El ‘Jardín de las Delicias’ de Humberto Echavarría

Con el respaldo del Museo El Castillo, la edición de Saúl Álvarez y la fotografía de Carlos Tobón, fue presentado el libro Mi Jardín de las Delicias, que recoge 221 obras que muestran la creación de Humberto Echavarría. Son más de 60 años de trabajo: desde los procesos iniciales de búsquedas formales, temáticas y de color hasta llegar a la consolidación de un estilo.
Por: Opinión
26 marzo, 2026
Portada de la edición No. 921 de Vivir en El Poblado. TÍTULO: Pietá / AUTOR: Humberto Echavarría / FECHA: 1969 / TÉCNICA: Acuarela / DIMENSIONES: 35 cm * 28 cm / COLECCIÓN: privada / FOTO: Carlos Tobón.

*Por: Carlos Arturo Fernández 

Mi Jardín de las Delicias, publicado con el respaldo institucional del Museo El Castillo, edición de Saúl Álvarez y fotografía de Carlos Tobón, es un libro de extraordinaria belleza y calidad que ofrece un recorrido, a lo largo y a lo ancho, por toda la creación de Humberto Echavarría.

Gracias al despliegue de 221 obras es posible seguir, a lo largo, desde sus inicios hasta el presente, más de 60 años de trabajo: desde los procesos iniciales de búsquedas formales, temáticas y de color hasta llegar a la consolidación de un estilo que, como anhelaban siempre los artistas clásicos, identifica plenamente su producción artística.

Es apenas natural que la aproximación puntual a una obra de Humberto Echavarría pueda generar una sensación de facilidad, espontaneidad e incluso ingenuidad. Todo parece simple y fácil en estas sabrosas formas vegetales que se acumulan entre la realidad y la fantasía, hasta llenar el plano pictórico. Sin embargo, cuando se tiene la posibilidad de una visión más amplia, como ocurre siguiendo las páginas de este libro, la obra de Humberto Echavarría trae a la mente una anécdota muy conocida de Pablo Picasso quien, mirando los dibujos académicos de anatomías perfectas que realizaba en su adolescencia, decía que, en ese entonces, había necesitado unos pocos días para pintar como un clásico y que luego había gastado el resto de su vida intentando trabajar como un niño.

En el mismo orden de ideas, conviene no detenerse en la sensación de fácil ingenuidad del jardín de las delicias que ha creado Humberto Echavarría a lo largo de su vida. Por supuesto, se trata de que parezca simple, sencillo e incluso ingenuo; pero cuando nos damos cuenta de que ha logrado convencernos de ello, resulta claro que aquí nada es elemental ni casual. Baste pensar, entre otras cosas, en las gamas de colores que utiliza; en los lugares del cuadro en los cuales los ubica; en las formas vegetales que pinta o que transforma; en las proporciones de hojas, flores o frutas que rompen con los tamaños naturales; en las curvas que envuelven el conjunto. Todo es difícil, intencionado, sentido con intensidad; totalmente artificial para que nos llegue como si fuera absolutamente natural; distante para que lo aceptemos como cercano; profundamente lírico y musical para que seamos conscientes de que esas dimensiones también son parte de nuestra existencia.

Pero Mi jardín de las delicias ofrece también la posibilidad de un recorrido, no solo a lo largo, sino también a lo ancho y a lo profundo de la obra de Humberto Echavarría para descubrir sus amores históricos y estéticos, la multiplicación de sus intereses artísticos y, quizá, poder vislumbrar sus estrategias creativas y, en fin, acercarse a los propósitos de vida que ha depositado en sus pinturas. Aquí hay muchos maestros: Paul Cézanne, de una manera muy especial con su idea de la pintura que hace realidad la sensación, pero también por sus bañistas muchas veces recordadas, o por las estructuras compositivas que compartía con Camille Pissarro; las acumulaciones vegetales de Henri Rousseau; las mujeres tahitianas de Paul Gauguin; la pureza del color de Georges Seurat y de los papeles recortados de Matisse; quizá Klimt y sus pinturas como tapices en primer plano. Son muchas posibilidades que demuestran la profundidad de la obra de Humberto Echavarría.

Pero, quizá, aparece también la memoria o el recuerdo que estructuran el proceso artístico. Humberto Echavarría no pinta un bosque o jardín particular sino, de alguna manera, “todos” los bosques y jardines que la memoria le permite recrear.

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