Por: Carlos Arturo Fernández
De Beatriz González, fallecida en Bogotá el pasado 9 de enero a los 93 años, es necesario seguir hablando en presente, no solo por la actualidad de su trabajo sino porque su obra es la piedra clave del arte colombiano contemporáneo de las últimas décadas. Con eso no se quiere decir que eclipse el trabajo de otros artistas sino, más bien, que Beatriz González posibilita percibir los intereses y compromisos fundamentales de la creación artística actual en el país y, en ese sentido, su obra y su trascendencia cultural son más vigentes que nunca. La artista y su obra están presentes en Vivir en El Poblado con una fotografía de Carlos Tobón y la pintura Remero de la Colección SURA.
La de Beatriz González no es una obra espontánea sino una creación intelectual, cultural y política, resultado de un permanente proceso de estudio, de conocimiento y de reflexión que supera el simple interés por los problemas formales del arte, como fue habitual en gran parte del siglo XX. La complejidad de su pensamiento y de su compromiso se manifiesta a lo largo de su vida en trabajos que van más allá de la producción de una obra artística, pero que se constituyen en fundamento de su sentido. Historiadora del arte universal y colombiano (quizá la mayor conocedora de nuestras artes de los siglos XVIII y XIX), teórica, pedagoga, divulgadora, museógrafa, curadora y, por supuesto, a través de su obra, un espíritu crítico que nos hace pensar en las tragedias y dolores de la historia nacional.
En efecto, tras la catástrofe del Palacio de Justicia en 1985, decidió que el resto de su vida intelectual y artística estaría dedicada a reflexionar, a través del arte, sobre la realidad nacional, consciente de que la violencia, el dolor y la muerte han sido las constantes de la historia del país. Así, sin desconocer los valores estéticos, se enfrenta de manera simultánea con la problemática de la función social del arte y de su incidencia política y cultural.
Pero una decisión tan trascendental implica renuncias radicales y, sin lugar a duda, una tremenda carga emocional. Por una parte, en una época en la cual la internacionalización del arte estaba a la orden del día, Beatriz González renuncia a los intereses de los centros mundiales del mercado artístico y asume que, para poder hablar de nuestras realidades, el arte debe ser intensamente regional, con lugares, tiempos e historias de difícil comprensión más allá de nuestras fronteras; esa renuncia y la prepotencia del sistema internacional explican que solo en los últimos años su obra empiece a recibir el reconocimiento mundial que merece. Pero, por otra parte, la decisión de que su creación artística sea una forma de denuncia para impedir que el dolor y la muerte sean solo hechos de crónica, la transforman en una especie de Mater dolorosa, partícipe de todas las tragedias.
La fotografía de Carlos Tobón, de 2011, es una imagen de una Beatriz González solitaria, concentrada en su dolor y en sus pensamientos, con una fortaleza y una valentía que no cabían en su cuerpo, sino que contagiaba todos los espacios sociales. Porque, en definitiva, no estamos solo frente a unas obras de arte sino, sobre todo, frente a una artista que ha sido capaz de defender los valores más profundos del ser humano y se ha convertido en un referente indispensable de nuestro tiempo. Y, como los grandes artistas de la historia, lo ha hecho a través de su obra.
Remero, de Beatriz González, de 1992, pintada en el contexto del quinto centenario del descubrimiento de América, es una de las obras más importantes de la Colección SURA. Baste recordar que, a raíz de una exposición en la galería La Balsa Arte Medellín, el 7 de octubre de 2023, el periódico El Colombiano publicó un texto de Claudia Arango Holguín a partir de una conversación con la artista. Al final del diálogo se plantea si, en el conjunto de toda su creación, hay una obra que ella considere que la defina; Beatriz González guarda silencio, reflexiona y finalmente dice: “Me quedé muda… Creo que Remero. Aquí (en Medellín) hay un óleo, en Suramericana, que me paro frente al cuadro, miro las esquinas, la parte de arriba, todo, y digo: ¿A qué horas pude hacer este cuadro tan bueno? Sabes, eso me hace feliz”.





