Según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), existen hoy más de 130 conflictos armados activos en el mundo, el doble de los registrados hace quince años, y casi cuatro veces más que hace tres décadas. Nuestro planeta atraviesa el mayor pico de violencia y belicosidad desde la Segunda Guerra Mundial, y no se trata de guerras aisladas que ocurren en el margen del mundo; por el contrario, son conflictos simultáneos, que se expanden por Oriente Medio, Africa, Asia, Europa y América Latina.
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Para quienes vivimos en Colombia, estas cifras no están lejanas a nuestra cotidianidad, porque son la voz del noticiero que interrumpe una conversación con una noticia devastadora, son el titular que describe una masacre en el Chocó, un líder social asesinado en el Cauca, o una familia desplazada en el Catatumbo.
Los diálogos de paz son frágiles, las estructuras armadas se reorganizan y la violencia no descansa; mucho menos en los últimos años que se ha recrudecido con fuerza, sin mencionar lo que ha pasado en los últimos meses, previo a las elecciones que tuvimos este 31 de mayo (la primera vuelta presidencial en Colombia). Mientras todo esto ocurre, la mayoría de los colombianos seguimos levantándonos cada mañana a trabajar, a sacar delante nuestras familias, a construir un mejor futuro para todos, con esa resiliencia que nos caracteriza como país.
Pero hay algo que pocas veces nos preguntamos: ¿cuánto de esa guerra exterior vive también adentro de nosotros?
Es fácil ser testigo de lo que ocurre en la cotidianidad: agresiones y violencia en las calles evidenciados en las personas que están dispuesta a agredir al otro en el servicio público, en transporte particular, o los mismos transeúntes; en fin, una pérdida de cívica básica en la interacción diaria. El equipo de fútbol favorito pierde un partido y las redes se llenan de odio, o se destruyen los estadios; una diferencia de opinión en la mesa o en un diálogo entre amigos, termina en silencio de semanas. Reaccionamos constantemente a la defensiva, con el cuerpo en alerta, con el sistema nervioso listo para el combate como si cada interacción fuera una amenaza. Y eso, como sociedad, mide algo profundo: el grado de empatía que nos habita, el balance emocional que manejamos y la paz, o la ausencia de ella, que tenemos en nuestro interior.
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Si algo nos enseña este panorama global es que esperar que la paz llegue de los gobiernos, los tratados o las cumbres internacionales es necesario, pero insuficiente. La paz también se construye en la conversación que decidimos no escalar, en el insulto que elegimos no responder, en la pausa que tomamos antes de reaccionar y en la pregunta que hacemos antes de juzgar.
Trabajar la paz interior no es un lujo espiritual de una religión en específico, es un acto político, porque es la decisión de no reproducir, en nuestro entorno cercano, la lógica de la guerra que vemos afuera; es entender que cada relación (laboral, familiar, sentimental, ocasional) que cultivamos con respeto es un ladrillo en la construcción de una sociedad distinta.
Si en el trabajo elegimos la conversación honesta sobre el rumor destructivo, si en las familias buscamos entender antes de tener razón, si en la calle le damos el paso al otro en lugar de disputárselo, estamos construyendo paz. Son gestos pequeños, pero que nos ayudarán a generar una cultura del cuidado mutuo que des-escale el nivel de agresión verbal y física que vivimos actualmente.
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El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial señala que más del 50 % de los líderes y expertos consultados anticipan un mundo turbulento o problemático para los próximos dos años y solo el 9 % prevé estabilidad. Esas cifras son preocupantes, pero hay algo que los informes globales no miden: la capacidad humana de transformar el entorno desde lo cercano. La historia también está llena de personas que, en medio del caos, eligieron la compasión y que, en momentos de fractura social, como la que vivimos actualmente, tendieron puentes.
El mundo exterior tiene una gran cantidad de conflictos, pero el mundo interior, el que alimentamos adentro (de serenidad, de empatía, de paz) es el único que puede, con el tiempo, generar una transformación social.
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