Mayo con M de Michael; M de mamá, que no está; M de maestro, mi papá (que tampoco está); M de me da miedo que un día se apague la vida de las personas y seres que amo; M de maternar, M de magia; M de Marcela.
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Esta columna es, en esencia, un ejercicio personal narrado en primera persona. Y sí, mayo es mi mes maestro. Los aprendizajes más profundos y dolorosos tienen fecha permanente en el calendario: 10 y 17 de mayo, el primero la muerte de la mamá, el segundo la muerte del papá. A la vez, es el mes en el que desde hace 6 años asumí el mayor compromiso con mi vida y salud: un 7 de mayo hice por primera vez 108 saludos al sol, y desde ese momento la práctica de yoga se quedó impregnada en mi ser, como una constante vital que me acompaña diariamente.
Mayo es tiempo de introspección, y a la vez de materialización. Es un mes bonito en las páginas de mi vida, y cada vez lo habito con mayor gratitud, reconociendo las ausencias, y amando las presencias.
Este mayo que todavía está siendo, me ha traído un regalo maravilloso, y ha sido volver a reconocer a mi ídolo de infancia: Michael Jackson, y verlo con los ojos maduros de una mujer de 42 años.
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He pasado por la alegría de su luz y genialidad musical, a la vez un poco por la tristeza de la ausencia de un ser que se siente cercano en el corazón, por la rabia que producen las injusticias que vivió, y el reconocimiento de una lapidación mediática que fue destruyendo su ser y apagando su vida. Y esto en particular me ha llevado a pensar en la mezquindad humana, en el desarraigo de la empatía. Pues estoy convencida que el mundo se transforma y la vida se hace llevadera, cuando somos capaces de sentir el dolor del otro.
Sin embargo, parecemos cada vez más ajenos a la mirada directa a los ojos, a las conversaciones de frente, esas que permiten los abrazos y la complicidad de la comunicación auténtica con todo lo que somos.
Este mayo me ha permitido, a través de Michael, volverme a encontrar en persona con amigas de infancia y de otros momentos de la vida, reconociendo la belleza de lo que nos une. Tal vez por eso, ha sido un mes maestro, porque me ha permitido reconocer la ilusión genuina de Marcelita chiquita, intacta en Marcela señora.





