Durante años se le han entregado celulares a los niños como si se le estuviera compartiendo un juguete, inclusive se pueden ver adultos que, para calmar o distraer a los bebés, encuentran la solución perfecta en este dispositivo porque atrapa la atención de manera inmediata. Hoy la evidencia científica y las políticas públicas de decenas de países han señalado que fue un error. La pregunta ya no es si se debe restringir el uso de celulares en la infancia y la adolescencia, sino cómo hacerlo bien: con control adulto, de forma gradual y solo en edades mayores.
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Según la Unesco, a comienzos de 2025 ya eran 79 los sistemas educativos con prohibiciones o restricciones formales al celular en los colegios. Francia fue pionera en 2018, y en 2025 endureció la norma extendiéndola a los grados superiores de la etapa escolar. Brasil promulgó en enero de 2025 una ley federal que veta los celulares en aulas y recreos para estudiantes de 4 a 17 años, con el objetivo explícito de “salvaguardar la salud mental, física y psíquica” de los menores. Chile aprobó una ley nacional vigente desde marzo de 2026, cuyo ministro de Educación calificó el uso descontrolado del celular como una “pandemia”. Colombia por su parte acaba de pronunciarse con el decreto 0769 del 16 de julio de 2026, donde se dan unas disposiciones para la promoción, protección y garantía de entornos digitales sanos y seguros para niñas, niños y adolescentes. Cuando tantos gobiernos, de ideologías tan diferentes, llegan a la misma conclusión, algo profundo está ocurriendo con esta población que es tan vulnerable.
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La evidencia reciente es contundente, el análisis PISA 2022 de la OCDE señala que las restricciones al celular mejoran el rendimiento en matemáticas y lectura y reducen los riesgos de la sobreexposición a pantallas. Un estudio de la Escuela de Educación de la Universidad de Stanford sobre la ley brasileña encontró que, a pocos meses de su aplicación, mejoraron los resultados académicos, aumentaron los niveles de atención y creció la interacción entre docentes y estudiantes. La Unesco añade que estas medidas favorecen la concentración, reducen el acoso escolar y mejoran el clima de aula.
¿Por qué hay tanto riesgo con los celulares en edades tempranas?
Hay una acción muy poderosa en el teléfono que se llama scroll, el cual está diseñado para capturar la atención el mayor tiempo posible. En un cerebro en formación, esto fragmenta la capacidad de concentración, desplaza el sueño, el juego y el estudio, y sustituye la conversación persona a persona, donde se aprende a leer emociones, negociar y resolver conflictos, por interacciones mediadas por algoritmos. El resultado documentado:
más ansiedad, más comparación social, más conflictos y menos habilidades sociales.
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Cuando un niño entra solo a internet, entra a un mundo desconocido donde los adultos no gobiernan las reglas; allí conviven el ciberacoso, el grooming, los estándares de belleza irreales que inducen a trastornos alimenticios y contenidos que promueven la violencia o el suicidio. Una investigación del parlamento australiano en 2024 lo demostró: los algoritmos pueden arrastrar a un adolescente vulnerable a una espiral de material nocivo sin que ningún adulto lo note. Entregar un celular sin supervisión es, literalmente, poner a un menor en riesgo.
Esta reflexión no se encamina a dar el mensaje de formar niños ajenos a la tecnología, eso es darle la espalda al desarrollo de la humanidad, pero si utilizar lo que las investigaciones y la evidencia recomiendan: acceso tardío y gradual al celular propio, redes sociales solo en edades mayores, y siempre bajo acompañamiento y control adulto. Mientras tanto, lo que sí se les debe dar sin restricción es aquello que ninguna pantalla reemplaza: juego libre, deporte, lectura, aburrimiento creativo y, sobre todo, interacción personal real con su familia y sus amigos. Ahí, no en el scroll, se construyen la atención, la empatía y el carácter, habilidades sociales necesarias para un mundo que se relacione mejor.
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