Por: Samuel Araque Uribe, estudiante de Ingeniería Financiera y Economía; Miguel Zuleta Vélez, estudiante de Economía e Ingeniería Financiera, y María Fernanda Quintero Obonaga.
La respuesta de Colombia frente al sismo del pasado 10 de agosto no ha sido únicamente una muestra de solidaridad. También ha puesto a prueba la capacidad logística y operativa del país, así como su aptitud para articular líneas de apoyo alternativas tras la suspensión de servicios en seis aeropuertos y el cierre de numerosas vías.
La necesidad de un país más interconectado ocupa desde hace tiempo el debate nacional, donde suele justificarse por sus efectos sobre la productividad y la atracción de inversión extranjera. Sin embargo, la actual emergencia recuerda una dimensión menos discutida: la de una infraestructura robusta y resiliente que permita mantener al país integrado para hacer frente a la crisis.
Una respuesta eficaz no solo exige el trabajo mancomunado entre la industria, el sector público y la población civil, sino también el aprovechamiento de corredores logísticos que hacen posible la entrega de bienes y la prestación de servicios capaces de salvar vidas.
La accidentada y diversa geografía de Colombia impone un reto considerable a estos corredores, que articulan y consolidan la base comercial de la que depende la economía nacional, tanto en su dimensión interna como externa. Las principales arterias viales del país enlazan el interior del territorio con los nodos portuarios del Caribe y del Pacífico, que constituyen sus puertas de acceso al comercio exterior. Son precisamente las situaciones de calamidad nacional, como la que hoy atraviesa el país, las que hacen evidente la necesidad de un sistema logístico interconectado.
Dicho sistema no solo resulta indispensable para el comercio y el crecimiento económico, sino también para fortalecer la soberanía territorial y garantizar la cobertura de servicios a comunidades históricamente aisladas del progreso nacional.
El corredor Buenaventura–Loboguerrero–Buga ilustra esta problemática: pese a constituir una pieza fundamental en la articulación comercial del suroccidente colombiano, resulta insuficiente para atender con prontitud las necesidades de las poblaciones locales. Situaciones análogas se observan en el Eje Cafetero y en la región del Pacífico, que comparten una infraestructura igualmente deficiente. Estas desigualdades, imperceptibles en tiempos de normalidad, adquieren un carácter crítico ante una emergencia y obligan a replantear tanto las necesidades de las regiones como las prioridades de la política pública. Resulta imperativo conciliar la eficiencia de la infraestructura logística con su resiliencia y capacidad de respuesta, mediante la formulación de planes de desarrollo integrales que contemplen todas las aristas de la conectividad y permitan incorporar a las regiones dentro de una misma visión de país
Desde la Tech Business School hacemos llegar un mensaje de fortaleza a las comunidades del Suroccidente y el Eje Cafetero, así como nuestro sincero agradecimiento a los cuerpos de socorro y voluntarios.
Dirigimos un llamado a las instituciones nacionales sobre la urgencia de integrar a un país dividido por su geografía, pero unido hoy por un profundo sentido de patriotismo.





