
Mientras la transformación de sectores planos encontraba barreras de gestión y costos, Castaño señala que los bordes ofrecían condiciones diferentes para el mercado del suelo. Allí, explica, había predios de mayor tamaño y menores dificultades para reunir la tierra necesaria para desarrollar un proyecto.
“Esos suelos (de las zonas planas) se congelaron o empezó a generarse una especulación de ese valor del suelo. Entonces, eso presionó los bordes. ¿Por qué? Porque eso era más barato”, afirma.
¿Hasta dónde puede crecer la ciudad?
Urbam ha abordado otra parte de la pregunta mediante una herramienta para medir la capacidad de soporte. El análisis combina variables de servicios básicos, como agua y energía; ambientales, entre ellas vegetación, calidad del aire y ruido; y urbanas, como transporte, espacio público y acceso a equipamientos de salud y educación.
Castaño advierte que Medellín ya presenta insuficiencias en algunas de esas variables para la población que actualmente la habita, aunque, según dice, eso no significa que la ciudad no pueda recibir nuevos residentes. La capacidad de soporte, por tanto, indica que una carencia esencial puede comprometer las condiciones de vida de una población, aunque otros indicadores presenten mejores resultados.
En las partes altas, según Castaño, existen sectores donde el espacio público disponible y el acceso al sistema integrado de transporte son insuficientes. Al mismo tiempo, las zonas planas, que concentran buena parte de los servicios y equipamientos, todavía tienen sectores con posibilidades de transformación que no se han desarrollado plenamente.
La capacidad de soporte de Medellín, además, no termina en sus límites administrativos. Álvarez recuerda que parte de los recursos que sostienen la vida urbana provienen de otros territorios: la energía llega de distintos embalses, entre ellos Guatapé, mientras el abastecimiento de agua depende de sistemas asociados a Río Grande, Río Chico, el páramo de Belmira, La Fe y quebradas que nacen en municipios del Oriente. Por eso, explica, establecer cuánto puede crecer una ciudad también supone calcular si existen caudales, energía y otros recursos suficientes para atender a la población que la habita y a la que podría llegar.
El Poblado, una lupa sobre el modelo
En El Poblado, la discusión sobre cuánto y dónde construir adquiere una dimensión particular. El POT estableció que las zonas de media ladera debían densificarse de manera moderada y de acuerdo con su capacidad de soporte, una condición que obliga a mirar la vivienda junto con el agua, la movilidad, el espacio público, los equipamientos y las condiciones ambientales que necesita la población que llega.
Esa diferencia importa en una comuna donde el crecimiento inmobiliario no puede evaluarse únicamente contando edificios o mirando cuántos árboles permanecen alrededor de ellos, sino planteándose la pregunta sobre lo que ocurre con el territorio que recibe a nuevos habitantes y si, al mismo ritmo que llegan viviendas, aumenta la capacidad para movilizarlos, abastecerlos y ofrecerles espacios colectivos.
Ahí vuelve a aparecer la contradicción que atraviesa estos doce años de ordenamiento. El modelo aprobado en 2014 buscaba aprovechar mejor la ciudad ya construida, mientras la renovación de esas zonas avanzó mucho menos de lo previsto y, como explica Natalia Castaño, la presión terminó alcanzando también los bordes.
Entonces, la pregunta que abre este especial es si el modelo era crecer hacia adentro, ¿por qué parte de la presión urbanística terminó subiendo la montaña y qué implica eso para lugares como El Poblado?
Una ciudad sostenida desde afuera
Medellín no produce dentro de sus límites todos los recursos que necesita para sostener a su población. Diana Catalina Álvarez explica que buena parte del agua y la energía provienen de otros territorios y que, por eso, el crecimiento de la ciudad también puede generar una competencia regional por esos recursos. “La sostenibilidad de la ciudad normalmente se importa de un área mayor”, señala.
Álvarez pone como ejemplo el agua de La Fe, que abastece sectores del Valle de Aburrá, aunque el embalse se encuentra en el Oriente. Según explica, estudios realizados desde la década de 1970 ya advertían que el crecimiento de los municipios del Valle de San Nicolás aumentaría su propia demanda. “Nos decían que debíamos empezar a devolverles el agua de La Fe a los del Oriente porque el crecimiento de las ciudades del Oriente iba a necesitar esa agua”. Para ella, esta dependencia obliga a pensar hasta dónde puede crecer Medellín sin aumentar la presión sobre recursos que también necesitan las poblaciones vecinas.
Zona de Los Balsos, año 2006

Zona de Los Balsos, año 2011

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