Colombia se juega el partido democrático más importante de su vida con el gobierno entrante. La izquierda está políticamente cohesionada y la derecha parece estar encontrando un rumbo. Los próximos cuatro años serán la oportunidad para que el gobierno electo y la oposición atiendan los problemas urgentes del país que necesitan atención inmediata, y no para que, por otros cuatro años, los colombianos seamos espectadores de la persecución gobierno-oposición que nos agotó en esta última campaña presidencial.
Bien le hará al presidente De La Espriella mantenerse en la línea de que la campaña electoral ha terminado. Bien le hará a toda la clase política colombiana entender esto para recorrer, trabajando juntos, el camino cuesta arriba que el país tiene en áreas como la educación y la seguridad.
Todos queremos una mejor educación para el país, mayor cobertura y mayor accesibilidad, tanto a la educación pública como a la privada. Según cifras del Ministerio de Educación, la cobertura en educación superior en Colombia superó por primera vez el 60% en 2025 (61,75 %, frente al 54,9 % de 2022). Estos son avances que deben reconocerse y seguir impulsándose para fortalecer la competitividad del sector en el país y entregar al mercado local y regional profesionales mejor capacitados. El nuevo gobierno tendrá el reto de mejorar la equidad en la distribución de los recursos para la educación en todo el territorio nacional y medir su impacto real en la calidad, mientras se promueve la ampliación técnica y tecnológica de la oferta.
Todos queremos un país más seguro, pero entender que una política de paz no es lo mismo que tener una política de seguridad es un buen punto de partida para corregir los desaciertos de la ingenuidad de este gobierno frente a la voluntad de paz de los narcoterroristas, que terminaron por fortalecer algunas estructuras criminales en cerca de un 80 % durante la administración de Gustavo Petro, según cifras de la Fundación Ideas para la Paz. La voluntad de diálogo no puede significar dejar de trabajar por la seguridad ni de combatir el crimen en las ciudades y en la ruralidad. El Estado es el único actor que debe ejercer el monopolio de la seguridad y hay que garantizar una Colombia más segura, blindándose de daños colaterales y sin caer en dinámicas represivas.
Las pasadas elecciones podrán ser, fácilmente, las más polarizadas y desgastantes de las últimas décadas en el país. Sin embargo, el panorama tanto para el gobierno democráticamente electo, como para la oposición, no es de ninguna manera derrotista. La democracia y las instituciones prevalecieron, la voluntad de los electores fue respetada y atendida y aún con un margen tan estrecho el resultado fue transparente, verificable y auditado por la veeduría internacional.
Colombia dio un ejemplo democrático en términos electorales y la democracia entró a jugar un partido con la cancha nivelada. El resultado no será la victoria, en cuatro años, de una facción política sobre la otra, no. Colombia está jugando un partido que debe dar ejemplo de juego limpio, de trabajo por los ciudadanos, de respeto a la institucionalidad y de participación ciudadana.
Al final de estos cuatro años, el país debe salir con una democracia más pluralista y madura, capaz de integrar el control político de la oposición con la ejecución de un plan de gobierno que haga realidad la Patria Milagro. Colombia ya ha demostrado que sabe reconstruirse desde las instituciones y no en su contra.




